TERESA SOLANO


 

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           PIEL SOLAR

                                  

            Afable piel   

              cáscara que anuncia la rugosidad de una corteza,

              una sobre otra,

              mientras vuelan semillas aladas

              torpes y amarillas,

              que difunden en su envés

              el temblor que les transmite el aire.

             

              huele a madre,

              a higuera madre entre los arcos de la plaza

              donde la verde bonanza de un sueño sin palabras

              entrelaza horas,

              o tañe campanas.

              Panes y caricias dispensa,

              y el sol que se oculta sereno,

              detrás de un campanario,

              inventa fulgores irreales.

 

 


 

PAUSA EN UNA ZONA INDETERMINADA

Ahora sí, eres tú.

Restableces la mirada y te aproximas
despacio, muy despacio,

Te acercas a lo que significan
los reflejos del sol sobre el trapecio.
estiras la mirada
de testigo directo,
que no se atreve a recortar una realidad
deliberadamente contenida, en el fuego de marzo,
su inclinación revolucionaria.
(Se apoyan unas en otras:
se convierten en una especie de voladuras
que contribuyen a intensificar la atmósfera,
sus interioridades).
Sobre el humus del último bosque hay
ojos que aguardan ser olvidados.
 


 

    MONOTONÍA DEL TACTO

Ayer todo.

Hoy nada, o muy poco,
el viento trae consigo esta lluvia.

Nada que no sea mensurable.
Un almanaque
de recuerdos que has logrado convocar, envilecido,
en lo magnético y lo geométrico
del pequeño jardín,
bien medido, bien rimado.
(Cada teoría tiene
su arquetipo,
al que presta su justa encarnadura la fatiga,
la ebriedad, el terciopelo de algunas rosas).
Todo por abandonarse
a la deriva de los elementos,
al índice de la lanza,
sin ningún reparo ocasional,
con fiebre, con ansia de gloria.
Tu ebriedad
es tu música, tu adjetivo.
Los porcentajes vienen a tener un fin idéntico:
confesar el horror
ante los intersticios del ser,
los flacos hemistiquios de la memoria
y las gotas.
Juegas
a dejarte libre.
Ellas te van conduciendo.
 

 


     PAISAJE PARA GARGANTA Y CUERDA

No pegas ojo,
ni te internas en galerías
de lunáticos minotauros.
La vista reposa en los planos de color
como en los tramos vacíos de una escalera,
y se reúne, con las demás flores en el jardín,

hilo inútil,
hilo necesario para unas puntadas.
Son figuras de agua
que se devanan en superficies de azogue,

o cristales irregulares.

Hermosas, resplandecientes,
como una gata en una covachuela.
Y al fin, la voz,
dejándose envolver en la ligereza de la luz,
herencia de párpados inicuos
y brumosas noticias de última hora.

 


 

                                              Rumores

                                  

              Un lamento sombrío,   

              llanto sin lágrimas,

              o un quejido que se aleja en la calle solitaria.

              La voz, o el rumor de voces, me atraen.

              Pero más tarde,

              cuando se apartan,

              dejan la pared desnuda,

              pletórica de pureza,

              casi virginal. 

 

              La sombra de ella,

              que aún ocupa el sitio de la luz

              permanece,

              adueñándose de la mañana.

              Y en el atardecer,

              me invade una inquietud excitante,

              premonitoria del impulso cercano,

              que he de sentir, de nuevo,

              que me envuelve y zarandea. 

 

              Las sombras, porque son sombras

              de no sé quién, de no sé qué,

              extienden su tapiz irregular sobre el lienzo blanco

              y luego llega la noche que todo lo nivela,

              la imagen, los rasgos de ella,

              el último adiós con la mirada.

 

              Sí, fue sólo con los ojos,

              silueta de penumbra adormecida. 

 

              Después, al despertar

              una mirada sobre el horizonte

              sonrisa eterna de la mañana,

              cabellos, lentitud,

              una mano que se posa sobre la mía.             

 

              Sobre la madera se balancea el mar

              cristalino, utópico,

              ese mar no existe,

              todo este remanso es imposible.

              La barca solitaria se mece en la brisa,

              sujeta con un cabo, casi libre

              como la gaviota que lo sobrevuela todo.

 

              El arpón herrumbroso descansa

              porque hay otras aventuras infinitas que le desdeñan

              óxido que aguarda su destino,

              futuro sin brillo.

 

              Ese futuro,

              en algo se me asemeja.