Marina Soria


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RETIRADA

 

 

Huid del rumor,

y del apretado tumulto

de gentes,

de silbatos o voces

que nos sobresaltan

 

Enrollad la cuerda tensa,

y las lágrimas amargas.

Derramad gotas de sudor,

o cansancio,

será la última vez.

 

Retirad las manos del arma

mientras yo misma,

cierro las ventanas,

atranco las puertas,

espanto a las sombras de la noche.

 

Corred,

corred cuesta arriba,

como ese torrente

que no adivina su flujo natural,

o como el viento joven.

 

Calzaros las botas,

llenad macutos y botellas,

y que las estrellas os guíen. 

 

El camino es largo. 

 

 

 


 

                                             LATIDO DE SUEÑOS

 

                                 

               Toda una vida, toda,

              yace en mi mano.   

              Línea rampante y oscura,

              rayas que no me dicen nada

              en la fría noche de invierno.

              O en las tardes infrecuentes

              cuando divido en trazo cierto

              la insistente pureza del azul intacto,

              una carta de despedida.

 

              Pájaros, luces, abalorios

              mínima tibieza marrón,

              breve latido de sueños,

              o de vida en el alambre. 

 

              Ahora soy del sol, toda,

              descreída en las palabras,

              corazón de arena.

              Báscula que pesa azares. 

 

              Más allá brota una palabra,

              sólo una, guirnalda entre sinsabores.

              El nombre, tú nombre,

              Languidece, y espera ser pronunciado.

 


 

UN RECUERDO

 

     Al principio, te habías ido hace poco, llegué a verte en la calle, algunos días cuando miraba distraída por la ventana. Te llegué a descubrir mezclado entre la gente y sentí un vuelco repentino en el corazón. La sorpresa de quedar un instante en suspenso, hasta comprobar que no eras realmente tú, sino alguien que se te parecía en la silueta, en un gesto. Sólo era eso, una pequeña coincidencia.
Tengo pocas fotos tuyas por la casa. Tal vez porque prefiero verte sólo cuando cierro los ojos, cuando sueño, cuando realmente quiero verte. Me gusta más la imagen presentida, la que yo he ido hilando en mi recuerdo, lentamente, a base de retazos que se engarzan como pequeñas piezas de un mosaico sobre el tapiz de mis primeros años.
Tú nunca fuiste muy locuaz. Acaso no sabías manejarte adecuadamente con las palabras, preferías los gestos. Aun así, me dejaste una rica herencia. No me acuerdo si me enseñaste a andar, tal vez el primer hito de toda vida, pero estuviste siempre a mi lado con tu índice enhiesto, indicando siempre el norte como una brújula bien imantada, al señalar las palabras en mis primeras cartillas. Tú me enseñaste a leer y con ello abriste ante mí un mundo infinito, que aún hoy me sigue asombrando.
Años más tarde, con paciencia, me enseñaste latín, y geografía, con la austeridad y la disciplina con que te habían marcado para siempre los años de seminario. Muchos dudarán de la utilidad de esos conocimientos. Yo tampoco sabría explicarlo, pero intuyo que los acusativos y los genitivos, las estadísticas de población, los ríos y las capitales del mundo abonaron una tierra virgen, la prepararon para aprender a discernir, y para amar el poder de la palabra. Y cuando hoy en día, en los concursos televisivos minoritarios, único foro en el que esta clase de erudición resulta rentable, se mencionan como anacronismos las Guerras de las Galias, el río Volga, o el Vesubio en el fondo de mis entrañas siento una emoción inconfesable, que con nadie puedo compartir, pero no me importa guardarla para mí sola, de la misma manera que sólo te veo cuando cierro los ojos.
Acababa de cumplir los 18 cuando me enseñaste a conducir con el Seiscientos,  nunca hubo un grito en tus labios, a pesar de mis torpezas tan femeninas, ni siquiera cuando le dimos por detrás a aquel coche que estaba parado con su dueño dentro, sentado al volante. Sólo un gesto de resignación y una palabra de aliento: "Venga, continúa". Cuántas veces ahora, cuando me veo a mí misma conducir con cierta soltura, me acuerdo de aquellos primeros tropezones y se me empaña la vista. Cierro los ojos y entonces te veo. Te veo cuando quiero verte.
Pero el recuerdo más cálido que guardo de ti es aquella pregunta que sólo tú fuiste capaz de hacerme siendo yo recién casada: "¿Eres feliz?" Te respondí que sí. Me mirabas y asentiste en silencio, como si te quedases tranquilo, en paz.
No sé si estos años sin ti me han hecho olvidar cómo fuiste realmente. No sé si te he inventado. Lo cierto es que sólo te veo cuando cierro los ojos, papá, y tu imagen sosegada y apacible me conmueve y te echo de menos.

 

                   


     

Hace tiempo

 

 

Hace tiempo, demasiado tal vez,

bebí los versos de la madera.

Un árabe viejo me enseñó

a fundirlos con el alma.

 

Hace tiempo, horas infinitas,

toqué el cielo con las manos.

Un oriental me explicó

donde habitan las estrellas.

 

Hace tiempo, ya no recuerdo,

bajé a la tierra,

escribía versos en la memoria,

empapaba una pluma fina

en la lluvia y en los mares.

Y escribía versos

           

        


   

adiós

 

 

Las estrellas sin luz caían en el bosque, oscuro y frío.

Los pájaros sin voz se escondían en los árboles, grises y desnudos.

El hombre sin rostro se hundía en el barro, negro y pegajoso.

porque, a veces, los hombre no tiene rostro,

sólo exhiben una careta.

Su corazón deshecho se rompía pensando en el amargo invierno que,

poco a poco, destrozó sus cultivos, sus ánimos, casi su vida.

Ya no le quedaba nada para alimentar a sus hijos,

para aliviar la tristeza de esos ojos perdidos,

el dolor de esos estómagos vacíos.

Lodo, fango, espanto, dolor, horror...

no pudo reprimir el llanto que corrió, desesperado,

por los surcos de su cuello arrugado.

 

Seguiría siempre igual, ninguna puerta se abriría,

el destino era una farsa y ellos las marionetas de una triste historia,

una historia oscura y fría,

el calor nunca alumbraría sus vidas.
Sólo el último paso le salvaría de la triste agonía del día a día.

Cogió la soga, entró en su casa y cerró la puerta.