María Sangüesa


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DOÑA EMILIA y DON BENITO 

 

             Hoy ¡después de tanto tiempo!, he vuelto a  ver a Doña Emilia, ella, de momento, no me ha reconocido, han pasado muchos años…yo era un niño en 1890, cuando le hacía, ocasionalmente, de correo. Hace treinta años, era una mujer espléndida, algo metida en carnes, pero de un porte y una elegancia que atraía las miradas de cuantos nos cruzábamos con ella, su aspecto era regio, imponía, desprendía autoridad en cada uno de sus ademanes. Y su inteligencia le hacía tener, casi siempre, la palabra adecuada sobre sus labios.

            Yo era el hijo del frutero, les llevaba las canastas de frutas y hortalizas, entraba por la puerta de atrás, directamente a la cocina.

            Un día, excepcionalmente, se encontraba hablando con la cocinera cuando pasé. Me miró de arriba abajo.

      -¿Quién es este rapaz? La cesta es más grande que él.

Debí mirarle con miedo, era una buena clienta, si la perdíamos por mi culpa nadie me libraría del varapalo paterno.

-No temas, chiquillo, pareces muy despabilado, cuando descargues, que la doncella te acompañe a mi despacho.

Vacié la carga con un nudo en el estómago y esforzándome por no salir corriendo.

La habitación de la señora era grande, aunque los estantes, repletos de libros y carpetas, la empequeñecían, ella estaba detrás de una mesa de despacho, sin levantar la vista de sus papeles.

Yo permanecía de pie, dándole vueltas a la gorra y mirando, de soslayo, aquel cúmulo de libros.

-¿Sabes leer?

-He ido a la escuela, señora.

-¿Y ahora no vas?

-Ya sé hacer cuentas, leo y escribo. Dice mi padre que para ganar el pan echándole una mano en el negocio me sobra.

-¿Y tú que piensas?

-Que tenemos que comer, pero...

-¿Qué?

-Que me hubiera gustado seguir estudiando y no trabajar en la frutería, sino en una oficina o enseñando a otros a aprender.

-¿Te gusta leer?

-¡Mucho!

      -Toma este libro, me lo devuelves dentro de dos semanas – dijo alargándome un tomo de LOS TRES MOQUETEROS.-Cuídamelo bien, también quiero que lo lea mi hijo.

             Así fue como se inició la relación de amistad que me unió a Doña Emilia durante los siguientes años, y que cambió mi destino de una manera decisiva.  

            Una de aquellas tardes en las que me tocaba devolver el libro que me había prestado y llevarme otro nuevo, me recibió con el semblante muy desencajado y ojeroso.

               - ¡Ay, rapaciño! Que tengo al pequeño enfermo y no te puedo atender ¿Podrías hacerme un favor?

               -Lo que usted mande, Doña Emilia.

               -Llévame esta carta a la calle de La Palma, el número va en el sobre. No quiero que se lo digas a nadie, toma esta perra gorda- dijo mientras me daba un sobre medio cerrado junto a una moneda. Intenté rechazar el dinero, pero ella insistió –Te hará falta para lapiceros, quiero que el próximo día me traigas una redacción sobre lo que has leído.

            Tomé aquella nota con una gran curiosidad, la guardé en el bolsillo del mandil y bajé las escaleras preguntándome quien sería el misterioso destinatario de la misiva.

            Me encaminé hacia la calle de San Bernardo, cerca de la iglesia de Las Maravillas, al llamar al portalón de la calle de La Palma, me encontré con que no había nadie en el piso indicado en el sobre. Opté por sentarme en los escalones. La carta me quemaba, subí unos cuantos peldaños más, le daba vueltas entre los dedos, no estaba cerrada por completo. Cedí a la tentación y la abrí del todo, medio escondido en el rellano del piso superior.

 

“Miquiño: Jaime está enfermo, y las noticias de ayer fueron tan alarmantes, que tuve hecho el baúl para salir hoy: de noche recibí un parte ya muy diferente y más satisfactorio (…) Hasta mañana pues, alma querida mía…

 

Tu Porcia “

 

                Después de aquella  intromisión en la intimidad de mi señora, a la que había comenzado a profesar un gran afecto, me sentí culpable pero ansioso de saber quien era  el tal Miquiño. Quizás en ese instante comencé a sentir la punzada de los celos por primera vez en mi vida.

              Unos pasos resonaron dentro del recinto, cerré el sobre, pegando con el mayor esmero la solapa, y al escuchar un fuerte portazo en el piso inferior, bajé con premura y llamé a la puerta con el mayor aire de inocencia que pude recomponer en la expresión de mi cara.

Me abrió un hombre alto y fornido, su cabello y su poblado bigote estaban salpicados de abundantes canas, su piel era de un intenso tono moreno y sus ojos me parecieron tristes y penetrantes a un tiempo.

           -¿Qué pasó muchacho?

           -La señora me dijo que trajese esta nota.

           -Está bien – dijo con un acento que no me resultaba familiar, mientras buscaba calderilla en su bolsillo.

           -No, por favor, no me dé nada, lo que la señora me mande lo hago con tanto gusto que haciéndolo me doy por bien pagado.

           -Como usted quiera – dijo mirándome con cierta sorna, pero sin perder la solemnidad de su gesto.

              Aquella no fue la última vez que tuve que hacer de cartero entre los dos enamorados. Por entonces Doña Emilia viajaba mucho, si Don Benito no la acompañaba me hacía llevarle, de inmediato, una nota para concertar una cita. Parecía que no podía vivir sin saber de él. Yo, procuraba leer las misivas, siempre que se me presentaba la ocasión. Aquello llegó a formar parte de aquel tiempo de mi adolescencia, era como un juego secreto que jamás llegué a comentar con nadie, así que tampoco volví a tener la sensación de traición que me atormentó durante el primer día.

              Las misivas, a veces eran inocentes:

 

“Mi cariño: el Martes, sin falta a no ocurrir novedad, salgo de aquí, de modo que tengo ya un pie en el estribo: te escribo hoy dos líneas no más, porque mañana contestaré a tu carta diciéndote que la he recibido, que salgo el martes y que estaré en el loco citato. Va mamá conmigo (…) Ansío ya darte un abrazo larguísimo.

Ratonciño, adiós. Hasta luego y hasta mañana.”

 

               Pero otras…el contenido era picante, travieso, o estaba lleno de reproches.

               Un día encontré a Don Benito con los ojos muy irritados, y la nariz congestionada. Era indudable que había estado llorando, las ojeras denotaban que llevaba varios días sin dormir.

               Fue después de un viaje de la señora. Al llegar a su casa, mientras estaba allí, en el despacho  de ella, bastante más tarde de lo normal, apareció una mujer de aspecto siniestro, vieja y enlutada, con un sobre de los que llevaban adjunto el ruego de su entrega personal. Me despidió con prisas, muy nerviosa, y me llamó al día siguiente, mucho antes de lo acostumbrado.

               -Toma esta carta y se la llevas a quien tú sabes. Que no se te vaya a ocurrir echarla en el buzón de correos, como te he pedido otras veces. Hoy la tienes que dar en mano y preguntas si hay respuesta. En caso de que la hubiese te esperas todo lo que haga falta.

                No hay que decir lo que tuve que correr para que me diese tiempo a leerla. Y no demorarme en la entrega. Ni hay palabras para describir lo que me impresionó ver a aquel hombre, siempre tan serio e imperturbable, en semejante estado de tristeza y decaimiento.

Claro que yo también me llevé una buena ración de amargura, no daba crédito a lo que mis ojos acababan de leer:

 

 

               “Amigo del alma, ante todo, no llames caridad a lo que es acendrada ternura. Tratándose de ti, no distingo de acciones, y lo mismo que te abro los brazos te velaría enfermo o te ayudaría en el trabajo literario. Bien sé, ¿y por qué no me lo dices? Que nada premeditaste ni en ningún agravio pensaste. En ti no cabe nada malo, ni te alcanza responsabilidad alguna, ni necesito yo que me digas otra cosa sino esa dulce frase: he dormido bien.

                “He leído tu carta. Voy a sorprenderte algo diciéndote que adivinaba su contenido. Se quien te enteró de los detalles y comprendí a que aludías al anunciarme un cargo grave. Apelas a mi sinceridad: debí manifestarla antes, pues ahora ya no merece ese nombre (…)

       Mi infidelidad material no data de Oporto, sino de Barcelona, en los últimos días de marzo, tres después de tu marcha. Perdona mi brutal franqueza. La hace más brutal el llegar tarde. Y no tener color de lealtad. Nada diré para excusarme, y sólo a título de explicación te diré que no me resolví a perder tu cariño confesando un error momentáneo de los sentidos fruto de circunstancias imprevistas.

      ( … ) Deseo pedirte de viva voz que me perdones ( …) Hasta luego, no olvides las señas. Haz por comer y no fumes mucho.”

 

                  No tuve que esperar, Don Benito tomó la carta y la miró mientras resbalaban dos gruesos lagrimones por sus enjutas mejillas, parecía más viejo y más cansado que nunca. Ignoró mi presencia y cerró la puerta para leer aquella misiva en soledad. Me senté en los escalones mientras imaginaba el soponcio que se iba a llevar al ver, de propia mano, los cuernos que nos había puesto la condesa. Me parecía mentira que ella se hubiese comportado como un señorito calavera, igual que un pisaverde de los que andan robando desventurados corazones por ahí.

                Más tarde me enteré de que el desgraciado que nos engañó con Doña Emilia fue Lázaro Galdiano, tan rico, tan culto y tan endemoniadamente guapo. Hasta yo me llegué a preguntar si habría hecho lo mismo en el caso de ser mujer... Pero, aún así, el tierno amor de adolescente que sentía por la señora condesa, se me enfrió bastante, no alcanzaba a comprender que mi adorada señora se hubiese comportado igual que un hombre cualquiera, con ganas de diversión, durante un viaje de negocios, fuera de su ciudad ¡Ella!…tan elegante, tan femenina…¡tan buena!

               En fin, el caso es que la condesa me comunicó, pocos días después, que me había encontrado plaza en una Escuela de Secundaria y que había comprometido a mi padre, con la finalidad de que me dejase   estudiar, mediante la promesa de que sería ella quien corriese con todos los gastos.

              Procuré no defraudarla y llegué a ser maestro de escuela, también escribo en un diario de gran tirada. El amor a las letras, que ella me inculcó no me ha abandonado nunca.  Primero la visité todos los años. Después me destinaron tan lejos que acabé por comunicarme solamente mediante algunas cartas. Ella suele escribirme en Navidad, le gustan mis artículos, aunque mis ideas políticas le ocasionan una gran irritación.

               Hoy la tengo allí, enfrente, la estoy mirando con disimulo. No puedo por menos que recordar que de aquel último disgusto que viví con los enamorados  nacieron dos libros, publicados en la misma fecha, en los que reflejaron los hechos, y el dolor que vivieron, desde sus particulares puntos de vista.“INSOLACIÓN”, donde Doña Emilia relató el lance amoroso como algo trivial y frívolo, y “LA INCÓGNITA,”de Don Benito, donde dio rienda suelta a su visión  trágica de la vida y a su generosa actitud de perdón ante la mujer amada.

              Ellos eran así, lidiaban sus diferencias mediante la creación literaria.

              Probablemente, el único que se tuvo que tragar sus lágrimas fui yo, el rapaz que estaba enamorado de la señora, el chiquillo que, sin tener conciencia de que cometía una tropelía, leía a escondidas sus cartas de amor haciéndolas así un poco suyas…Veo que la condesa me mira, no me ha olvidado.¡ Por fin me ha reconocido!

              Hoy es una gruesa y venerable anciana que, desde que Don Benito Pérez Galdós murió hace unos meses, según me ha comentado su secretaria, ha dado un enorme bajón en su salud. Aunque su porte sigue siendo regio y su carácter muy fuerte. Que yo sepa, hoy en día no le contesta a nadie que no se dirija a ella si no es como Señora Condesa de Pardo Bazán.

              Me está haciendo una seña con el abanico, desea que me aproxime. Creo que no voy a poder reprimir las ganas que tengo de darle un abrazo ¡Que se vayan a paseo el protocolo y su secretaria!

              Estoy ya tan cerca de ella…Diría que sus ojos, todavía tan vivos, se le han humedecido y… ¡lo que faltaba! ¡no se que hacer para controlar mi propio llanto! 

              -Rapaciño, los hombres no lloran, sólo los muy hombres pueden permitirse el lujo de hacerlo– me dice mientras me devuelve el abrazo-Así que llora tranquilo, que yo te acompaño y después hablamos, los dos juntos. Siéntate a mi lado, como ayer…¿Cuántos años han pasado? 

 

 

María Sangüesa

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*Todos los textos de las cartas han sido extraídos del epistolario recopilado por Carmen Bravo Villasante.

 


 

Alucinaciones

  El olor a pintura, a barnices, a casa nueva, todavía se notaba en el ambiente después de los seis meses que habían pasado desde que vivían allí. Giró la llave en la cerradura, se le resistió un poco, pero pudo entrar sin gran dificultad. Volvió a cargar sus manos con las bolsas de la compra y empujó la puerta de la cocina, allí creyó ver, como otras veces, un fugaz fogonazo de rayas grises que desaparecieron en el aire.

            Suspiró soltando la carga y después presionó fuertemente sus dedos sobre sus ojos cerrados. No quería dejarse llevar por estúpidas historias sobre fantasmas, aunque había estado comprobando que no se trataba de ningún reflejo en los cristales como las otras veces en que le había ocurrido lo mismo. Pensó que era el miedo que le invadía cada vez que entraba en el apartamento y lo encontraba vacío. Que podía tratarse del  sentimiento de soledad en una gran ciudad, en medio de enormes distancias pobladas por desconocidos, lejos de los suyos, de su ambiente, de sus costumbres. Aquellas largas horas de silenciosa espera hasta que él regresaba y llenaba la casa con su presencia.

            Perdida entre sus pensamientos entró en el dormitorio. Allí, sentada a los pies de la cama, una anciana menuda con el cabello recogido en un moño bajo y la cara surcada por profundas arrugas, la miraba mientras alisaba los pliegues de una amplia falda de rayas grises.

            La impresión recibida le hizo retroceder, quiso gritar y no pudo, la sensación de vértigo que sentía impulsó su cuerpo hacia delante con un movimiento basculante que le hizo atravesar de nuevo el umbral de la alcoba. No había nadie. Se dejó caer en el suelo ocultando su rostro entre las manos mientras un hondo sollozo convulsionaba su cuerpo.

            -Estoy loca –se decía a si misma –que no se entere él, ¡por Dios!, ¡que no se entere mi marido!

            Sin comentárselo a nadie decidió someterse a un tratamiento médico que llevaba en el mayor de los secretos. De vez en cuando volvía a ver a aquella anciana que aparecía en cualquier rincón de la casa y la miraba en silencio, acusadoramente, para desvanecerse en el aire, dejándole la angustia metida en el cuerpo y la desesperanza de ver que no mejoraba de sus alucinaciones a pesar de recibir un tratamiento cada vez más severo.

            Una mañana de domingo llamaron a la puerta. Abrió su marido mientras ella todavía dormía.

            Un hombre mayor, algo más que octogenario, le preguntó si seguía viviendo allí, en alguno de aquellos apartamentos nuevos que habían hecho dentro del viejo edificio, una mujer de su edad. Dijo su nombre con un tono de voz reverencial y emocionado. Era la propietaria del antiguo caserón y había sido su primera novia hacía más de cincuenta años, antes de irse a América. Él, en aquel entonces, le había pedido que le esperara porque pensaba casarse con ella, pero la fortuna le había ido haciendo jugarretas y la vida le había llevado por otros derroteros. Hacía cinco años que, casualmente, se había encontrado con un sobrino de aquella mujer y le había contado que ella, tozuda como siempre, le seguía esperando.

            -Mire –dijo el anciano –quizás el nombre no le diga nada, pero su sobrino me dió esta fotografía, tal vez la haya visto usted.

            Allí, en medio de un grupo familiar, una anciana menuda, pulcramente peinada con un moño y una discreta falda de rayas grises parecía mirarle desde el fondo del retrato.

            Entonces el marido cerró, con mucho cuidado, la puerta de la casa y puso amistosamente una mano sobre el hombro del anciano.

            -Vayámonos al bar que hay en la esquina, en la planta baja de este  edificio –le dijo en voz baja –le aseguro que todavía le está esperando, pero no como usted supone, es una larga historia. Ahora le pongo al corriente, mientras nos tomamos un café. Pero le suplico, sobre todo, que mi mujer no se entere. No quiero asustarla con los extraños hechos que he presenciado dentro de esta casa. Ahora se lo cuento, no se inquiete. Quizás todo se acabe después de su visita. Al fin y al cabo usted, por fin, ha regresado.¿Para qué vamos a decirle nada?