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1 de julio de 2.006

Breve historia de una saga sabinista.

Cuando la estupidez precede al crimen


Por Jon Juaristi

En 1974, yo tenía veintitrés años y un título universitario casi inservible: una condena del TOP me impedía trabajar en la enseñanza pública y en buena parte de la privada. Por eso, acepté de buen grado un puesto de profesor en la ikastola de Sopelana. Hoy, Sopelana es una de las ciudades satélites en que se desparrama el Gran Bilbao. Entonces era poco más que una aldea, con un barrio residencial para veraneantes, junto a la playa, y algunos bloques de viviendas baratas, construidos en la década anterior y habitados por familias de inmigrantes. Los lugareños llamaban a estos bloques Andalusía, quizá porque sus inquilinos eran originarios de Galicia y Extremadura. La cepa autóctona debía de haber practicado durante milenios una rigurosa endogamia, a juzgar por la proliferación de Ansoleagas y Saitúas en la guía telefónica local. El arquitecto Lander Gallastegui Miñaur encabezaba el sector más activo de la junta que regía provisionalmente la ikastola, un centro asimismo provisional, pues no había obtenido aún el estatuto legal de cooperativa de enseñanza. Lander no pertenecía al cogollo de la sociedad sopelanense (o sopelatarra, como se diría en eusquera). De hecho, ni siquiera residía en el término municipal de Sopelana. Vivía con los suyos en una urbanización de chalecitos vernáculos, por él mismo diseñada, a las afueras de una pequeña población cercana, Berango. A nadie se le ocultaba, en el Bilbao de la época, que los proyectos urbanístico-arquitectónicos de Lander Gallastegui tenían un claro sesgo de regeneración abertzale. Hijo de Eli Gallastegui, Gudari, fundador y líder de Jagi-Jagi --un grupúsculo fundamentalista surgido de las Juventudes del PNV en el período republicano-, Lander rendía un homenaje interminable al ideario de su progenitor.

Según Gudari, el más ortodoxo de los seguidores de Sabino Arana, los vascos conscientes de serlo deberían segregarse del contacto con los españoles y fundirse con la reserva racialmente pura de las aldeas y caserías, a la que aquéllos debían aportar fermento ideológico y dirección política. Este nacionalbolchevismo de Eli Gallastegui fue siempre apreciado por ETA, que todavía hoy considera a Gudari como su más legítimo precursor. La urbanización de Lander respondía a un designio radicalmente aranista. Separarse de los españoles implicaba abandonar las ciudades maquetas. Tanto a Lander como a su mujer, Paule Sodupe, les oí invocar a menudo el modelo de los kibutzim israelíes. Era obvio que los microcaseríos mesocráticos de Berango poco tenían que ver con las granjas colectivas de los pioneros sionistas, aunque conozco algún asentamiento actual cerca de Hebrón que no desmerece de aquéllos, ni siquiera en la ideología de sus moradores. Desde luego, la urbanización abertzale mencionada no era una unidad productiva. Tampoco tenía ikastola propia. Lander decidió controlar la más próxima, y ésa resultó ser la de Sopelana. Fundada años atrás por un cura, Nikola Tellería (preso, a la sazón, en la cárcel concordataria de Zamora), llevaba varios años funcionando como parvulario, en condiciones de semiclandestinidad más o menos tolerada, según la coyuntura, en unos locales de la parroquia. Lander Gallastegui desembarcó en ella con grandes proyectos bajo el brazo. Aliado con un constructor local y con el director de la sucursal de una Caja de Ahorros, animó a los padres de los alumnos a suscribir créditos para la rehabilitación del edificio de una antigua quesería, a cosa de un kilómetro del pueblo. Allí estaba ya instalada la ikastola cuando yo llegué y allí debe de seguir todavía. Los padres de los alumnos eran, en su mayor parte, nacionalistas de clase media y, por lo que puedo recordar, militantes o simpatizantes del PNV. Participaban también en la asamblea del centro algunos representantes de la juventud parroquial, que en años posteriores terminarían en el PNV o en Herri Batasuna, supongo. Un pequeño grupo de padres se movía en la órbita del PCE, entre ellos, un abogado laboralista, Antonio Giménez Pericás. Mi amistad con éste disgustó desde el primer momento a Lander Gallastegui y sus leales. Pero el verdadero conflicto surgió, apenas empezado el curso escolar, porque las andereños (maestras), que venían exigiendo desde tiempo atrás su afiliación a la Seguridad Social, reiteraron sus protestas. Desde luego, hice mía una reclamación tan básica. Ante la respuesta negativa de la junta, y siempre asesorados por Giménez Pericás, llevamos nuestra demanda a la Magistratura de Trabajo. El contencioso se politizó de inmediato. Se nos acusó, como era de prever, de españolistas (mis compañeras de trabajo eran abertzales y creo que lo siguen siendo). Fuimos despedidos y, con nosotros, se expulsó de la ikastola a un buen número de familias que habían juzgado razonable nuestra petición. Por supuesto, se expulsó a los hijos de Giménez Pericás (Antonio, después de haber ejercido durante muchos años como magistrado en la Audiencia de San Sebastián, es hoy uno de los puntales del FORO ERMUA). No llegó a haber juicio: aceptamos el acuerdo económico que nos ofrecieron, porque, en los últimos meses del franquismo, no parecía correcto --después de todo, éramos antifranquistas-- ensañarnos con una institución emanada del pueblo, esa indecente entelequia. El equipo docente que nos sucedió fue despedido en masa a finales del curso siguiente. Pero a la tercera va la vencida: el equipo siguiente resultó ser del gusto de Lander Gallastegui. Una de las profesoras fue detenida, al poco tiempo, por pertenencia a ETA.

Visto desde el presente, el caso de la ikastola de Sopelana se me aparece como una metáfora en miniatura de la historia reciente del País Vasco, con sus limpiezas étnicas e ideológicas. De los seis alumnos que tuve durante aquel curso, uno terminó en ETA. En la cárcel, Joseba se acogió a la vía de reinserción. No creo que su vida en Sopelana, desde entonces, haya sido muy agradable, pero quién sabe. Los hijos de Lander Gallastegui y Paule Sodupe estaban aún en los cursos de preescolar. Eran unos críos encantadores. Sus profesoras solían enseñarme los dibujos de alguno de ellos, que representaban siempre la misma escena: aviones con ikurriñas en la cola y en las alas bombardeaban barcos de la marina española. Lander, un arquitecto de reconocido prestigio, realizaba la parte gráfica de la revista infantil Kili-kili, dirigida a alumnos de las ikastolas. Hace algunos meses, Kili-kili publicaba una carta transida de nostalgia: una carta de su antigua y fiel lectora Irantzu Gallastegui Sodupe, que había recibido un número de la revista en la prisión francesa donde se encontraba desde mediados de 1999. La revista animaba a sus lectores actuales a escribir a Irantzu y confortarla con palabras cariñosas en eusquera. Tras el juicio que decidió su extradición temporal a España, Lander, su padre, describía así la entrada de Irantzu en la sala: "Al ver a sus familiares y amigos, se le iluminó la cara con una inmensa sonrisa y abrió los brazos como queriendo abrazarles a todos". Hay mucho amor en estas dos líneas, no lo dudo: pocas familias tan unidas he conocido, pocos padres tan amantes de su prole como Lander Gallastegui y Paule Sodupe. Irantzu fue extraditada hace pocos días. Al llegar al aeropuerto de Madrid, con una sonrisa quizá no tan inmensa y conmovedora como la que dedicó a sus padres en el tribunal francés, declaró estar embarazada. El pasado dos de mayo, la policía detenía a Lexuri Gallastegui Sodupe, hermana de Irantzu y miembro liberado de un comando de ETA. Otro de los hermanos Gallastegui Sodupe, Orkatz, de diecinueve años, era detenido el mes pasado, acusado de participar en acciones de kale-borroka. Ha pasado mucho tiempo desde el curso aquel de Sopelana. Veo por televisión las imágenes del bebé palestino disfrazado de mártir de al-Aqsa, y pienso en la equivalencia que Freud establecía entre lo demasiado familiar y entrañable (heimlich) y lo siniestro (das Unheimlich). Se me olvidaba añadir que Irantzu Gallastegui secuestró al concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco --un muchacho de su edad, hijo de inmigrantes gallegos-- el 10 de julio de 1997.

Rezo, pensando en su hijo venidero, para que no fuera ella la que le quitó la vida dos días después. Ahora la estupidez sucede al crimen, escribió Cernuda. En mi país suele pasar lo contrario.

Por Jon Juaristi (fuente:Papeles de Ermua Nº4)

24 de junio de 2.006

Rajoy, el hombre tranquilo
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Pablo Sebastián

(fuente: Estrella Digital)

Hay que reconocerle a Mariano Rajoy el don de la paciencia y de la tranquilidad en estos agitados tiempos de la política en la que no hay día sin tensión y en los que al Partido Popular le ha tocado la siempre complicada labor de la oposición, y además desde la mayor soledad, por causa del pacto confederal que une al PSOE con IU y con los partidos nacionalistas en esta legislatura en la que se está reinventando el modelo constitucional español. Algo que no satisface del todo ni a los nacionalistas ni a los españolistas —incluidos los cómplices del PSOE— y que al presidente Zapatero parece producirle mucha risa cuando dice en sus mítines de diseño que el PP se tendrá que tragar los Estatutos y no los reformará, de la misma manera que no se atreverá a poner otra vez en Madrid la estatua de Franco.
Ese chiste de la estatua de Franco levantó muchos aplausos en Carabanchel por ridículo y pertenece a esa demagogia mitad infantil y mitad soez con la que el líder del PSOE se disfraza de rojo, pero no tanto como para poner una estatua de Lenin o Stalin en Madrid, o como para pedir responsabilidades políticas a Felipe González por los gobiernos del crimen de Estado y las corrupción (en los que habitaba Rubalcaba) mientras el aplaudía al felipismo desde su escaño del Congreso. Tampoco parece de izquierda cuando les da a la burguesía y a los banqueros del nacionalismo catalán todo lo que piden, e incluso cuando compara la monarquía española con la república francesa, mientras dice que la ética ha de ser práctica, es decir, inmoral. O cuando cercena la libertad de expresión con códigos franquistas y monta sus multimedias al más puro estilo de Berlusconi, o cuando quita las tropas en Iraq para llevarlas a Afganistán, y no para de enviar soldados para contentar a Rumsfeld. Y no digamos cuando se salta a la torera el Estado de Derecho en los Estatutos, la OPA, la negociación con ETA, las reformas audiovisuales y en lo que le haga falta para seguir en la Moncloa. O cuando elogia a Otegi y desprecia a las que son víctimas del terrorismo, a ver si se pone la medalla de la paz. ¿Zapatero de izquierda y demócrata?
Volvamos a Rajoy. Al líder del PP Aznar le ha dejado una herencia imposible, tanto en la derrota electoral —que es patrimonio de Aznar— como en su resultado y consecuencia política, así como en la ruptura del PP con los nacionalistas, el caos mediático e incluso en los cuadros del partido, aunque de eso también tiene buena culpa Rajoy, porque debió renovar a los más significativos portavoces —Acebes y Zaplana— por caras del presente y para el futuro y no lo ha hecho; allá él, porque además en ambos no se vislumbra ni la credibilidad ni la lealtad. Están más pendientes de lo suyo que del PP, o incluso de la propia sucesión de Rajoy si llegara el caso, cuando no miran de reojo a FAES a ver qué dice o piensa Aznar.
Un ex presidente, que vistas y oídas su truculentas apariciones públicas, anunciando un día sí y otro no la guerra española de los Balcanes —rememorando aquella otra en la que con tanto entusiasmo, como en la de Iraq, participó, incluso a favor del bombardeo de la RTV de Belgrado— y las misteriosas conspiraciones del 11M, parece trabajar más para el PSOE y la estabilidad de Zapatero que para el PP. Y todavía se escapan de FAES los continuos rumores de la plena discrepancia de Aznar con Rajoy en la política del PP sobre las reformas autonómicas y la negociación con ETA. Él, sin duda, iría a la bronca total y frontal, lo que no hace Rajoy porque, como dicen sus detractores, es un blandito.
Pues bien, es cierto que el PP tiene muy difícil rectificar los Estatutos renovados en estos meses porque la iniciativa corresponde a los parlamentos autónomos, y por ello el líder del PP propone una reforma constitucional de competencias, o acude a la calle a pedir firmas a favor del ejercicio de la soberanía nacional, lo que irrita al PSOE. Pero lo grave de todo este lío estatutario es precisamente que las reformas que afectan a toda España se aborden como leyes orgánicas y se blinden en los Estatutos, y eso o lo rectifica en su momento el Tribunal Constitucional (que ya veremos si no es objeto de la perversión de la política), o tendrán que ser los ciudadanos los que en unas elecciones se pronuncien sobre todo ello.
De ahí el empeño de Zapatero de mezclar Estatutos y negociación, porque sabe que la euforia del fin de ETA electoralmente le puede ayudar, y le está ayudando. Y de ahí el dilema en el que se encuentra Rajoy de apoyar un proceso que electoralmente lo daña, pero en el que tiene una responsabilidad política y democrática tan grande como la que a la inversa Zapatero tiene en los Estatutos, aunque en este caso para mal del interés de los españoles. Rajoy ayuda a pesar de que no le beneficie, Zapatero destruye para beneficiarse.
Y decimos todo esto en el día en el que han llegado al Congreso cuatro millones de firmas de ciudadanos pidiendo decidir en el Estatuto catalán que les afecta, lo que ha provocado risas y bromas en la Moncloa —pensión de demócratas rojos de salón—, en donde por lo que se ve no se respeta la opinión ciudadana, aunque, eso sí, están muy seguros y admirados de lo que dice Permach y de esa última noticia, de fuente más o menos desconocida, que asegura que ETA no dio la orden de los últimos atentados. Pues peor nos lo ponen. ¿Quién la dio? Cuidado con la risas de Zapatero y con las bromas en contra de Rajoy, que también tiene sus fallos, ¡cómo no! Porque en estos momentos el líder del PP está más cerca de la realidad y del interés general que el presidente de esa discutida y discutible nación.

 

17 de junio de 2.006

El bienestar español
Por JUAN MANUEL DE PRADA
(ABC)


HACE unos días, en un artículo transido de doliente sarcasmo, Antonio Burgos trazaba un diagnóstico tan acertado como amedrentador de la sociedad española, inmersa en una suerte de marasmo de complacencia suicida, absorta en su bienestar material y ajena a los ejercicios de ingeniería social y aventurerismo político que se urden a su costa: «La enajenación colectiva de un pueblo dormido, al que parece que han anestesiado, con la epidural en su capacidad de protesta, resignado, que todo se lo traga, preocupadísimo por el buen vivir y el buen beber, con todo su interés puesto en la realidad... de que la cerveza esté fresquita, que las gambas sean blancas, frescas y como saxofones, y que haya muchos puentes de Primero de Mayo para irnos todos a la playa o a matarnos por las carreteras colapsadas». Gibbon no lo hubiera expresado mejor; incluso a uno le acomete la duda de si Burgos no habrá expoliado las páginas de Decline and Fall para trazar tan feroz diagnóstico. Porque de lo que nos habla Gibbon en su obra inmortal es precisamente de un pueblo henchido, apopléjico de bienestar, ensimismado en sus pasatiempos y placeres, que permite las maniobras irresponsables, claudicantes o dimisionarias de sus gobernantes, con tal de seguir disfrutando sus privilegios. Cuando tanta permisividad lánguida convierte al Imperio Romano en un gigante fofo e invertebrado, inerme ante el zarpazo del invasor, ya resulta demasiado tarde para reaccionar. Llegados a este punto, ya sólo resta esperar a los bárbaros, como en el poema de Kavafis.


Las palabras de Antonio Burgos me han recordado otras, menos engalanadas de ironía, de Solzhenitsyn, en las que el hombre que nos desveló el infierno del gulag trata de dilucidar cuál fue el factor determinante que desencadenó los mayores crímenes del siglo XX. Solzhenitsyn considera que tal acumulación de calamidades se produjo «cuando Europa, que por entonces gozaba de una salud excelente y nadaba en la abundancia, cayó en un arrebato de automutilación». Gibbon y Solzhenitsyn coinciden en enfatizar la opulencia que anegaba, que embriagaba casi, esas sociedades a punto de desmoronarse. Y es que el bienestar y la prosperidad engendran, no nos engañemos, molicie, desistimiento y blandenguería; también un apetito desmedido por el disfrute de los placeres temporales que eclipsa la conciencia del hombre y le hace perder la noción de cualquier mandato de índole divina o exigencia moral. Las sociedades anestesiadas por el bienestar no tardan en adoptar la estrategia del avestruz: creen que basta con ignorar los problemas -terrorismo, inmigración, separatismo, etcétera- para que desaparezcan; creen que basta envolverlos en el papel de celofán del buenismo para que la zozobra que antes nos causaban se convierta en una plácida y voluptuosa condescendencia. Naturalmente, estas sociedades anestesiadas por el bienestar son extraordinariamente débiles, capaces de entregar la primogenitura a cambio de un mísero plato de lentejas; sociedades dispuestas a la dimisión de sus principios, a los más sórdidos cambalaches, dispuestas incluso a sobrellevar una existencia genuflexa con tal de evitarse problemas engorrosos, sean éstos de índole moral o política. Y, en fin, son sociedades que se rinden ante cualquier enemigo, antes incluso de librar batalla (como se rendían los países más opulentos y civilizados de Europa a las divisiones Panzer); enemigo que no hace falta que venga de fuera, pues con frecuencia el elemento que acaba de descomponer estas sociedades hediondas es la gangrena que las corroe, ese «arrebato de automutilación» del que nos hablaba Solzhenitsyn. Son sociedades entrópicas, condenadas a inocularse a sí mismas los gérmenes de su propia destrucción. España es hoy, querido Antonio, el epítome lastimoso de una sociedad anestesiada por el bienestar.

Nación para todos
Por ANTONIO BURGOS
(ABC)


CON lo lejos que está el 1931 que algunos quieren reeditar, hay que seguir teniendo mucho cuidado con el mes de abril al acostarse y levantarse. «Las mañanitas de abril son buenas para dormir», dice el refrán de almanaque, pero, ojo, con que se te peguen las sábanas más de la cuenta. En 1931 España se acostó monárquica y se levantó republicana. Ahora, dichoso abril, Andalucía se acostó como región autonómica, orgullosa de ser España, y se ha levantado como «realidad nacional». O la han levantado. Con un mal despertar. Esto de que sin que nadie te pregunte nada, sin debate alguno, con una falta de entusiasmo perfectamente descriptible, cuando la gente está en todo lo suyo, pensando únicamente en pasarlo bien, vengan y te estampillen de catalán, ea, nación por cojones, no me negarán que es un mal despertar en estas mañanitas de abril que son tan buenas para dormir que como te descuides, a la Feria de Ídem va a haber que ir con barretina en vez de sombrero de ala ancha.

-No, esto es la máquina de café.


-¿Cómo la máquina de café? ¿Los cafelitos de Mienmano?


-No, los otros: los cafés para todos de Clavero. Clavero se dejó enchufada la máquina del café y ya ve usted, ahora reparten solos y cortados de «nación para todos». Chaves ha cogido la máquina de café de Clavero y nos ha servido uno que es la leche: la realidad nacional.


Con lo cual, otra vez estamos ante el mismo peligro que cuando el 28-F y el Estatuto Andaluz. Otra vez Andalucía, con tal de no ser menos que nadie, eleva peligrosamente el listón. Si no hubiera existido el 28-F, habrían tenido autonomía plena sólo Cataluña y Vascongadas, que era lo previsto. Pero Andalucía rompió la baraja con el justo clamor de un pueblo en pie. Luego, todas las regiones pidieron lo mismo. Murcia fue lo mismo que Cataluña. Y ese es el problema: que Cataluña no está dispuesta bajo ningún concepto a ser como Murcia. Si Andalucía y Murcia hubieran tenido su descentralización administrativa regional y Cataluña su autonomía con parlamento, sí, se habría cometido el famoso «agravio comparativo» que el café para todos evitó, pero España como nación no hubiera corrido el menor peligro, o al menos con esta velocidad.

Ahora puede que estemos en las mismas. Si Andalucía, sin que nadie lo pida, se erige por voluntad de Chaves en algo tan irreal como «realidad nacional», Cataluña no querrá ser lo mismo, y nada digo Vascongadas. Si a este paso, como la otra vez, hasta Murcia será una nación, con el café de «nación para todos», a Cataluña y a Vascongadas, que nunca querrán ser como Murcia, lo de nación les parecerá poco, y no haremos sino acelerar el proceso para que sean lo que quieren muchísimo antes: estados independientes en Europa.

Se han inventado una irreal realidad nacional. Bueno, sí, Andalucía es una realidad nacional... de España. Ya lo dijo Castilla del Pino: Andalucía tiene tal identidad, que le presta a España sus excedentes. La imagen de España ante el mundo es la que le presta Andalucía. Vamos, el toro de Osborne que se encampana en la bandera de España. Si Andalucía es una nación, esa nación es España. O al revés: España es Andalucía.


Y si quieren realidad nacional, pues vamos a hablar de la verdadera realidad nacional, tristísima. Que no es ésta, que te acuestas como autonomía y te despiertan de nación, sino otra, de perder el sueño. La realidad nacional de Andalucía hoy es la misma de España entera: la enajenación colectiva de un pueblo dormido, al que parece que han anestesiado, con la epidural en su capacidad de protesta, resignado, que todo se lo traga, preocupadísimo por el buen vivir y el buen beber, con todo su interés puesto en la realidad nacional... de que la cerveza esté fresquita, que las gambas sean blancas, frescas y como saxofones, y que haya muchos puentes del Primero de Mayo para irnos todos a la playa o a matarnos por las carreteras colapsadas.


 

10 de junio de 2.006

La nariz de Zapatero
Por M. MARTÍN FERRAND


PARA establecer las vidas paralelas entre Pinocho, el hijo literario de Carlo Collodi, y José Luis Rodríguez Zapatero sólo nos falta conocer el verdadero creador -el Gepetto- del personaje político que, llegado a presidente del Gobierno de España, no tiene más biografía previa que sus largos y obedientes silencios en el Congreso de los Diputados. Pinocho era un muñeco de madera que quería ser un niño de verdad, capaz de vivir mil aventuras y tener otros tantos sentimientos. Zapatero también aspira a ser un político de verdad, un gran hombre con lugar de honor en la Historia, por haber resuelto los problemas más viejos y recalcitrantes de nuestra convivencia.
A Pinocho, más que por el libro de Collodi, le conocemos por la película de Walt Disney y, en plena coincidencia, la dimensión que tenemos de Zapatero nos viene dada por su eficaz máquina de propaganda. Lo que para el niño de madera era el gato Fígaro es para el político de pacotilla su hoy ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. El pez del muchachito, Cleo, es, en el cuento que ahora nos presenta el PSOE, Fernando Moraleda: una burbuja de cristal sin más espacio que el que marcan la oportunidad de cada día y la ordenada disciplina de los medios adictos del socialismo en el poder central y en sus franquicias regionales. Lo que no hay en la presente versión coloreada y monclovita de la obra de finales del XIX, a diferencia con la de Disney, es Pepito Grillo. Esta es una historia sin conciencia.
Tanto a Pinocho como a Zapatero les crece la nariz con excesiva frecuencia. No es una nariz superlativa, como la cantada por Quevedo, ni una nariz genial, como la de Cyrano de Bergerac. Es, sólo, una nariz semáforo para abrirle paso a las mentiras. Para Zapatero el hecho de mentirnos a los españoles forma parte de su más auténtica naturaleza. Nos miente cuando, después de todo lo dicho, apoya el diálogo político con ETA y Batasuna antes de que la banda renuncie a la violencia y el partido ilegal condene cualquier acción violenta y acate la Ley de Partidos. Sigue mintiéndonos cuando trata de rectificar y nos cuenta -¡que pase la bola!- que con Batasuna sólo se hablará de su integración en la legalidad. Aquí sólo cabe una verdad: que ni él ni ninguno de sus enviados dialogue con ETA mientras no cesen sus amenazas y chantajes y Batasuna, que sabe lo que hace, haga lo que debe para poder ser considerado por los jueces, por los vascos y por todos los españoles como un partido legal.
Zapatero le miente, en privado, a Mariano Rajoy y, en público, a todos los demás. Miente con cifras, con ideas prestadas, con proyectos imprecisos... Ha llegado tan lejos en el virtuosismo de la mentira, su gran instrumento, que hasta sus silencios generan embustes y, contra lo señalado por Lincoln, nos quiere engañar a todos todo el tiempo. En realidad, Pinocho era un pardillo.

 

Trenes
Por JON JUARISTI


RIGUROSAMENTE sigilosos. El expreso Madrid-Hendaya cruza lentamente Tolosa en la oscura madrugada. Alcanzas a ver el interior de un bar próximo a las vías. Allí están. La peste pardirroja de tu tierra natal, terminando la noche. Su torvo aliño indumentario habla por ellos. Imagínate entrando en el tugurio con la sonrisa boba y petulante del que tú sabes («Hola, pasaba por aquí y me he dicho: vamos a dialogar un rato con esta buena gente»). Un minuto de vida te concedo y la mitad te sobra. No son ñetas ni latin kings ni mafia rumana. Son fascistas. Quizá fascistas de barrio, querido amigo, pero, al cabo, fascistas. No voy a perder tiempo discutiendo lo que tú y yo entendemos por fascismo. Los he conocido bien. Mira la foto de grupo con Otegui, camino de la Audiencia Nacional. Con alguno compartía yo la merienda antes de que nacieras. A su lado, los reventadores de chalets, filántropos.
Te lo diré de otra forma, a ver si me entiendes: o ellos o nosotros. Ya no, ya nunca más ellos y nosotros. La imposibilidad de la conjunción no deriva de lo que han hecho, que es poca cosa si se compara con lo que piensan hacer. El suyo es un proyecto sencillamente genocida, ni más ni menos. Me dirás que exagero y te diré que lo mismo creía yo hace bastantes años, cuando oía a otros -a muy pocos- decir lo que ahora digo. El resultado, helo aquí, tras intentarlo durante tres décadas democráticas: ellos, dentro; nosotros, fuera. Lejos. Pasa el tren por Tolosa, camino de la frontera, y es el único modo, fugaz, borroso, dolorido de volver, atravesando en la noche -huyendo, ocultándote, atisbando entre las cortinas- los campos prohibidos.
La idea de que los no nacionalistas no deben vivir en una región donde la mayoría sea nacionalista ha arraigado incluso entre los nacionalistas supuestamente moderados. Aunque no sea ése su discurso oficial, se les escapa en las sobremesas mallorquinas, cuando la digestión de la sobrasada aletarga el superego. Juan Pablo Fusi acaba de publicar un ensayo apasionante sobre los no nacionalistas en tierras de penumbra: «Identidades proscritas» (Seix Barral). El título es, desdichadamente, exacto. El destino del no nacionalista en mi Transilvania vasca pasa por la proscripción, y de ahí al destierro o a la tumba, que será, en el futuro glorioso de la reconciliación socialista con el fascismo abertzale (hoy ya interlocutor necesario), la única manera de quedarse en casa para más que algunos. Para otros muchos, trenes rigurosamente vigilados mientras funcione el intercambio poblacional. Luego, las balsas, como dijo no hace muchos años un concejal batasuno de Bilbao llamado -¿puedes creerlo?- Rodríguez.
O ellos o nosotros. No hay conjunción posible. Nadie mínimamente sensato puede pensar en la reconciliación. Otegui se ríe del arrepentimiento. No condenará a ETA ni cumplirá condenas, blindado como está ante la Justicia por la miserable mentira del proceso de paz. La bestia asciende. El expreso de medianoche se desliza en silencio por las viejas ciudades vascas donde beben hasta el amanecer las camadas fascistas. Carmen Iglesias recordaba hace unos días, en este periódico, una luminosa observación de Weber: la causa de la guerra civil está en la estructura de la sociedad. Sin embargo, bajo el fascismo los términos se invierten: no hay más estructura social que la guerra civil. Por eso ellos y nosotros somos incompatibles e irreconciliables. Por eso las democracias proscriben el fascismo. No negocian con él, no lo legalizan, no convierten a sus portavoces en interlocutores necesarios. No, por lo menos, mientras se saben fuertes, porque negociar con el fascismo o legalizarlo equivale a reconocer tácitamente la derrota. Acierta Rajoy al romper puentes con este Gobierno que nos ha vendido y que se ha vendido de forma tan estúpida y mendaz, aunque, habiendo sido evidente la mentira desde el principio, la ruptura llegue un poco demasiado tarde.



Balada del escéptico
Por IGNACIO CAMACHO


TRAÍAS de la Feria el libro de Rosa Díez, «Porque tengo hijos», y venías del Retiro conmovido por su sonrisa amarga de desengaño y por la firme mirada luminosa de Maite Pagaza que has visto clavarse más allá de los árboles, como si quisiera superar con la vista un horizonte de tristezas y de incertidumbres. Te dejaste caer en una silla junto al velador acariciado por el sol ya cálido de junio, y cuando el camarero te servía el café has observado la calle con aire ausente, sin ver apenas el trasiego de gente de compras, los niños de paseo, el runrún apacible del tráfico y de la vida. «Tráigame un whisky», has pedido, y luego con un gesto como de excusa ante la pregunta que no te he hecho: «Creo que necesito un trago».
«Porque es que, mira, algo está fallando aquí cuando ves a las personas decentes hablar de volver a la resistencia mientras los malos salen eufóricos en la tele para decir que esto va por buen camino. ¿Por buen camino para quién? Yo lo tengo claro: todo lo que sea bueno para ellos es negativo para los demás. Ya, ya, sí, la tranquilidad para los amenazados, para los que llevan escolta, eso es objetivamente positivo pero... ¿tú crees de verdad que toda esa gente, los que han visto morir a sus hijos, a sus hermanos, a sus compañeros, van a estar contentos sintiendo que su sacrificio ha fracasado, rumiando en silencio una derrota? ¿Tú crees que va a valer cualquier cosa, que esta sociedad se va a conformar con que dejen de matar sin pedir perdón y se pongan a hacer política como si no hubiera pasado nada? ¿Tú crees que la paz, bueno, eso que llaman la paz, es un valor objetivo por encima del modo en que se logre?»
«Si todo esto se veía venir... Que ni dejan las armas ni prometen hacerlo siquiera. Que ni condenan la violencia ni se les ve asomo de arrepentimiento. Que están cada vez más crecidos y más arrogantes, y nosotros tragando. Qué digo tragando, humillando la cerviz mientras el presidente se salta sus propias promesas porque sólo le importa ya salvar su compromiso, que por otra parte nadie le pidió. La paz «como sea», a costa de lo que sea. Una declaración, una foto para ir a las elecciones, eso es lo único que parece que importa. ¿Y veremos en coche oficial a esos tíos que hace poco brindaban después de cada atentado, a los que señalaban a las víctimas, como dice Rosa Díez, y apuntaban sus horarios para que fuesen a matarlos? ¿Eso va a ser la paz? Venga ya...»
«Mira, yo no voy a ir a ninguna manifestación, ni me opondré a nada que signifique que no haya más muertos. Pero yo no vivo en el País Vasco; yo no me voy a cruzar con los asesinos de mi hermano o de mi padre. Ahora, desde luego, lo que no voy a hacer es alegrarme de una infamia, ni premiarla con mi voto. Y cada vez encuentro más gente que piensa igual. Estábamos esperanzados, pero ahora lo que nos queda es este desasosiego moral de estar asistiendo a una ignominia... ¿Escépticos? Amargados, diría yo, con una amargura espesa aquí en la boca del estómago... ¿me trae otro whisky, por favor?»

(fuente: ABC)

3 de junio de 2.006

La memoria y las palabras

Por la transcripción: Santiago González


Pilar Ruiz Albisu a Patxi López, en los actos conmemorativos del segundo aniversario de su hijo, el 9 de febrero de 2005:
"Harás y dirás más cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son."


Patxi López. Conferencia en la Universidad Carlos III. 25 de noviembre de 2002 (A propósito del Plan Ibarretxe):
"Además, NO ES CIERTO QUE (los nacionalistas) TENGAN INTENCION DE RESPETAR LA LEGALIDAD como nos repiten constantemente. Saben perfectamente, todos sabemos, que para modificar el marco político se necesita mayoría absoluta del Parlamento Vasco, que sólo conseguirán si cuentan con la aquiescencia de Batasuna, cosa que, primero sería lamentable, ya que hablamos de un partido suspendido legalmente, y segundo, ni siquiera parece posible hoy a juzgar por las posiciones que les hemos oído hasta ahora."


EL MUNDO, 24 de junio de 2005. VITORIA:
"Tras salir reelegido Juan José Ibarretxe como lehendakari gracias a dos votos del PCTV, el PP y PSE le han planteado el primer desafío. Ambos han advertido al presidente vasco de que no formarán parte de una mesa de diálogo donde esté presente Batasuna, algo que pidió el miércoles Ibarretxe y le valió el apoyo de la formación abertzale."
El portavoz del PSE-EE en el Parlamento Vasco, José Antonio Pastor, aseguró que su partido no participará en una mesa de diálogo en la que esté Batasuna, mientras ésta no haga "una condena expresa de la violencia o la violencia haya desaparecido".


EL DIARIO VASCO - 9/9/2005:
Patxi López reiteró su negativa a compartir foro con Batasuna como partido ilegalizado mientras no condene el terrorismo o ETA desaparezca.
El secretario general del PSE-EE de Gipuzkoa, Miguel Buen, aseguró que «mientras persista la acción terrorista y si Batasuna no la condena, no nos vamos a sentar en una mesa a dialogar con alguien que no condena el terrorismo». «Es obvio que no le vamos a decir al lehendakari con quién se tiene que reunir, pero nosotros no nos vamos a sentar a una mesa a dialogar con alguien que no condena el terrorismo», insistió.


DEIA, 19 de noviembre de 2005.- José Blanco, secretario de Organización del PSOE:
«Cuando no hay ninguna condición objetiva que permita ningún tipo de acuerdo ni de entendimiento con una fuerza que es ilegal, lo único» que se le pide a Batasuna es que «contribuya» a «normalizar la vida política del País Vasco, a convencer a ETA de que abandone las armas y a garantizar un clima de paz y de convivencia».


Patxi López el 21 de marzo de 2006, en declaraciones a la televisión pública vasca, ETB:
Además de tachar a Grande-Marlaska de «juez o político metido a médico» -en alusión a su orden de revisar la labor de los forenses vascos-, destacaba el papel de Otegi como «referente de la izquierda abertzale y responsable de empujar a ese mundo hacia la vía política».


José Blanco, de nuevo, el 19 de abril de 2006, en el programa de Ana Rosa Quintana.-
"El lehendakari Ibarretxe se ha reunido con Arnaldo Otegi, que no es representante de nada, es portavoz de sí mismo, porque esa formación está ilegalizada, y mientras no se legalice no existe.(...) Se trata de una reunión del presidente del Gobierno vasco con una persona que en su día representaba a Batasuna, que tendrá sus ideas, su forma de ver la política. (...) Esa a formación ha sido ilegalizada como consecuencia de la aplicación de la Ley de Partidos... No existe. Si Ibarretxe ha considerado importante reunirse con una persona que en su día fue dirigente de un partido que hoy no existe, no tengo más criterio que decir si me parece bien o si me parece mal."


Patxi López. EL CORREO, 9 de abril de 2006:
"Batasuna es una formación ilegalizada y son ellos los que tienen que dar los pasos para ser legales."


José Blanco, no hay dos sin tres, el 30 de abril de 2006:
"No se puede hablar de pactos con Batasuna" porque "es una formación ilegal".


Ramón Jáuregui, 22 de mayo de 2006:
"Estamos dispuestos a que la izquierda abertzale, representada ahora por el partido Comunista de las Tierras Vascas (EHAK), forme parte de la ponencia para la reforma del estatuto de Gernika que va a constituirse en el Parlamento Vasco siempre que ETA renuncie, previa y definitivamente, a las armas".
"La incorporación del EHAK al proceso de reforma del Estatuto acabaría con la automarginación de la izquierda abertzale."
"El futuro político de Euskadi lo determinan los partidos con sus debates y acuerdos en su ámbito natural, el Parlamento vasco"
Arnaldo Otegi consideró el 23 de mayo de 2006 que el PSE-EE recurre a "excusas" al decir que no se sentará con un partido ilegal.
"Con nosotros ya ha hablado todo el mundo siendo ilegales, salvo el PP. Además, quienes ponen esa condición son quienes nos ilegalizaron", dijo, para instar a los socialistas a legalizar a Batasuna.
En opinión de Otegi, el anuncio de Baracaldo, "si no fuera por lo serio que es, es un poco de risa". "O sea, ahora usted me quiere decir que se va a sentar no sabemos dónde con una organización que se llama ETA, que practica la lucha armada, y no tiene legalizados sus estatus de legalidad en el Ministerio del Interior español, y tiene problemas para sentarse con nosotros que no practicamos la lucha armada", afirmó, para decir que "eso no se sostiene, sencillamente es ridículo", apuntó.


Rodolfo Ares, 26 de mayo de 2006:
"Batasuna es una organización ilegal que lo que tiene que hacer es hacer lo necesario para convertirse en una formación legal si quiere hacer política".

María Teresa Fernández de la Vega, 21 de mayo de 2006:
"No estamos dispuestos a polemizar, en el caso de Batasuna, con una organización ilegal. Batasuna no puede integrarse en la vida política si no hace una declaración expresa de condena de la violencia y se somete al cumplimiento de la Ley, incluida la de Partidos Políticos.
"A la legalidad sólo se vuelve por la legalidad. Todo el mundo tiene que saber que en el Estado de Derecho no hay paréntesis, no hay descanso, no hay espacios en blanco y se aplica siempre".


Alfredo Pérez Rubalcaba, ministro del Interior, el 27 de mayo de 2006 en El Círculo de Economía:
"Quien está fuera de juego tiene que estar en el juego, el juego tiene reglas y hay que cumplirlas. Tienen que entenderlo".
Todo lo anterior son los precedentes. Consecuentes: EL CORREO, hoy, 31 de mayo de 2006, día en el que el juez Fernando Grande Marlaska ha citado a dirigentes de Batasuna. ¿Para cubrirles con el manto de la impunidad?
"EL PSE ANUNCIA QUE SE REUNIRÁ CON BATASUNA PARA IMPULSAR LA MESA DE PARTIDOS"


Patxi López anunció anoche, cuando aún se escuchaban los últimos ecos del maratoniano debate sobre el Estado de la Nación, que su partido asumirá "la parte de responsabilidad" que le corresponde en el camino hacia el final de la violencia e iniciará de forma oficial los contactos con la ilegalizada Batasuna con el objetivo de impulsar una mesa de partidos en Euskadi.
Colofón:
Ejemplares los socialistas vascos en la aplicación de las mínimas del líder máximo. A saber, como aquella que dice:
"Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras." (José Luis Rodríguez Zapatero, junio de 2005).


Del prólogo que escribió José Luis Rodríguez Zapatero para el libro de Jordi Sevilla (“De nuevo socialismo”, año 2.002).

"Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica....."

".....Si en política no sirve la lógica, es decir, si en el dominio de la organización de la convivencia no resultan válidos ni el método inductivo ni el método deductivo, sino tan sólo la discusión sobre diferentes opciones sin hilo conductor alguno que oriente las premisas y los objetivos, entonces todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas."

 

27 de mayo de 2.006

El tiempo y la política
M. Martín Ferrand

(fuente: ABC)


EL tiempo, la precisión del momento conveniente para las voces y los silencios, ha sido siempre un factor clave en la política; pero desde que, por obra y gracia de la cultura de la imagen, las masas tradicionales se convirtieron en público y se especializaron como espectadores, ese tiempo ya no se mide en el calendario y es necesario recurrir al cronómetro. Los segundos cuentan y, si esta columna fuera un latifundio periodístico y no una píldora analítica, creo que podría demostrar que lo anterior es una de las muchas consecuencias derivadas de los ataques asesinos del 11-S norteamericano. De hecho, nuestro 11-M no es otra cosa, en sus efectos políticos, que el contraste entre el sentido de la oportunidad exhibido por la desmedida ambición socialista y la falta de reacción ante las circunstancias imprevisibles de los pánfilos rectores del PP.
La mayor virtud de José Luis Rodríguez Zapatero, personaje muy distante de los perfiles clásicos de la excelencia, reside en su instinto para administrar los tiempos. Su última pirueta, un cambio de Gobierno tan previsible como imprevisto, ha cambiado la dimensión de su propio espectáculo. Si no supiéramos que sólo tiene media España en la cabeza, y que la otra media ni le cabe ni le interesa, podríamos concluir que es un estadista; pero, dadas las circunstancias, debe reconocérsele, mejor, como un virtuoso del oportunismo. Con talento de prestidigitador ha hecho desaparecer dos piezas de su propio puzle que le resultaban incómodas y redefinido otras dos que son de su máxima confianza, algo fundamental para un desconfiado crónico.
Sin salir de la actualidad, pero cambiando la escala de los personajes, podemos encontrar el paradigma del caso contrario a la precisión temporal de Zapatero en el muy intempestivo presidente de Gas Natural, Salvador Gabarró. De no haber decaído en España el entendimiento del circo como «el mayor espectáculo del mundo», redoblarían los tambores para que un jefe de pista, con frac cuatribarrado para la ocasión, anunciara la presencia del tal Gabarró, único artista de la empresa que, en junta de accionistas de la compañía que preside, le pide al Gobierno que «tutele» el sector energético. Válganos el señor de la energía -¿Júpiter?- ante un caso tan singular de despropósito y esperemos que único en el entendimiento nacional -úsese el termino según se quiera- de la empresa, sus usos y diversas aplicaciones. El Parlament ha parido, y el Congreso ha asumido, un Estatut tan intervencionista que los empresarios catalanes, con OPA o sin ella, se atreven ya, antes del referéndum que lo ponga en valor, a reclamar la ayuda de los guardias para mejor cuadrar sus cuentas de explotación. El fenómeno es viejo y en él se sustentó el desarrollo catalán en los años franquistas, pero parecía que ya estábamos en un tiempo nuevo.

 

Fouché
Ignacio Camacho


BAJO su enjuto perfil decimonónico de conspirador de la Gloriosa, Alfredo Pérez Rubalcaba esconde un control de las emociones y sentimientos tan asombroso como su facilidad para fingirlos. Dueño de una perfecta gestualidad ficticia, este hombre inteligente y tenaz, el eslabón perdido entre Felipe y Zapatero, lleva en sí mismo lo mejor y lo peor de la política; posee una fabulosa capacidad de esfuerzo y sacrificio. y es capaz de ponerla al servicio de la causa más sectaria sin que le tiemble un músculo. Su actuación en la tarde del 13-M fue un prodigio de la manipulación y el agit-prop; aquella cara compungida, aquella falsa aflicción, aquel medido ejercicio de impostura merecería pasar a los anales del cinismo dramático.
Rubalcaba -«si te vuelves te la clava», dijo de él una vez Iñaki Anasagasti- es de esa clase de tipos absolutamente odiosos para el adversario que, sin embargo, se hacen imprescindibles en el equipo propio. Aficionado futbolero y madridista confeso, es como esos defensas de frialdad destructora capaces de romperle la rodilla al rival sin que el árbitro se aperciba, y que luego se inclinan solícitos para compadecerlo y llaman ellos mismos a los camilleros. Tiene un instinto de supervivencia forjado en los pasillos más peligrosos del poder, conoce como nadie los vericuetos de la política y es un negociador de «culo di ferro», como decía Berlinguer, implacable, agotador, de una resistencia metálica combinada con un pragmatismo sinuoso. Orador excelente, de cortesía helada, puede arropar de retórica la proposición más extravagante y dotarla con su sentido actorial de una apariencia de convicción perfectamente verosímil.
Sus enemigos le llaman Rasputín, por su vocación para la intriga, pero al frente de la cartera de Interior, con un ejército de policías dedicado a suministrarle la información más sensible, será más que nunca el perfecto émulo del temible Fouché, el ondulado e inquietante campeón de la razón de Estado. Convertido en la pieza clave del engranaje de una agenda políticamente suicida, agigantado en influencia tras pilotar la pirueta imposible de maquillar de constitucionalidad el Estatuto catalán, el presidente lo ha situado en el eje de la bisagra más delicada para abordar la fase decisiva del diálogo con los verdugos. Zapatero lo llama para que ponga el aparato del Estado al servicio de la ultima ratio de su proyecto, la clave de bóveda de esta legislatura. No hay en toda la nomenclatura española un hombre con un trazo tan ajustado para ese papel de volubilidad táctica en el que los principios morales y hasta legales van a subordinarse a un objetivo político. Situacionista, opaco, maniobrero, hermético, tortuoso, glacial, y con una portentosa maleabilidad para la puesta en escena, Rubalcaba va a tener, sin embargo, un talón de Aquiles en su cometido: el énfasis que le puso a su actuación más célebre. Ahora, como entonces, los españoles seguimos mereciendo un Gobierno que no nos mienta.


(fuente ABC)


20 de mayo de 2.006

 

Conferencia de Joaquín Leguina, político socialista, escritor y economista, pronunciada en Bilbao el 10 de marzo de 2006, en un acto organizado por la Fundación para la Libertad.


Para nadie es un secreto que el proceso abierto con la propuesta de nuevo Estatuto para Cataluña -y que tendrá derivadas políticas sin cuento- encierra riesgos ciertos y no sólo respecto a la andadura del actual Gobierno presidido por Rodríguez Zapatero, sino que afecta a numerosas cuestiones políticas e ideológicas que tienen más calado del meramente electoral. Se ha abierto, en efecto, una caja de Pandora cuyo beneficiario no será el Gobierno ni, probablemente, tampoco el mayor partido de la oposición. No parece que estemos en un juego de suma positiva ni siquiera de suma cero. Por eso, y por otras razones que intentaré resumir aquí, muchos pensamos que este proceso nunca debió abrirse o, al menos, nunca debió abrirse con tanta alegría antropológica –digámoslo así- como se ha hecho. Pero vayamos al origen inmediato, poniéndonos a ras del suelo.


Los antecedentes cercanos del actual proceso estatutario comienzan con los Acuerdos de Santillana (“La España plural”), que el PSOE se planteó en vísperas de las elecciones catalanas. Allí, en ese documento interno, se puede leer lo siguiente: “Hoy nos disponemos de nuevo a abordar, conforme a la Constitución y a las reglas del juego democrático, y desde el imprescindible consenso, reformas estatutarias en aquellas Comunidades Autónomas donde el marco jurídico merezca ser perfeccionado”.

El planteamiento electoral del PSC, que contenía la voluntad de consensuar en Cataluña un nuevo Estatuto, quedó así avalado por el PSOE en Santillana, pero sin mayores concreciones, excepto esa petite frase: “desde el imprescindible consenso”, que pronto se quedaría en agua de borrajas, al dejar fuera del juego al PP en el Parlamento catalán.

En cuanto a esa ocurrencia de “la España Plural” conviene detenerse un momento en ella. Como es sabido, toda sociedad democrática es plural. Desde esta óptica elemental y puesto que España es un país democrático, hablar de “la España plural” puede parecer una obviedad o una redundancia... pero no nos debemos engañar, no estamos ante una simpleza sino ante otra cosa, porque lo que entienden los nacionalistas al oír esa frase no es que España sea una sociedad abierta, sino que es un conglomerado heterogéneo, una suma de “naciones” y regiones, un puzzle en el cual las únicas que tienen vida propia son las piezas, pero no el conjunto. Porque para ellos “plural” equivale a “desmontable”. Desde esa óptica, “el Estado español” (ellos nunca nombran a España) es plural, pero Cataluña o el País Vasco no lo son, sino que estas “nacionalidades” –o naciones, término que no se cansan de autoaplicarse- son unitarias y uniformes, y es de ahí, de esa visión ideológica según la cual el “pueblo” ha sustituido a la ciudadanía, de donde se derivan no pocos males, que arrancan casi todos ellos de la concepción identitaria de la lengua y de la cultura y, lo que es más grave, de los derechos del “pueblo”, de los supuestos derechos colectivos (“históricos”) de Euskalherría o Cataluña que pretenden suplantar y sustituir a los verdaderos derechos: los derechos del individuo, de cada una de las personas, los derechos de ciudadanía. Y no se trata sólo de una cuestión de filosofía política sino que tiene una aplicación inmediata sobre las personas, sobre los ciudadanos no nacionalistas (o no catalanistas) que viven en el País Vasco o en Cataluña, a quienes los “identitarios” de todo cuño pretenden convertir en “mozárabes”, en personas “no integradas en la comunidad nacional”, que, por ello, son susceptibles de ser despojadas de sus derechos. Por eso, cuando se afirma que España es plural, es preciso añadir que el País Vasco o Cataluña o Galicia también son plurales.


Pero sigamos con esta pequeña historia. Los resultados electorales obtenidos por el PSC en aquellos comicios autonómicos de 2003 quedaron muy por debajo de sus expectativas (con menos diputados que CiU) y si consiguió formar gobierno y desplazar a CiU hacia la oposición no fue gracias a la promesa de un nuevo Estatuto, sino a que ERC, cuyo incremento de escaños fue notable, se decantó por el PSC y no por CiU. A ello se vino a unir, tras las elecciones de marzo de 2004, ganadas por el PSOE, la necesidad de algún apoyo nacionalista para la gobernabilidad en España, cosa que obtuvo también de ERC. Para nadie fue un secreto que esta doble dependencia parlamentaria, en el Parlamento de Cataluña y en las Cortes Generales, abría las puertas a la reforma estatutaria. Sobre todo sabiendo que Rodríguez Zapatero había dicho en Cataluña en 2003 aquello de “apoyaré en las Cortes Generales lo que venga suficientemente avalado desde el Parlamento de Cataluña”. Más tarde matizaría ese aval genérico añadiendo la frase sacramental: “dentro de la Constitución”.


Pues bien, iniciado el proceso de reforma del Estatuto en Cataluña, pronto se vio que sería difícil embridarlo “dentro de la Constitución”, convirtiéndose aquella negociación en una subasta –y no precisamente a la baja- en la cual los protagonistas de la puja no eran otros que ERC y CiU. Dispuestas ambas formaciones a mostrar ante su público la mayor tajada del melón, fruta que otros se habían encargado de abrir. Naturalmente, CiU nunca vio con buenos ojos que una redacción ex novo del texto estatutario tuviera como protagonistas a cualesquiera otros que no fueran ellos mismos. Por eso, en un momento dado y estando a punto de cumplirse todos los plazos, los observadores de cualquier condición daban por hecho que el intento de Estatuto embarrancaría en el Parlamento catalán... y así hubiera sido si no aparece Rodríguez Zapatero, quien se entrevistó con Artur Mas y, “milagrosamente”, CiU desatascó el freno y el texto se aprobó en el Parlamento de Barcelona con el solo voto en contra del PP.


Cuando, por fin, se desveló el misterio y el común de los mortales pudimos leer, negro sobre blanco, el proyecto de Estatuto (PE) que el Parlamento Catalán enviaba a las Cortes Españolas, no dábamos crédito a lo que estábamos leyendo, porque -entre otras cosas- la concepción política acerca del Estado que subyace en el texto del PE remitido a las Cortes era, simplemente, un disparate. El disparate de la bilateralidad, que responde a la más rancio y reaccionario catalanismo y se puede resumir en una frase tan castiza como certera: “Lo mío, mío y lo tuyo, a pachas”. Mandar en exclusiva en Cataluña y, también, mandar en Madrid. Ése es el modelo que proponía el PE.


Estamos ante un texto, el PE, que gira en torno a tres ejes: a) obsesión por reducir la presencia del Estado en Cataluña; b) Bilateralidad entre el Estado y la Generalidad y c) preocupación por la presencia “nacional” de Cataluña en el Estado y en el ámbito internacional.


Desde la discusión decimonónica acerca de los aranceles (altos para los textiles ingleses a fin de mantener el mercado español en manos de la producción textil catalana) hasta la discusión de la Constitución (1978) o el vigente Estatuto (1979), la actitud política del catalanismo respecto del Estado apenas ha variado, aunque, eso sí, ha tenido distintos nombres; Prat de la Riba, Cambó, Maciá... Pujol.


Lo que sí resultaba original y novedoso es que un partido, el PSC, que se hace llamar socialista, que nutre una gran parte de sus urnas con votos de gente de origen inmigrante, se haya subido a ese viejo carro identitario y ventajista. Actitud que no se entiende aquí, pero que tampoco entienden muchos militantes del PSC. Y no es sólo ni principalmente una cuestión de dinero, de competencias o de financiación, es mucho más grave. Es la desconfianza –que cualquier lector del PE no puede dejar de percibir-, el desprecio hacia España como concepto y como sociedad. Hacia el Estado y la España democráticos que hunden sus raíces en la Ilustración y en el mejor liberalismo, la España que se perdió con la II República y que renació tras la Dictadura. Una España por la que han luchado y empujado muchos catalanes, aquéllos que en los años setenta reclamaban una nueva Constitución y el Estatuto de 1932.


Un PE cuyas raíces se declaran “prepolíticas”. En efecto, allí podemos leer que “Cataluña ha definido una lengua y una cultura, ha modelado un paisaje”. Se coloca así a Cataluña no ya antes de la razón o de la Historia y, por supuesto, antes de la Democracia o la Constitución, incluso antes del mito. Sólo de una cabeza tan confusa como la de Rubert de Ventós puede salir una idea tan poco jurídica como esa de que Cataluña “ha modelado un paisaje”. ¡Qué horror!


A propósito del PE, que tiene 227 artículos –más que cualquier Constitución de un país europeo-, sólo me detendré brevemente en tres asuntos: a) Cataluña como nación; b) las lenguas y c) sistema de financiación.


Ya el Preámbulo del PE comienza con aquello de “La nación catalana ha venido construyéndose” y luego en el artículo 1 apartado 1 se lee: “Cataluña es una nación”. Pero ¿qué entienden los redactores del PE por nación? Vayamos a la voz nación en el Diccionario normativo del Institut d’Estudis Catalans: “Nación. Conjunto de personas que tienen una comunidad de historia, de costumbres, de instituciones, de estructura económica, de cultura y a menudo de lengua, un sentido de homogeneidad y también de diferencia respecto al resto de comunidades humanas y una voluntad de organización y de participación en un proyecto político que pretende llegar al autogobierno y a la independencia política”. Desde luego, la definición no tiene desperdicio por ser, antes que cualquier otra cosa, una declaración de intenciones y, en primer lugar, la de llegar a la “independencia política”.

Lo demás, la comunidad histórica y otras coincidencias, no se aleja mucho de aquella otra definición que, si no recuerdo mal, se debe a Renan: “Nación: conjunto de personas que se jalean, mintiéndose sobre su pasado común”.

Pero no se para ahí la cosa, sino que el PE también mete la cuchara en la definición de España que, por supuesto -y contradiciendo directamente a la Constitución-, para ellos no es una nación, sino que “Cataluña considera que España es un Estado plurinacional”. En la consideración de Cataluña (¿qué Cataluña?, cabría preguntarse) España no es una nación, pero tampoco es una sociedad, ni un conjunto de ciudadanos, ni siquiera un territorio. ¡España es un Estado!. “Un Estado plurinacional”, es decir, compuesto de naciones que, por serlo, pretenden llegar a la independencia política, eso es lo que, al parecer, “considera Cataluña”. La Cataluña de los que han redactado el PE, claro está. Se trata de un insulto a todo aquel que sienta español, pero, sobre todo, es un insulto a la inteligencia.

Pasemos al segundo asunto, el más delicado de todos: las lenguas. Cualquiera que viva allí o visite Cataluña percibe inmediatamente que en la calle, en al sociedad catalana, conviven el castellano y el catalán sin ningún problema digno de reseñar y, si eso es así, ¿por qué las lenguas son un problema político? Pues porque los nacionalistas de cualquier obediencia consideran a su lengua como un elemento determinante de la identidad colectiva. Así, un nacionalista español llamado Francisco Franco expulsó al catalán del foro público en nombre de la lengua del imperio. Por su parte, la intención de los nacionalistas catalanes no eso otra que la de considerar al castellano una lengua impuesta por la fuerza, aunque más de la mitad de los catalanes, es decir, de los ciudadanos que viven y trabajan en Cataluña, tengan como lengua materna precisamente el castellano.


No estamos ante un problema entre lenguas, estamos ante un problema de discriminación de las personas a causa de su lengua materna. Y eso es lo que viene pasando y se va a incrementar si la redacción del PE se mantuviera hasta el final. Y viene pasando, entre otras cosas, porque la última Ley de Política Lingüística del Parlamento catalán (1997) no fue recurrida ni por el Gobierno de Aznar, que necesitaba los votos de CiU, ni por el Defensor del Pueblo, sobre quien se ejerció todo tipo de presiones para que no presentara recurso de inconstitucionalidad.

El PE echa un par de paletadas más sobre el asunto: 1) “Todas las personas en Cataluña tienen el derecho de utilizar y el deber de conocer las dos lenguas oficiales”. Se establece así la obligatoriedad de dominar el catalán para todas las personas que estén en Cataluña (¿incluidos los turistas y los pilotos de aeronaves?) y 2) “La lengua propia de Cataluña es el catalán. Como tal, el catalán es la lengua de uso normal y preferente de todas las administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos en Cataluña, y es también la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza”.


Si esto no es una discriminación contra los castellanohablantes, que venga Dios y lo vea, aunque no sólo es una discriminación para ellos. Una discriminación contra los menos dotados económica y socialmente, los inmigrantes del resto de España y sus descendientes. Estamos ante una política que pretende tratarlos y los trata como extranjeros en su propio país. “Si un español emigra a Inglaterra, lo que le conviene es aprender el inglés” es un argumento que los catalanistas suelen exhibir para exigir a todo el mundo en Cataluña el uso del catalán. Se olvidan -y no por casualidad- que un andaluz en Inglaterra es un extranjero, pero cuando se desplaza a Cataluña no sale de su propia nación (artículo 2 de la Constitución) y tiene el derecho de hablar y de que le hablen en su lengua común, en castellano (artículo 3 de la Constitución):


Aunque respecto a la obligatoriedad de dominar el catalán, los muñidores de este atropello que es en este punto el PE se van a encontrar al final del trayecto –eso espero- con una sentencia del TC. La sentencia es del 26 de junio de 1986, cuando presidía dicho Tribunal Francisco Tomás y Valiente. En esa sentencia se lee lo siguiente: “Pues el citado artículo (el 3 de la Constitución) no establece para las lenguas cooficiales ese deber, sin que ello pueda considerarse discriminatorio”. La que sí es discriminatoria es la obligación de conocer el catalán, y no sólo por los castellanohablantes que residen allí, también impedirá, de facto, el traslado a Cataluña de cualesquiera funcionarios públicos procedentes del resto de España.


El tercer punto que me había propuesto abordar era la financiación en el PE. No es un tema menor, pero, por lo que conocemos, en este asunto habrá un acuerdo. Los redactores del PE querían quedarse con todo el salchichón (“Corresponde a la Generalidad la gestión, recaudación, liquidación e inspección de todos los tributos estatales soportados en Cataluña”, art. 204 del PE), pero parece que se conformarán, de momento, con un tajo más, un buen tajo del citado embutido presupuestario.


Dado que el sistema que se acuerde con Cataluña va a ser generalizable al resto de las CCAA de régimen común, el tajo total al que hacía yo referencia va a ser de abrigo. Ya lo ha anunciado el Presidente de Andalucía, quitándole relevancia al asunto: “Nadie se debe preocupar porque todos saldremos ganando”, ha dicho. No es difícil descubrir quiénes son esos todos a los que se refería Manuel Chaves: son todos los presidentes de las CCAA porque, nadie lo dude, las cuentas del Estado, las que nutren las inversiones y las políticas del Estado, se van a resentir ¡y de qué modo!, teniendo en cuenta, además, la desaparición paulatina, pero segura, de los fondos europeos de los que se ha beneficiado España durante los últimos cuatro lustros.

Los afiliados al PSOE que se quisieron enterar del texto del PE (hay muchos, quizá preocupados por su salud, que no se quieren enterar de estas cosas) se llevaron, casi sin excepción, un berrinche, sintiéndose engañados por sus supuestos conmilitones del PSC. Éstos, cuyos votos sirvieron para llevar a Rodríguez Zapatero a la Secretaría General, habían dicho en todos los foros internos, incluido el Comité Federal, que el PE que saldría del Parlamento catalán iba a ser plenamente constitucional. Lo cual resultó un fiasco, un engaño, una mentira, porque el PE no encajaba en la Constitución ni a martillazos. Y ahí empezó el segundo acto de esta comedia.


El PSOE anunció que en esas condiciones no podía apoyar el PE en las Cortes Generales, dando comienzo una segunda ronda de negociaciones, pero ya con el PE encima de la mesa y apoyado por el 90% del Parlamento catalán, incluido, claro está, el PSC.

Las condiciones en que se había colocado el Gobierno (o lo habían colocado), no eran precisamente las mejores. Porque, además de las dificultades posicionales, el Gobierno tenía –y tiene- prisa, consciente como es de la impopularidad que estos movimientos territoriales provocan en el resto de España que, por otro lado, no hacen sino reflejarse en las encuestas de opinión. Y fue aquel que había desatascado el PE en Cataluña quien apareció de nuevo a echarle una mano a Rodríguez Zapatero. Una noche (21 de enero de 2006) se anunció desde el despacho de este último que Artur Mas, en nombre de CiU, había llegado a un acuerdo con el Presidente del Gobierno para sacar adelante el PE en las Cortes Españolas.


Cuando esto escribo no son de dominio público los contenidos del citado acuerdo, pero algunos efectos políticos ya ha tenido y no sólo en el texto del Estatuto, sino en la posición de Esquerra Republicana, desairada en Madrid y socia del tripartito en Cataluña.

Para muchos, tan aficionados a los movimientos tácticos, el cambio de caballo en medio de la corriente, el pase negro a Esquerra Republicana y la mano tendida a CiU, la patada a Maragall en el trasero de Esquerra, es una habilidad del Presidente. Ya veremos en lo que acaba todo esto, pero de momento, Esquerra se ha lanzado a las calles de Barcelona en pro de la “autodeterminación” (“la capacidad de decidir” dicen ellos eufemísticamente, al modo de Ibarreche) y con bastante éxito. Se cumple así una vez más el papel al que está destinado el aprendiz de brujo: antes del inicio de este proceso estatutario apenas el 3% de los ciudadanos de Cataluña consideraban este asunto como un problema básico; hoy ese porcentaje ya se debe de haber multiplicado por diez. No sé si Rodríguez Zapatero conoce la vieja ley de Say, pero ésta se cumple siempre en política: la oferta crea su propia demanda. Pero aumentada, añado yo.


En 1932, durante la II República, se llegó a un acuerdo por el cual se creaba la Autonomía de Cataluña. Las viejas reivindicaciones catalanistas encontraban así un cauce jurídico en las nuevas instituciones republicanas. Aquel acuerdo no fue fácil, pero la flexibilidad de unos y la inteligencia de otros dio como resultado un Estatuto razonable en el que tanto tuvo que ver la sabiduría política de Manuel Azaña. Aquel Estatuto, que no tenía preámbulo y contenía tan solo 18 artículos, comenzaba así: “Artículo 1º. Cataluña se constituye en región autónoma dentro del Estado español, con arreglo a la Constitución de la República” y en su artículo segundo se leía: “Dentro del territorio catalán, los ciudadanos, cualquiera que sea su lengua materna, tendrán derecho a elegir el idioma oficial que prefieran en sus relaciones con los Tribunales, autoridades y funcionarios de todas clases, tanto de la Generalidad como de la República”. Más adelante (en su artículo 7º) aquel Estatuto, al tratar de la Universidad, exigía que ésta ofreciera “a las lenguas y las culturas castellana y catalana las garantías recíprocas de convivencia, en igualdad de derechos, para profesores y alumnos”.


¿Qué ha pasado en Cataluña desde entonces para que la que era región autónoma pretenda ahora ser nación y para que las lenguas maternas, tratadas entonces con exquisita igualdad, no puedan ser tratadas de igual forma ahora?

Desde luego que han pasado cosas, para empezar, una guerra civil que acabó con la República y después cuarenta años de dictadura durante los cuales y especialmente entre 1960 y 1975 muchos españoles de las más diversas procedencias se fueron a trabajar y a vivir en Cataluña. Acontecimientos, todos ellos que, a priori, no beneficiaban al nacionalismo catalán y, sin embargo, son las ideas nacionalistas –como acabamos de ver- quienes hoy priman abrumadoramente en el Parlamento de Cataluña... aunque no tanto en la ciudadanía.


Por ejemplo, una encuesta realizada en el arranque del proceso mostraba que no representaban ni el 20% de la población quienes creían que Cataluña es una nación. Estamos pues ante una gran confusión (por no usar otra palabra más sonora, aunque probablemente más precisa) en la representación política de quienes proviniendo del resto de España y residiendo en Cataluña es difícil pensar que lleven en sus corazones y en sus cabezas la reivindicación nacionalista.


Una confusión que proviene, en alguna medida, de la etapa franquista, porque la izquierda pensó, sinceramente y con razón -“Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía”-, que las instituciones autonómicas habían sido arrancadas miserablemente y por la fuerza. Pensó también que un modelo federal era bueno para España (¿y qué otra cosa es el sistema autonómico contenido en la Constitución de 1978?). Pero la deriva nacionalista que han tomado las cosas, a la que se ha sumado el PSC con sin par entusiasmo, es algo que no estaba en el guión inicial. Mas, sea como sea, la dolorosa verdad es que la izquierda no nacionalista -o si se quiere, no catalanista- se ha quedado sin voz pública. Para empezar, sin representación parlamentaria. Oigamos, a este propósito, lo que escribían dos socialistas catalanes, Ramón Marcos y Pedro Gómez Chamizo, al comienzo del presente proceso estatutario –y desde luego, no están solos en sus quejas-: “En Cataluña no es posible sostener públicamente una opinión contraria al catalanismo. La presión en el seno de la sociedad catalana, tras veinticinco años de normalització (control de la educación, monolingüismo catalán, control de los medios, desprestigio de todo lo español...), es enormemente eficaz y actúa como una barrera invisible. Durante años y de manera consciente y deliberada, los dirigentes políticos han llevado a cabo una estrategia de espiral de silencio, es decir, una acción política que consiste en influir en la opinión general de tal modo que les permita ganar el debate evitando que se produzca. Las causas de la lengua y la construcción nacional forman parte de esos temas tabú sobre los que no existe siquiera la posibilidad de mostrar el menor desacuerdo. A pesar de que el catalanismo supone anteponer lo propio a lo justo y definir lo propio desde criterios de identidad (lo cual lesiona el valor del pluralismo).


Esta limitación de derechos y del pluralismo es de una trascendencia que no acertamos a ver convenientemente valorada entre periodistas y políticos. Lo cierto es que en Cataluña se está avanzando hacia un modo de organización política que no garantiza el pluralismo y la igualdad de derechos. Utilizamos estos términos con plena conciencia de su gravedad, pero lo cierto es que describen con precisión lo que se está viviendo en Cataluña”.


Voces como éstas han sido acalladas dentro del PSC, pero también se han hecho oídos sordos a ellas por parte de la actual dirección del PSOE.


La transición dejó escritos en la Constitución dos textos que hoy tenemos buenas razones para lamentar. Me refiero al Título VIII de la Constitución y el disparate de haber incluido en ella una ley electoral completa. El Título VIII constituye una vía para cualquier ampliación estatutaria, apertura que quizá era necesaria en aquel momento, pero una brecha de esta naturaleza no puede permanecer abierta sine die. Por otro lado, el sistema electoral contenido en la Constitución, al primar la representación parlamentaria de las formaciones políticas que se presentan con fuerza, pero en pocas circunscripciones (es decir, a los nacionalistas), a menudo deja en sus manos la gobernabilidad del país. Lo cual constituye un disparate político de primera magnitud. Son estos fallos constitucionales los que han permitido, por un lado, una sobrerrepresentación de los nacionalistas en el Estado que es, a todas luces, injusta, pero también insostenible a largo plazo y, por otro, la reivindicación permanente de “más madera” estatutaria. Antes de iniciar cualquier proceso de cambio en el bloque constitucional (Constitución y/o Estatutos) un Gobierno responsable de sus obligaciones para con el Estado debería plantear el cierre del Título VIII y una nueva Ley electoral. Y si no, no se juega.


En este momento en que les hablo a ustedes ya está disponible el informe de la Ponencia Constitucional que prefigura lo que, al final, será aprobado en el Congreso de los Diputados. Los recortes a la ensoñación nacionalista que contenía el PE han sido notables, pero transformar el agua en vino no está entre las facultades del Parlamento Español y así, en lo tocante a las lenguas y “el derecho y el deber de conocer” el catalán queda tal cual estaba en el PE, es decir, abre la puerta a una más potente discriminación contra los castellanohablantes. En cualquier caso, el PE aprobado en el Parlamento catalán era inconstitucional hasta las cachas, así lo ha reconocido ahora todo el mundo. ¿Ésa es la lealtad institucional que ofrecen los partidos que lo votaron en Barcelona?

“El Estatuto aprobado en el Parlamento catalán es fruto de puros tacticismos. Maragall quiso presentarse más nacionalista que CiU y CiU más nacionalista que Esquerra”, ha dicho el señor Durán Lleida hace unos días.

Sea cual sea el texto que al final se pase a referéndum en Cataluña, conviene recordar que una cosa es que una ley quede dentro de la Constitución y otra muy distinta que esa ley sea buena, beneficiosa o conveniente. La Constitución no garantiza la bondad política o social de ningún texto legal; conviene enunciar estas obviedades en un momento, como el actual, en que reina la confusión.


Y ahora ¿qué va a pasar?

Nadie tiene la bola de cristal, yo tampoco, mas, a esta hora parece probable que tras un lavado de cara constitucional el Estatuto salga aprobado de las Cortes con el voto en contra del PP y la reticencia de ERC, pero esta formación, a la hora del referéndum en Cataluña hará de la necesidad virtud y llamará al voto positivo. Como todo adivino, me puedo equivocar, pero creo que ERC acabará por avenirse y se mantendrá en el redil maragalliano del tripartito. En caso contrario, si decidiera apoyar el no en el referéndum, para empezar, tendría que salir del Gobierno catalán y luego afrontar el resultado que, muy probablemente, sería contrario al Estatuto, pues el no se nutriría de fuentes variopintas, pero muy numerosas.


En cualquier caso, el Estatuto, como Ley orgánica, acabará recurrido en buena parte ante el TC. Éste, el TC, tendrá que dictar sentencia después de un referéndum si el resultado es positivo (si el resultado del referéndum fuera negativo, el Estatuto decaería), lo cual coloca al TC en una situación, digamos, más que incómoda.


Pero esto forma parte de la coyuntura inmediata, porque después, por esta senda vendrán los demás estatutos, que dejarán al Estado con la cuerda del salchichón y poco más entre las manos. Todo ello, naturalmente, liderado por unas sobrevenidas clases políticas regionales cuya voracidad está bastante más demostrada que su eficiencia... y a esperar el próximo asalto.

Quienes desde sus responsabilidades en el Gobierno de España impulsaron, en nombre de la España plural, este proceso territorial quizá pensaron que la solución de los conflictos se consigue a base de proponer diálogos incluyentes o, en otras palabras, es posible que se decantaran por este proceso pensando en alcanzar un marco político en el cual lo nacionalistas se sintieran cómodos. Pero la palabra “comodidad” es incompatible con la existencia misma del nacionalismo, cuyo oxígeno y cuyas proteínas sólo provienen de la incomodidad. La incomodidad que ellos predican de sí mismos y la incomodidad que provocan en el prójimo. Pretender que los nacionalistas se sientan cómodos es, simplemente, tan irrealizable como construir un jardín sin flores.


Quienes han hecho de “cándidos” en esta historia quizá se nieguen a asumir el papel de aprendiz de brujo, pero ha sido ése el papel que han jugado. Los analistas sociales lo saben desde hace tiempo; lo llaman “privación relativa” y es fácil de ilustrar con ejemplos como éste: ahora hay muchos más catalanes convencidos de que se les ha privado de algo que antes de iniciarse el proceso estatutario.

Cuando se estaba discutiendo el Estatuto de Cataluña en las Cortes Republicanas intervino en el debate José Ortega y Gasset, que era entonces diputado, y dijo, entre otras muchas cosas, que debíamos acostumbrarnos a convivir con los nacionalistas. Algunos han debido interpretar aquellas palabras del filósofo de manera torcida, entendiendo que la mejor manera de “convivir” es dándole la razón al de enfrente. Pero no es así. La única manera de convivir es expresando y defendiendo las propias convicciones... si es que se tienen, claro está.


13 de mayo de 2.006

“El pragmatismo, desde un punto de vista político, es una doctrina ambigua para los países hipócritas. Es un escudo para los apetitos inconfesables. Así, un país pragmatista puede ser imperialista para fuera y liberal para dentro, monárquico par unas cosas y republicano para otras, religioso oficialmente e incrédulo en la vida privada. El pragmatismo se ha injertado en una doctrina política: en el nacionalismo.

El nacionalismo tiene dos caras: una es la cara antigua: campesina, dogmática y reaccionaria; otra es la cara moderna: progresiva y ciudadana. A pesar de esta divergencia de las dos ramas nacionalistas, hay en una y otra los mismos o parecidos dogmas.

El primero de los dogmas nacionalistas es la raza. La raza indudablemente es algo, pero como muchos de los conceptos biológicos cuando se le quiere encerrar bien en límites claros y precisos se escapa (…) Hoy en la raza como dirección fija, manifiesta, apenas se cree. Ese elemento misterioso y fatal, que parecía una divinidad antigua, ha perdido toda su garantía, y naturalmente, la psicología basada en ese concepto se ha venido abajo. No hay razas puras entre los hombres, todas están mezcladas, no se sabe siquiera cual es el tipo étnico de cada raza, mucho menos cual es su tipo espiritual. Hoy no se puede asegurar que existan tipos iberos, celtas, germanos, semitas o vascos. Hablar de razas islas es un absurdo. Mucho menos se puede adscribir a cada tipo una psicología especial. Sobre la idea de la pureza de la raza y su correspondencia con el idioma no se puede basar nada que tenga valor.

El nacionalismo vasco quiere basarse sobre la idea de la raza, así de endeble y de raquítico. Es una teoría de chapelchiquis. El que no tiene los cuatro apellidos vascos no es vascongado, según nuestros nacionalistas. Ya podemos los que no estamos en ese caso preparar la maleta para el momento en que triunfen los bizkairritas. Lo extraño es que uno de los primeros que tendrá que largarse del país será uno de los jefes bizkairritas: El Sr. Sota.

Los nacionalistas catalanes, más enterados que los vascongados y más cucos. No han hecho hincapié en esta idea de la raza: aquellos datos de los índices cefálicos del doctor Robert los abandonaron como una fantasía sin valor, y han ido a afirmar la nación a la manera que la afirmaba Renan, como un todo espiritual, con una idea, con un lenguaje y con una dirección.

Otros sostenes además de la raza tiene el nacionalismo, la religión, el idioma, la cultura, la historia, la simpatía y la antipatía y, por último, el interés..

De todos estos factores del nacionalismo, para mí en el catalanismo y en el vasquismo influyen, más que nada, la vanidad, la antipatía y el interés.

El catalán tiene una vanidad vidriosa y le molesta y le irrita ser de un país, como España, que no figura hoy en el mundo. Ahí está el caso de la guerra actual. España no ha figurado, no ha tomado parte en el conflicto; los catalanes no podrán estar entre los aliados entre músicas, banderas y colgaduras. Esto le entristece al catalán, y ha llegado a creer que el resto de los españoles tiene la culpa, porque se acomodan a vivir sin brillo y sin fanfarria. El catalán quiere ser interesante a toda costa. Así ha dicho Cambó: “Cataluña es el país más realista y menos romántico del mundo”. En el fondo, es la vanidad, que yo no digo que no tenga sus cosas buenas.

Por un extraño contraste, el catalán, que tiene más apetito de gloria que el castellano, no tiene una tradición gloriosa como éste, sobre todo para el resto del mundo.

Para el extranjero, España es el Cid, es Don Juan, es el Quijote, es la Vida es sueño, son los cuadros de Velásquez y de Goya, es la conquista de América, son los chapelaundis del Bidasoa. Y en todo esto los catalanes han colaborado poco. Es decir, que en representación de la España gloriosa está, principalmente en Castilla.

Castilla y las provincias unidas a ella tuvieron la suerte en el pasado de producir sus hombres más ilustres y de realizar sus más altas empresas en el momento en que la luz del mundo se dirigía muy principalmente a ellas.

De ahí la acritud, la amargura de los catalanes al verse excluidos de unos hechos históricos definitivos e irremediables, y al comprobar que esos hechos deslucen los intentos modernos. Esta es para mí la razón principal de que los catalanes no tengan amor por España. Se me dirá que la mayoría de los españoles tampoco tiene amor por Cataluña. Cierto. Esperar que unas regiones se amen unas a otras, que unos individuos tengan cariño por otros, es una utopía (….)

Por lo menos, la concordia en la paz bien claramente se ve que no la sabemos conservar. Si se llega a establecer la autonomía de Cataluña a disgusto de los demás españoles, es de temer que éstos vayan hasta la ruina con tal de perjudicar a los catalanes, y los catalanes, a pesar de ser comerciantes y prácticos, harán cualquier absurdo para mortificar a los castellanos.

Es así la raza: Fácil para la saña, para la venganza, como es también fácil para el entusiasmo y la cordialidad.

¡Que obra la de los catalanistas y bizkairritas! ¡Excitar el odio inter-regional, fomentar el kabilismo español ya dormido! ¡Que pobreza! ¡Que miseria moral! ¡Qué fondo de plebeyez se necesita para emprender esa obra!

(…)Respecto a la cuestión del idioma, hay muchas preocupaciones que no tienen ningún valor. Ni en Cataluña ni en el país vasco se ha opuesto nunca a nadie a que se hable y se escriba el idioma regional. Sin embargo, los nacionalistas catalanes y vascos creen que tienen grandes agravios que vengar, y uno de ellos es que los españoles llamen a sus idiomas dialectos. La cosa no tiene importancia ninguna y en esto no se debate más que una cuestión de palabras. El dialecto, desde un punto de vista filológico, es la forma popular y especial de un idioma que no varía esencialmente la gramática.

Pero muchos creen que el dialecto es una lengua que no es nacional y por eso suponen que el catalán, el gallego y hasta el vasco son dialectos. Respecto al posible empleo de los idiomas regionales en la vida moderna, no cabe duda que el más impropio para las necesidades actuales es el vascuence, porque representa una mentalidad tan arcaica que es imposible amoldarla a la vida actual. Por eso retrocede, no porque nadie le haga la guerra, sino porque no sirve para la vida moderna.

Esto no creo que deba entristecernos; tampoco el hacha de piedra del período paleolítico sirve como un cuchillo de cocina. El hacha de piedra se guarda en el museo, el cuchillo de cocina se emplea para usos domésticos.

(…) Alguna persona con sentido crítico me dirá: Estas razones que usted aduce pueden ser buenas o por lo menos discutibles, ¿pero, que valor tendrán si el sufragio general se decide por una fórmula nacionalista? Yo aún así pienso que una razón puede ser una razón aunque no la acepte nadie.

Todas estas vagas razones, la mayoría muy oscuras, se traducen en que los vascongados quieren fueros y autonomía. Para mí no vale la pena que un pueblo sea autónomo si no tiene que mostrar al mundo algo que le enseñe, que le interese o que le conmueva. A mí no me importa nada que existe o que no exista la República de Andorra.

Todo lo que no sea en algún sentido universal no tiene razón de ser.”

Extracto de la conferencia Momentum Catastrophicum de Pío Baroja.
28 de Diciembre de 1918.

 

22 de abril de 2.006

"Yo acuso"
Serafín Fanjul

En estos días se presenta en Madrid el libro "Yo acuso" de la somalí Ayaan Hirsi Ali. El
dramatismo del título viene avalado por un conjunto de circunstancias trágicas que
rodean la vida de la autora en los últimos años. No es un capricho ni busca como
objetivo una publicidad fácil provocada por una frase efectista. En verdad, Ayaan está
cargada de razón para acusar a su religión, su cultura y su sociedad de origen por el
nefasto peso que en su vida han tenido. La viejísima antinomia entre derechos
individuales y colectivos, agravada por otra oposición no menos lamentable y, sin
embargo, frecuente: civilización y barbarie. Sucintamente, los motivos de la joven para
ejercer de fiscal son: mutilada de clítoris, fugitiva de su país y su gente para no verse
casada a la fuerza y amenazada de muerte por haber colaborado con Theo Van Gogh
en la producción del film que costó la vida al cineasta. Amén de que sus posturas de
independencia y crítica racional frente al islam la hacen acreedora de una condena a
muerte, máxime tratándose de una mujer. Igual que otras personas de la misma
extracción y trayectoria, tiene vetado y vedado el retorno a su tierra so pena de la vida.
Pero Ayaan no se limita a denunciar el salvajismo que mutiló su cuerpo o la sumisión
(islam) con que pretendieron someterla desde niña. Su grito va mucho más lejos y
resuena muy cerca de nosotros, entre tanto multiculturalista frívolo prendido de
elucubraciones en el vacío mientras se desentiende de la muy dramática realidad
vivida por esos seres humanos a quienes, desde esta Europa tan cómoda, se condena
al gozo de disfrutar su cultura primigenia. Una cultura de la cual sólo han obtenido
horribles tragedias personales, desde el aplastamiento de derechos elementales, ya
en la infancia, hasta el riesgo de ejecución brutal y sumaria por un mínimo desliz
sexual, con la posibilidad casi segura de arrastrar una existencia reprimida y oscura,
descalza en un patio encalado muy bonito –¡qué festín esteticista para
postmodernos!–, abrumada de niños y soplando en un fogón de leña.
Todo pintoresco, folklórico, étnico: la progre de Chamberí tira unas fotos, no entiende
nada y retoma el avión para regresar a la lánguida movida y, entre cubata y cubata,
enseñar las placas probatorias del verdadero valor de las culturas auténticas, pujantes
y vitales a pesar del colonialismo, el imperialismo y el eurocentrismo. ¿Se preguntará
la otra, la que se queda escarbando en la cernada, qué rayos tiene que ver el
imperialismo americano con que a ella puedan matarla a pedradas por dar un paso
más largo que otro? A esa pregunta responde Ayaan y, si nuestra progresía
conservase un adarme de honradez –hipótesis absurda, lo reconozco–, enmudecería
abochornada. "La izquierda en Occidente tiene una marcada tendencia a culparse a sí
misma y a considerar al resto del mundo como víctima –a los musulmanes, por
ejemplo–, y las víctimas, a la postre, dan lástima, buenas personas que estrechamos
en nuestro pecho (…) son críticos con las mayorías autóctonas en los países
occidentales, pero no con las minorías islámicas: la crítica al mundo islámico, a
Palestina y a las minorías islámicas se considera islamófoba y xenófoba. Lo que estos
relativistas culturales no ven es que, al mantener temerosamente al margen de toda
crítica a las culturas no occidentales, encierran al mismo tiempo a los representantes
de aquellas culturas en su atraso. Detrás de todo ello están las intenciones más
dispares, pero ya sabemos que el camino al infierno está pavimentado de los mejores
propósitos. Se trata de racismo en su acepción más pura."
¡Olé! Ayaan enuncia con claridad meridiana algo de lo que estoy seguro desde hace
tiempo: quienes por acá se apuntan entusiasmados al multiculturalismo no lo hacen
meramente por pánico, frivolidad o ignorancia –que también– sino porque, en el fondo,
siguen considerando, a través del paternalismo con que creen proteger al "Tercer
Mundo", que se trata de gentes tan distintas a ellos mismos que no pueden recibir un
trato igualitario en derechos y deberes; es decir, inferiores mentales disfrazados con
un barniz de folklore. Y convengamos en que el relativismo multicultural viene al pelo
en el empeño.
Ayaan, muy a su pesar, se suma al minúsculo grupito de musulmanes de origen,
sobrevivientes a base de valor y desarraigo, refugiados en Europa y EEUU por ser
impensable la mera idea de residir en sus países, junto a la tunecina Kalthoum
Meziou, la siria Wafá Sultán, el también sirio Bassam Tibi o el anónimo paquistaní
autor del libro "Por qué no soy musulmán". Componen una pequeña muestra del
sufrimiento que el islam engendra en quienes no están dispuestos a padecer sus
consecuencias, aun debiendo sobreponerse y sacar la cabeza del agujero mediante
un doloroso proceso personal de extrañamiento y exilio, de lucha consigo mismos y
con sus allegados y, por supuesto, arrostrando el peligro físico de ser asesinados por
apóstatas.
Muertos a manos de fanáticos enloquecidos por la ignorancia y el odio a los disidentes
inculcado desde niños, o fugitivos eternos como Salmán Rushdie, aunque siempre es
preferible bandearse entre fugas que terminar como el periodista egipcio Farag Foda o
el traductor japonés de Mahfuz; o como el mismísimo y flamante Premio Nobel,
plegado tras el susto a las impertinencias del gran jeque de la mezquita de al-Azhar en
El Cairo. Y, por cierto, dicho sea de paso: no sé qué encuentran de pecaminoso y
ofensivo en la plúmbea y relamidísima novela "Hijos de nuestro barrio", causa de la
fatwa contra Mahfuz y libro que, hasta la fecha, no se ha podido editar en Egipto. Y ya
van cincuenta años desde su aparición en Líbano.
Ayaan Hirsi da ejemplo y, sin parar mientes en ello, abunda en el refrán egipcio: "frente
a todo ojo censor se alza acusador un dedo". Suma y sigue.

(fuente: Libertad Digital)

 

8 de abril de 2.006

 

Historia de una aberración


Desde que ETA nació en la década de los 50 hasta este «alto el fuego permanente», la historia de la banda es la de la «enfermedad moral» que ha producido en el País Vasco y fuera de él
POR GERMÁN YANKE PERIODISTA Y ESCRITOR


La década de los 50 no fue fácil para el PNV y sus dos «almas» —en el PNV todo tiene ese pretendido carácter «espiritual» y lo que en otros partidos son sectores, en él se presentan como almas»— disputan sobre la estrategia. Para algunos, sobre todo jóvenes estudiantes, la dirección estaba paralizada y acomodada. En 1952 nace en su seno el colectivo EKIN y a finales de 1958 (oficialmente el 31 de julio de 1959, día de San Ignacio de Loyola) nace Euskadi Ta Askatasuna y el acróstico ETA de tan larga y desgraciada memoria.
Sus fundadores eran jóvenes, burgueses y dominados por una concepción étnica y lingüística. El euskera es uno de los pilares de su ideología y el etnicismo les parece una versión moderna de las raíces racistas de sus antecesores en el nacionalismo vasco. La formulación antiespañola impregna todos sus fundamentos aunque el principio de territorialidad es desde el comienzo un recurso retórico para incluir en la futura Euskadi independiente a las regiones vascas del sur de Francia.
La primera diferencia con el PNV es la acción, que es lo que sus fundadores echan en falta: «rama de acción» se denomina (hasta 1962, año en que se convierte en «rama militar») uno de los elementos de su organización. Y la acción política y estudiantil, las pintadas, los panfletos y la colocación de ikurriñas se complementa pronto con la violencia. Ya a finales de 1959 aparecen las primeras bombas, pequeños artefactos colocados en sedes de organismos públicos, y en 1961 pretende infructuosamente descarrilar un tren que llevaba a San Sebastián a un grupo de franquistas que querían celebrar el aniversario del 18 de julio. Entre una cosa y otra se discute si la bomba que estalló en 1960 en la estación donostiarra de Amara, que causó la muerte de la niña Begoña Arroz, es o no el primer atentado mortal de la banda.
De «rama de acción» a «rama militar»
El cambio de «rama de acción» por «rama militar» se lleva a cabo en la I Asamblea de ETA en un monasterio del País Vasco francés. ETA no quiere colaborar con otras organizaciones del nacionalismo vasco y se define como una «organización clandestina revolucionaria» que acepta, para conseguir la independencia, la «lucha armada». Pero todavía mantiene los rasgos paradójicos de su procedencia. Algunos de sus primeros presos en la cárcel de Martutene cuentan, por ejemplo, las preocupaciones de aquellos militantes de ETA acerca de si la decisión de permanecer en las celdas permitía no ir a la misa del domingo o si la huelga de hambre quedaba o no rota si se comulgaba.
La historia de ETA es, en definitiva, la de los vaivenes del totalitarismo étnico y la de la paulatina inclusión —y ratificación— de la violencia terrorista en la propia ideología de la banda, para la que no ha sido un instrumento, sino un elemento fundamental de su razón de ser. Entraba dentro de la lógica, por tanto, que, de una parte, se deglutieran las doctrinas de los movimientos revolucionarios más antidemocráticos de la época y que, en menos de un decenio desde su fundación, llegaran los asesinatos terroristas. A mediados de los 60, la V Asamblea de ETA teoriza sobre el «nacionalismo revolucionario» y concibe al País Vasco como una «nación ocupada» que debe ser «descolonizada» mediante la violencia. Era un paso más el recorrido de las asambleas que ya había pasado, en 1963 con motivo de la tercera, por el concepto de la «insurrección» y por la influencia de la independencia argelina y la revolución cubana. El terror y la muerte se asentaban en el entramado doctrinario de la banda.
La leyenda de Etxebarrieta
Y poco después, en junio de 1968, Txabi Etxebarrieta dispara por la espalda al guardia civil José Jardines y es abatido durante la persecución policial en Tolosa (Guipúzcoa). Etxebarrieta se ha convertido desde entonces en un icono de la banda, presentado como el más intelectual de sus terroristas y como un buen poeta. Esto último es una exageración sin fundamento; lo primero responde a una mera comparación con sus compañeros. Pero la leyenda de que, tras asesinar, no hizo quizá todo lo posible para salvar la vida en la persecución, vale de símbolo para otro punto de inflexión en la historia de la banda: se irán abandonando —al menos como organización— los prejuicios sobre el terrorismo y sus causas hasta convertirlas en terreno abonado para la ya teorizada estrategia «acción-represión-acción».
Dos meses después, ETA asesinaba al policía Melitón Manzanas, un objetivo elegido —ante los sectores más concienciados del nacionalismo— por la crueldad de su trayectoria y —ante la situación política que les interesaba propiciar— por la reacción previsible del Gobierno. No fue otra que el estado de excepción, la represión creciente y el aumento de detenciones. Dieciséis miembros de la banda serán juzgados en Burgos en diciembre de 1970 en un ambiente de elevada tensión: el secuestro del cónsul alemán Beihl en San Sebastián, manifestaciones, actos de protesta y solidaridad con los detenidos y juzgados, represión indiscriminada y, como se vio entonces y se ha demostrado después, un proceso en el que —aunque varios de ellos reconocieron su pertenencia a ETA— no se respetaron las mínimas garantías. La dictadura se iba descomponiendo, pero seguía siendo una dictadura.
Resulta tan plausible como asombroso que todo ello condujera a la solidaridad con la banda terrorista de muchos sectores de la oposición política al franquismo más allá de las exigencias de justicia y garantías procesales, o de la oposición a la pena de muerte que se impuso a seis de los condenados. Mario Onaindía, uno de ellos, reconoció después, con sinceridad y arrepentimiento que le honran, que él, en ETA, estuvo contra el franquismo pero nunca a favor de la libertad. Pero en aquel tiempo muchos de los demócratas de los que se podía esperar que distinguieran entre antifranquismo y defensa de la libertad, no lo hicieron. Y en ese caldo de cultivo la banda obtuvo apoyos y pudo reorganizarse con un aluvión de nuevas incorporaciones juveniles.
La aceleración de la actividad violenta, el aumento de bombas y atracos debe entenderse, como ha explicado Florencio Domínguez —uno de los periodistas que mejor y más extensamente conoce la historia y la intrahistoria de ETA—, por la constatación de la eficacia del fenómeno como elemento desestabilizador, sobre todo ante la ceguera del franquismo. La teorización sobre el nacionalismo y la revolución, el cálculo en los medios como desideratum de esa reflexión, quedan al margen de esa nueva generación de dirigentes encabezada entonces por Eustaquio Mendizábal, alias Txikia. ETA se escinde en dos grupos que, tras las siglas, llevarán la mención a la V y a la VI Asamblea de la banda.
Mendizábal dirigió e impulsó el incremento de la violencia. Lo dirigió —bombas, comienzo de los secuestros para obtener rescates...— hasta morir en un tiroteo con la Policía en 1973 y lo impulsó más allá de su muerte. Ese mismo año, en diciembre, ETA asesina al presidente del Gobierno español, el almirante Carrero, en un atentado espectacular que parecía imposible para una organización como ella. Y llegaría la masacre de la madrileña cafetería Rolando, en 1974, con doce muertos y ochenta heridos. Y el aumento de los asesinatos en esos años finales del franquismo y en los primeros de la Transición.
Volverán entonces las escisiones que, más que un carácter ideológico o moral sobre el uso de la violencia, respondían a cuestiones estratégicas sobre el modo de acomodarse más eficazmente a las condiciones cambiantes en España. La historia de ETA está plagada de una indignante falta de reflexión sobre la inmoralidad del terrorismo, hasta el punto de que son muchos los ex miembros de la banda que, a diferencia de lo ya señalado en el caso de Mario Onaindía, han sostenido, por resumir, la existencia de una «ETA buena» (pretérita, en la que ellos militaban) y una «ETA mala» (actual, es decir, la del momento en que se formula el juicio). Y también de escisiones estratégicas que han ido dejando fuera, e impidiendo una evolución hacia la disolución, a quienes consideraban que los objetivos de la banda devenían a la postre imposibles.
La primera escisión, en el tardofranquismo, la de ETA militar y ETA político-militar, en la que el rasgo distintivo más importante era la separación entre las acciones armadas y las acciones de masas que defendían los primeros (siempre, naturalmente, bajo el control de los que detentaban las pistolas) y la unión de todas ellas en una misma organización. Después, la aparición, en 1978, de los Comandos Autónomos Anticapitalistas. Un año antes, los comandos especiales, los «bereziak» de ETA-pm que se pasaron a la ETA-m que dirigía José Miguel Beñarán, alias Argala. Esta última, para oponerse a la intención de crear un partido, opción que defendía Eduardo Moreno, alias Pertur, y quien, como se sabe, le costó la vida.
Adolfo Suárez, y con él tantos otros, tuvieron la esperanza de que los cambios que querían propiciar para el advenimiento de un sistema democrático podrían hacer desistir a ETA. En 1976, el jefe de los servicios de información en el País Vasco, Ángel Ugarte, se reunió en Ginebra con dirigentes, primero de una rama y luego de las dos. No dio resultado. Coincidiendo con las elecciones de 1977 se decretó una amnistía y se terminó por expulsar de España a los pocos presos que quedaban, con la prohibición de volver a España, que se incumplió de inmediato. Lo que ocurrió, sin embargo, es que los ataques terroristas se multiplicaron y se intensificaron. Nunca estuvo entre sus objetivos ni la democracia, que se iba consolidando en España, ni las libertades, sino que siempre actuó para lograr la instauración de sus propósitos totalitarios en un País Vasco independiente. Si era imposible la rebelión de los ciudadanos vascos, se pretendía desde entonces —y con qué formas de barbarie— la consecución de la negociación con el Estado de la llamada «Alternativa KAS».
Los GAL «refuerzan» a ETA
Se trataba, en definitiva, que a base de un terrorismo siempre en aumento la sociedad y las instituciones se inclinaran hacia el convencimiento de que había que terminar con aquello «como sea». Algunos datos en un ambiente de atentados constantes e indiscriminados: 12 guardias civiles asesinados en Madrid en 1986, 21 muertos y 45 heridos en el centro Hipercor de Barcelona en 1987, 11 muertos más y 40 heridos ese mismo año en la casa cuartel de Zaragoza. Ya no son sólo los miembros del Ejército y de las Fuerzas de Seguridad los objetivos, que se amplían a los políticos, los empresarios, los periodistas, etcétera. Si aumentaba la presión de la lucha antiterrorista se trataba de responder con una violencia más intensa. Y ya antes de los hitos del terrorismo de ETA en la década de los ochenta citados, no puede olvidarse que la tensión creada por la banda estuvo presente en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Y para que a los «desertores» (a los arrepentidos que trataban de reinsertarse) se enteraran del precio de su desistimiento, en septiembre de 1986 es asesinada Dolores Catarain, Yoyes, mientras paseaba con su hija.
Al final de esa década los partidos políticos comienzan a reaccionar buscando acuerdos para la unidad contra el terrorismo de ETA (Pactos de Madrid primero, de Ajuria Enea después y de Navarra más tarde, todos ellos suscritos entre1987 y 1988. Pero antes se habían vuelto a dar muestras de garrafales errores —gravem