KARLOS MAX
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TRES JORNADAS DEL DIARIO DE UN ESBIRRO
Imaginen un sueño, o una leyenda. También imaginen lo inconcebible, algo distinto a todo lo que suponen. Y lejos, piensen que ocurre muy lejos. Más allá del horizonte y de los límites que recluyen su mundo. Imaginen el otro extremo del universo.
Allí, junto a unas sombras que nunca se desvanecen, al pie de las primeras cumbres inalcanzables estamos nosotros. Somos muchos, más de cien, fabricamos apariencias y copias recluidos en un edificio gris, cerca de las últimas llanuras. Sí, en ese lugar remoto elaboramos las copias, cientos, miles de copias. Más tarde nuestros superiores las envían a quien corresponde, o al que las solicita, eso no tiene importancia.
Lo reproducimos todo, la llovizna gris o un diluvio interminable y oscuro, el negro viento huracanado, una suave brisa sombría o una tormenta con rayos y otros fenómenos, o cualquier elemento atmosférico que se pueda imitar, siempre bajo instrucciones muy rígidas y esquemas fáciles, aunque no son más que simples copias. ¡Alguien tiene que hacerlo!, sí, alguien ha de ocuparse de esto. Los paisajes, los objetos y las personas nunca han sido asuntos de nuestra incumbencia. Las copias de las distintas fases del cielo sí, solamente copias.
Imaginen algo más. Imaginen como es nuestra vida, ya se lo anticipo, pausada, metódica; luego piensen en nosotros, unos tipos vulgares que nunca levantamos la vista del suelo, supongan el sueño profundo, así estamos muchas jornadas. Por ello, cuando ayer nos reclamó la Dirección de la factoría, a cuatro o cinco, para que nos presentásemos en una de las habitaciones del ala norte, temí lo peor.
Hay épocas largas en las que permanecemos solos, atareados con nuestro trabajo, las copias, esa labor que no se termina nunca, piensen en el manto de Penélope, o algo similar, y los que gobiernan este espacio apenas nos mencionan algún juicio sin relevancia, un pequeño cambio en los esquemas de producción o la baja de algún compañero. También hay temporadas interminables en las que nunca nos comunican nada. Aquí, en este mundo tan singular, las palabras no relatan demasiado, carecen de interés.
Ayer fue distinto. Entramos en la sala y nos alineamos junto a una mesa alargada. Al principio temblábamos porque aquella estancia nos impresiona siempre, porque la excesiva luminosidad de aquellas paredes es el símbolo que nos aterroriza, luego nos cobijamos en el mutismo profundo que nos es tan caro mientras uno de nuestros superiores tomó la palabra.
Trasladen a Lamberti, nos instruyó con un tono de voz muy severo, consigan que diga algo, que cuente todo lo que sabe o que justifique sus actos, después aplíquenle las normas, nada más. Finalmente, añadió con sigilo, si no rectifica, le administraremos su merecido sin someterle a otros juicios.
Imagínense lo que sigue, nuestra
turbación, yo mismo temblaba porque con esas palabras, tan categóricas, se
inició el rápido proceso que vamos a concluir.
Abandonamos la habitación, salimos en su búsqueda y enseguida retornó
la lluvia. Aquí siempre vuelve a llover después de una breve pausa, y aún
sigue lloviendo. Lo hace mansamente, con la misma monotonía que en otra jornada
cualquiera.
Porque imaginen nuestro tiempo, elijan un año, o alguna de sus semanas, un día, el que quieran. Todo comenzó anteayer, otra mañana insignificante, una más de las que componen el mes, una de tantas y tantas. Una mañana que hubiese carecido de importancia si no es porque ocurrió algo excepcional.
Lamberti abandonó su puesto de trabajo ignorando todas las normas, pasó por encima del juramento, que nos obliga a la obediencia y casi a la inmovilidad, con una actitud impropia.
Todo sucedió a primera hora del día. Por primera vez, desde hace mucho tiempo, no se anunciaba la lluvia en la hoja irrefutable que contiene las instrucciones para nuestro trabajo, la misma que nos reparten temprano en todos los sectores del edificio. También pudimos apreciar en los renglones otro dibujo, era un disco de color anaranjado y casi habíamos olvidado su imagen, el sol, lo llaman el sol. Teníamos que copiar el sol. En el texto se afirmaba que se disponía a atravesar la capa de nubes para mostrarse sin obstáculos. Tal vez la primera mañana de una nueva estación, pensé con cautela, o quizás se aproxime un pequeño cambio, desde hoy copiaremos menos nubes, o éstas llegarán desde el norte acompañadas por el nuevo fenómeno, me dije a mí mismo cuando releí todo el párrafo e interpreté el diseño. La redacción de las frases no ofrecía dudas aunque no estaba muy seguro, nunca mantengo grandes certezas.
Ahora imaginen el grupo, ya saben, silencioso y metódico, imagínenlo. Nadie de los que estábamos allí se pronunció en voz alta, el contenido del texto no admite discusión, no está permitido y a nadie se le ocurriría infringir las normas, conlleva un castigo severo. Para nosotros era otro día más, otra jornada en la que debíamos cumplir el programa. Abrir los cartapacios, preparar los duplicados y los grandes folios, seleccionar y recortar las reproducciones que nos hacen seguir. Imagínenlo, es fácil, después debemos pegar las copias, cuidadosamente, en las hojas que ponen a nuestra disposición, y guardarlas en las fundas hasta completar el expediente. La rutina cotidiana de la que nos ocupamos en uno de los departamentos de este edificio.
El mismo departamento en el que Lamberti se levantó de su mesa sin articular ni una sola frase. El casi nunca habla si no es para solicitar la cortadora a cualquier compañero, o devolvérsela con un gesto breve y afable, o para intercambiar pequeños detalles sobre el tratamiento que debemos emplear con las imitaciones, siempre utiliza monosílabos o señas mínimas.
Anteayer fue distinto. No había transcurrido aún ni media hora desde que iniciamos la labor y Lamberti nos sorprendió con un monólogo rápido e ininteligible durante un par de minutos, —basta de mentiras, quiero saberlo todo—, acertamos a escucharle. En seguida se incorporó, despacio, depositó los utensilios en la mesa y se movió. Algo inaudito, aún tiemblo al recordarlo porque imaginen la escena. Un silencio profundo se hizo entre nosotros, todos detuvimos nuestra labor y nos miramos sorprendidos. Que uno de nuestro grupo abandonase su puesto de trabajo sin que hubiese sido requerido para ello, sin que repiquetease la llamada en el timbre correspondiente, era como romper en mil pedazos las normas establecidas. Ese movimiento de Lamberti las hacía trizas y el gesto de nuestro compañero nos causó estupor, después incredulidad, o duda, y aturdimiento, sobre todo cuando observamos el paso decidido con el que avanzó por el pasillo.
No movimos ni un músculo mientras él progresaba entre las mesas, el silencio era más sobrecogedor que nunca y juro que se hubiese cortado con un cuchillo. Esquivó las dos mamparas, los pedales de la máquina de reproducir, los juegos de poleas y los ángulos rectos que forman los escritorios. Con un movimiento hábil de cintura sorteó todos los obstáculos hasta situarse debajo de la copia que representa un ventanuco, el modelo cuadrangular que está fijada en el techo de todas las habitaciones.
Imaginen nuestra sorpresa. Descubrimos que era allí hacia donde se dirigía. Alzó los brazos con determinación, sin dejar de sonreír, y manipuló en el dibujo con una insolencia impropia, desmontó el marco de un tirón; éste ocultaba una trampilla que entreabrió fácilmente. Detrás no se hallaba la lámina que reproduce la lluvia pertinaz, no, lo que destapó era un orificio que nos comunicaba con el exterior, con ese mundo tan inhóspito del que no tenemos referencias. Puede ser que el cerrojo estuviese oxidado y no le ofreciese resistencia, tal vez lo quebró aunque no oímos ningún ruido que lo delatase, o simplemente que no existiese tal cerrojo, ni clavos u otra atadura. Sólo lo ciñese la convicción que cubre todo lo que nos está prohibido.
Ahora imaginen lo impensable para nosotros. Imaginen como una suave racha de aire invadió la estancia, aire verdadero, pequeñas ráfagas auténticas de viento, no era ninguna imitación o una buena copia. Después entró la luz, primero lentamente como si fuese un fenómeno extraño que se aventura en terreno desconocido, al poco lo inundaba todo con la arrogancia del que se sabe perfecto. He de reconocer que nos aturdieron los tonos y los matices del prodigio y varios papeles que estaban sobre las mesas se alzaron un poco, impulsados por la brisa, como si ellos también quisieran ser testigos del hecho. Alguno de los muchachos, los que estaban más cerca, abrieron los ojos desmesuradamente. Yo también
Pero imaginen otra fantasía, imaginen a Lamberti que no se detuvo con esa primera maniobra. Haciéndose con una caja se subió en ella y empujó la escotilla recién descubierta, hasta que consiguió voltearla, hasta que desveló todo el secreto.
Aún me faltan palabras para detallarles la sacudida final que nos sobrevino cuando la luz del día se desparramó con violencia a lo largo de la habitación. Conservaba una similitud lejana con el fenómeno que describía el papel que habíamos recibido, pero muy superior a lo que pudiésemos sospechar, los colores eran más vivos, brillantes, admirables. Esta aparición nos causó asombro. Primero asombro, después zozobra. Zuppi, Montecchi, dos o tres más se abalanzaron a su lado, recorrieron los escasos metros que les separaban con una rapidez que yo no hubiese sospechado nunca que poseyesen y hablaron, les juro que hablaron.
Dijeron algo que ya no me atrevo a reproducir, gruñeron con un desprecio por las normas que me dejó atónito. Lamberti también lo hizo, pero a gritos, maldecía a nuestros superiores, —¡siempre he sospechado que existe otra luz, la verdadera!—, llegó a clamar, nos dijo que abriésemos los ojos, que todo lo que nos rodeaba no era más que el delirio en el que estamos inmersos y hasta nos incitó a la sedición, a que nos rebelásemos contra la tiranía de unos pocos mientras señalaba el hueco del techo. Zuppi extendió los brazos y Lamberti le miró con un gesto de desconfianza, tal vez sospechase que no le agradó su acción pero estaba equivocado.
Imagínense a Zuppi con los brazos abiertos para abrazarse a sus piernas, hipando con sollozos incontrolados; muchos siguieron su ejemplo y Montecchi se atrevió a silabear que contase con él hasta el final, lo dijo lentamente pero con la voz firme, como nunca se lo había oído a nadie en esta sala, como creo que no lo volveré a oír. Zuppi también movía la cabeza de una manera afirmativa. Sólo cuatro o cinco dudamos.
Vacilamos, aunque permanecimos impávidos porque estoy seguro que sin la férrea dictadura que nos impuso el deber, o la inercia, o esa sumisión que nos tiene aprisionados, hubiésemos procedido como los rebeldes, ahora lo sé. El juramento de obediencia no ha calado en todos con la misma hondura. Imagínenlo.
Somos los cuatro o cinco que ayer entramos en la habitación grande del ala norte cuando nos requirieron nuestros superiores, que temblamos a pesar de nuestra inocencia, y que formamos la pequeña escuadra que ha de ejecutar la orden decretada por la dirección, cuando los rumores sobre la osadía de unos pocos se extendieron por toda la factoría y ya no se pudieron acallar por más tiempo. Cuando aún persistía en nuestra mente esa escena insólita.
Imaginen nuestro ánimo, no es difícil hacerlo, estábamos desolados porque Lamberti era un compañero más, aunque salimos en su búsqueda para cumplir con nuestra obligación. Le encontramos pronto, imagínense, aquí es imposible esconderse. Se hallaba en uno de los patios exteriores. Había traspasado varias puertas después de internarse por los pasillos que nos están vedados y franquear cada una de ellas incrementaba el delito, sin vuelta atrás. Lamberti había cruzado la raya que separa la realidad de los sueños.
Ni siquiera reparó en nosotros cuando nos acercamos, permanecía absorto, como si aún estuviese arrebatado por la revelación que había descubierto esa mañana. Finalmente esbozó una pequeña sonrisa bobalicona y se mantuvo impasible cuando llegamos a su altura, indiferente a nuestra presencia a pesar de que nos colocamos frente a él. Dudamos antes de tomarle por los brazos para conducirle al interior del edificio, entonces fue cuando reaccionó, ofreciéndose, se abrió la chaqueta con ambas manos. ¡Pobre Lamberti!, se entregó sin resistencia y creyó que íbamos a matarle allí mismo.
Imagínense un poco más, imagínense el final. Hoy, ahora, en este momento. Lamberti está en pie, frente a nosotros, en uno de los pasillos interminables de este edificio tan hermético. Permanece impasible a pesar de que le deslumbran los focos, ha soportado con estoicismo la ferocidad de la tortura a la que le hemos sometido, le hemos quebrado las manos y los pies pero mantiene la expresión imperturbable de un poseído, y un gesto estúpido en la comisura de los labios mientras repite, con monotonía, que existe otra luz. Se ha vuelto loco, no lo puedo definir con exactitud, este asunto me ha sembrado dudas, o acaso muestra el semblante del que ha descubierto la validez de una sospecha, y todo lo demás le resulta banal. No ha querido confesar, se ha negado a desvelarnos los motivos de esa conducta tan irracional y ya no queremos insistir, su final es seguro. Yo presumo algo sobre la inutilidad de los ideales que casi nunca se cumplen, pero creo que Lamberti no se arrepiente de nada.
Zuppi, Montecchi y el resto de los que no supieron resistirse al hallazgo cavan las fosas para enterrar su destino, unos metros más allá, y en el patio llueve sobre la pared. El dibujo de hoy nos indica que han retirado el sol, que ha vuelto a llover mansamente y que todo permanece en calma, esa calma habitual que gobierna nuestras vidas. Es lo que también se puede leer en el boletín diario, que nos han distribuido, para que hagamos las copias en una de las salas de este edificio, el lugar donde se representa un sueño, o lo inconcebible, lo que no sospecharían jamás. Lejos de todo, más allá del horizonte, al otro extremo del universo.
Porque imagínense todo esto, detrás de estas paredes grises, donde ejecutamos una labor callada, pero notable.
Imagínense...
La avería
Silvia aguardaba al empleado de la compañía eléctrica desde hacía dos horas. Le había requerido para que revisara la instalación de la casa, en los últimos días se producían cortes de luz sin motivo aparente. Por fin sonó el timbre de la puerta y el hombre, un tipo alto, fornido, cubierto con una cazadora azul que chorreaba agua desde los hombros, penetró en el interior sacudiéndose las gotas y atropellándola con unas frases que a ella le parecieron una letanía que hubiese oído más veces.
—¡cómo llueve! y no hay manera de aparcar, siempre andamos con prisas, ya sé que ha reclamado en dos ocasiones señora, pero...—
Dejó la excusa incompleta y las dos primeras llamadas que le hizo Silvia, y a las que él no respondió, se quedaron sin disculpa. Después el hombre hablaba sin parar, del temporal de lluvias sin fin, de sus horarios limitados, las ausencias de los clientes y otros malentendidos que después repercutían en su trabajo.
Silvia se retocó el peinado con una mano, sin coquetería, no estaba enfadada por el retraso, sólo quería solucionar aquel pequeño episodio doméstico que le causaba algunos inconvenientes, pero la palabrería de aquel hombre empezaba a agobiarla, hizo un gesto y le dio a entender que no precisaba más explicaciones, sin embargo el electricista no cejó hasta enumerarle todo su repertorio. Luego descargó una bolsa que llevaba al hombro y le hizo un par de preguntas sobre el motivo de la reclamación. Sin aguardar más detalles penetró en la cocina, allí escrutaba las paredes, como si buscase algo.
Silvia no se sorprendió por la locuacidad de ese hombre, todos los operarios de distintos oficios, a los que tenía que recurrir para que se ocupasen de pequeñas reparaciones, le abrumaban siempre con un parloteo inacabable; después caminaban por la casa con una seguridad insólita, como si fuesen viejos conocidos suyos y ella les dejaba hacer, quizás porque le prestaban un poco de compañía en la soledad interminable de sus días.
Este procedía igual, le vio como rastreaba detrás de las puertas, o en los rincones, pronto adivinó que trataba de encontrar el cuadro de los fusibles y los interruptores; otro electricista al que tuvo que recurrir hace tiempo hizo lo mismo, buscar algo que para ella siempre resultó misterioso y complejo, como una trampa secreta a la que era preferible no acercarse demasiado.
La tapa del cuadro estaba oculta en un armario, se la mostró detrás de una puerta. El la miró con cierto desagrado, como si le hubiese anticipado la solución de un pequeño acertijo que trataba de averiguar él mismo, después abrió el cajetín y se dispuso a investigar entre los cables sin decirle nada. Silvia se dirigió al salón.
Allí encendió un cigarro, se sentó en un sofá, desde allí veía la espalda del hombre que ni siquiera se había despojado de la cazadora, no estaba muy segura pero ese tipo le resultaba familiar, los gestos, o la cara. Había algo en él que la perturbaba.
—¡Esto está muy mal señora!, hay varios cables pelados— El electricista, alzado de puntillas, se volvió hacia ella, señaló el hueco con el destornillador y extrajo uno mostrándoselo, el trozo de un hilo metálico sobresalía por el agujero como si fuese una pequeña lengua entre sus manos.
Silvia se encogió de hombros e hizo un ademán de impotencia, pero se sintió obligada a decir algo —¿y cómo puede ser que todo haya funcionado con normalidad hasta hace tres o cuatro días?—.
—ha podido tener un accidente serio—, sentenció el electricista ahuecando la voz y sin contestar a su pregunta, después le pidió una silla o algo para subirse y poder trabajar con más comodidad.
—tenga éste—, le acercó un taburete viejo, —lo utilizo para estas pequeñas tareas, no tengo una escalera—, se justificó.
El hombre no se molestó en sacudirse la suciedad de las botas y embadurnó el asiento con una mezcla de agua y barro, después todo goteaba hasta la alfombra. Se subía y se bajaba de la banqueta mientras intentaba adivinar el recorrido de los cables, a través de las paredes, hasta los distintos enchufes e interruptores de la casa, luego movió la cabeza y emitió un pequeño comentario sarcástico.
—si esto no se revisa a fondo pronto aparecerán nuevas averías por cualquier lado—
Ella tuvo la impresión de que le acusaba de algo, desidia, como si hubiera tratado a la casa igual que a un arbusto salvaje que apenas necesitase cuidados. Ahora le observaba de pie, apoyada en la pared con los brazos cruzados sobre el pecho. Le veía ir y venir desde la banqueta hasta la bolsa de herramientas que había colocado en un rincón del recibidor mientras canturreaba una melodía de moda, para no estorbarle se acomodó de nuevo en el sillón. El hombre manejaba unos alicates, introduciendo las manos en el hueco oscuro, de pronto se detuvo bruscamente.
—señora, ¡venga a ver esto!— la reclamó casi con un grito.
Ella depositó la revista sobre la mesa y se incorporó dirigiéndose a su lado, el hombre la invitó a subir y le ofreció la linterna que había extraído de uno de los bolsillos del pantalón.
El tenue haz de luz le descubrió la caja pequeña, de madera, redonda, una sorpresa inaudita depositada en el sitio más insospechado.
Silvia, al verla, sintió una punzada en el interior, pero alargó la mano con lentitud para tomarla. Era una caja, sí, ¡la caja!, qué tontería, casi no se acordaba de ella, había olvidado el pequeño cofre en el que guardó unos recuerdos, como tantos y tantos objetos que permanecen cerca de nosotros mientras tienen un sentido en nuestras vidas, luego, pasa el tiempo o pierden interés y, si desaparecen, nadie los extraña. Jamás hubiese imaginado volver a encontrar la caja en aquel hueco, entre cables retorcidos. Tuvo que ser Arturo el que la escondiese en aquel rincón tan inaccesible, pensó. Arturo, sí, habría sido él, Arturo ¡quién si no? un bromista obstinado, le gustaba ocultar cosas y más tarde preguntaba por ellas amparado en un gesto de inocencia, o riéndose; un juego ingenuo al que Arturo la sometía de cuando en cuando. Inmediatamente desechó ese disparate, Arturo, la caja, otra vez retornaba la vieja fantasía que creyó olvidada. Silvia sonrió al recordar esos detalles con una expresión melancólica.
Miró hacia el suelo, el electricista hizo un breve ademán para ayudarla a descender del taburete pero se contuvo al observar a la mujer, tenía un brillo extraño en los ojos, ella le indicó con un gesto que podía hacerlo. La ofreció un brazo y Silvia se apoyó hasta alcanzar el suelo con la caja en la otra mano, un cofrecillo pequeño con un asa y una pequeña cerradura enmohecida.
—¿es suya?— le preguntó el hombre sin mirarla desde lo alto del taburete, al que se había vuelto a subir, mientras dirigía el pequeña haz de luz de la linterna hacia el interior del agujero para continuar su tarea.
—no, nunca la había visto antes—, mintió ella sin cambiar la expresión del rostro, —esta casa ha tenido otros propietarios—, improvisó sin titubear.
El hombre se volvió para mirarla, no dijo nada pero sus ojos reflejaron que no se había creído esa respuesta, luego desatornilló dos o tres enchufes en diferentes puntos de la habitación, le dijo que lo hacía para comprobar su estado. Ella iba detrás de él y ya temía que encontrase otra pequeña sorpresa por lo que le pidió que detuviese su labor, aquel hombre estaba hurgando en sus recuerdos, sin saberlo. El electricista se dio la vuelta contemplándola con un descaro que a ella le pareció mordaz.
—sólo estaba anticipándome a una futura avería—, sentenció con indiferencia.
Silvia, con la caja entre las manos se dirigió a la cocina, tomó un cuchillo de punta afilada e intentó forzar la cerradura, sin éxito. Recompuso el gesto y agitó la caja, en su interior se desplazó algo metálico que rebotaba contra las paredes, en seguida se fijó en el operario, se limpiaba las manos sin dejar de observarla desde el salón.
—no es suya, el dueño anterior la ha abandonado en ese escondite, o también se puede pensar que la utilizan los ratones— le dijo el hombre con una sonrisa, luego recogió las herramientas e hizo una suma pequeña con los dedos en el aire, —esto ya está arreglado y si no me necesita más deme tres billetes pequeños y estamos en paz—.
Silvia buscó en el monedero, le entregó los billetes junto con la caja, sus manos temblaron al cedérsela, —tenga, llévesela, para alguno de sus hijos, si los tiene, o puede tirarla a la basura usted mismo—.
—si, señora, tres, dos chicos y una niña, la pequeña, seis años—, y ahora le sonreía como no lo había hecho a lo largo de los minutos que estuvo con ella. El hombre tomó la caja, la agitó, observó la cerradura que mostraba la muesca del cuchillo y le dijo —me llevo unos secretos—.
Silvia le despidió con un gesto leve mientras miraba la caja que el hombre se introdujo en el bolsillo de la cazadora. No, no le reconocía sólo era una sospecha sin fundamento, luego el mismo temblor le recorrió la espalda, aquel hombre se llevaba un poco de ella misma, era cierto, pero algo muy lejano. Miró un calendario colgado en la pared, pronto cumpliría cincuenta y cinco y la visita de aquel hombre le había hecho recordar un viejo sueño, más de veinte años atrás, reflejado en dos o tres breves cartas que ocultó en la caja. Cartas antiguas, dirigidas a un nombre, a un personaje ilusorio y cuyo texto se aprendió de memoria, línea por línea, cartas escritas cuando perdió la esperanza por encontrar una pareja, ella, la eterna solitaria, la profesora de piano fea y desgarbada. Reemplazó sus ilusiones con una fábula.
El cofre también guardaba un anillo de compromiso, el mismo que había enseñado a sus amigas como prueba irrefutable del noviazgo, y la foto de un joven que recortó de un álbum familiar y en la que escribió una dedicatoria cursi, un joven desconocido, algún amigo de unos primos, pero del que se apropió para presumir de un novio imaginario que vivía al otro extremo del país. Alto, fornido, como el electricista que salía por la puerta, con una sonrisa parecida. Arturo, le había bautizado así, se iban a casar pronto, tan pronto como Arturo terminase sus estudios y encontrase un buen empleo. Sí, Arturo el bromista, Arturo el bailarín, le gustaba mucho ir a bailar, lo hacían juntos en las vacaciones, o no, ya no se acordaba bien de todos los detalles con los que adornó la farsa. Esa boda no se celebró nunca y tuvo que improvisar unos motivos que no resultaron convincentes.
Silvia se apoyó en la pared y los ojos se le llenaron de lágrimas. Luego buscó en los cajones de un armario, conservaba otra foto de Arturo, otro objeto cómplice de la mentira que había relatado durante mucho tiempo, una fotografía antigua, como la casa y la carta, un sueño inalcanzable. Mientras la rompió miraba por la ventana, en la calle seguía lloviendo y vio todo demasiado borroso, lejano.
Interior de una casa: una habitación recargada de
muebles, pasados de moda, cuadros en la pared y varias fotografías de
escritores famosos, también una foto antigua, una pareja de novios que se miran
de una forma embelesada.
Una mujer, de mediana edad, cose
sentada en una mecedora, apenas levanta la vista de la tela si no es para
acariciar a un perro pequeño que está tumbado a su lado.
A su derecha un hombre, Julián,
está sentado frente a una mesa, observa unos papeles con la cabeza agachada.
Julián: escúchame Gabriel, es una oportunidad maravillosa que no podemos dejar pasar. La idea, el esquema lo tienes aquí, en estas dos páginas.
((ahora
el hombre levanta la cabeza y mira hacia el frente, LA CAMARA LE
ENFOCA LA CARA, tiene el pelo canoso y revuelto, se lo rasca de una forma
continua, sin dejar de hablar.))
sí Gabriel, te digo que es una de las últimas ocasiones que se te presentan, creo que la idea que contienen estos papeles es magnífica, y tú sabes como desarrollarla, concéntrate y escribe algo, lo que sea, ya lo corregiremos después.
((
Julián respira con profundidad, la mujer le mira )) LA CAMARA SE DETIENE EN
ELLOS DURANTE UNOS SEGUNDOS.
la idea está aquí, te la doy yo, está escrita en estos renglones
((
levanta los papeles con una mano, después los agita con rapidez)).
Sólo tienes que desempolvar tu talento y ampliar estas líneas, es un buen comienzo para una novela, un cuento, cualquier cosa.
Mujer: pero Julián...olvida ya esa historia, hoy con Gabriel, mañana...
Julián: ((vuelve la cabeza
hacia ella ))
¡déjame!, estoy a punto de convencerle. (( y de nuevo mira al frente ))
como te decía Gabriel, quiero que tomes de nuevo la pluma, sé que no se te ha olvidado escribir, sé que lo harás, esta vez lo harás, no puedes estar viviendo siempre de ese libro “cien años y la soledad”, o como se llame y te pongo en las manos un asunto magnífico, al menos moléstate en leerlo, y luego dame tu opinión.
Mujer: ¿por qué no bajas al perro a la calle?, desde esta mañana no ha salido el animal.
Julián: no nos distraigas con el
perro,(( vuelve la cabeza hacia ella de nuevo ))
o sácale tú y déjanos a solas.
Perdona Gabriel, (( sonríe mientras traza una línea en el papel ))
Clara nos está interrumpiendo continuamente.
Mujer: yo sólo quería que te olvidases de ese asunto durante unos momentos, que te de el aire, que camines un rato para que te despejes.
Julián: no molestes más, por favor, o vete a la otra habitación. Para nosotros es muy importante que discutamos sobre estos textos, quiero que él me de su opinión, la más sincera, y luego, sí estas líneas merecen su aprobación, pretendo convencerle para que las desarrolle. Gabriel puede hacerlo, aunque en los dos últimos años no haya escrito apenas nada. Sé que él puede conseguirlo.
(( La mujer se levanta de
la mecedora, el perro se acerca a ella mientras mueve el rabo. ))
Mujer: está bien, yo sacaré al perro.
Julián: sí, hazlo y anda un buen rato con él, vete hasta el parque que está al final de la calle. Es posible que nos pongamos a trabajar con esto y no nos gustaría que nos interrumpieses.
Mujer: hay carne guisada en el frigorífico, y un poco de sopa, te lo digo por si quieres cenar algo antes de que vuelva yo.
Julián: muy bien, pero no creo que
nos de tiempo a comer nada, si acaso deja unas cervezas aquí, en la mesa. ((extiende
la mano con los papeles hacia delante, se inclina demasiado sobre la mesa, casi
se cae de la silla )).
toma Gabriel, míralos tú mismo,
¡ah, por cierto!, a Vargas Llosa no le he comentado ni media palabra aunque
el otro día estuvo aquí, pero vete leyendo las dos primeras páginas,
mientras yo estiro un poco las piernas y pienso en como mejorar el final.
(( La mujer se acerca a él, despacio, se reclina en
sus hombros y le acaricia la cabeza, el perro apoya sus patas delanteras en las
rodillas del hombre.
AHORA
LA CAMARA LES ENFOCA DESDE ATRÁS, frente al hombre hay un espejo, entre las
estanterías llenas de libros que pueblan esa pared del salón. El espejo les
devuelve su imagen, están solos, la mano del hombre sostiene unas hojas y las
inclina hacia delante, los dedos tiemblan un poco cuando extiende el brazo y una
de las hojas resbala, cae sobre la mesa. La mujer se coloca enfrente, toma una
con la mano, el papel muestra unos dibujos inacabados y unos garabatos
ininteligibles. ))
Mujer: tranquilízate Julián,
Gabriel está con nosotros y ahora leerá las hojas, pero déjale que recapacite
y después te dirá algo, o yo se lo preguntaré. Los escritores necesitan
tiempo para madurar una idea, ya los conoces.
(( El hombre sonríe sin dejar de mirar
al espejo e inclina levemente la cabeza. ))
Julián: bueno Clara, dale, dale tú las hojas y le dices que no se marche, que aún tenemos que trabajar un buen rato. Ahora ayúdame para sentarme en la mecedora.
Mujer: no te preocupes Julián, las leerá, él las leerá, Gabriel siempre tiene un momento para ti y el texto le parecerá magnífico, seguro. Entretanto descansa unos momentos, ya es hora de que tomes tus medicinas.
Julián: (( con un susurro )) Clara, llama por teléfono a Julio Cortázar y a Jorge Luis, quiero que ellos lean lo que he escrito. Ellos también, por si acaso Gabriel lo rechaza.
(( La mujer le
ayuda a levantarse de la silla y le acompaña hasta la mecedora, LA CAMARA
ENFOCA AL ESPEJO, éste devuelve la imagen del perro que se dirige a echarse a
los pies del hombre, mientras la mujer hace un gesto de resignación y le arropa
con una pequeña manta. El hombre tiene la vista fija en el espejo y la mano,
que aún sostiene un papel, no deja de temblarle mientras asegura, con una voz
apenas audible. ))
Julián: Si no es por mí todos estos serían unos perfectos desconocidos.
((LA CAMARA ENFOCA de nuevo la pared y se acerca a las fotografías
de los escritores famosos, lentamente, no son más que recortes de revistas...
luego se detiene en la pareja de novios que se miran de una forma embelesada. ))
Karlos Max ©
Nota
del autor: Smith, Brown, Fernández, y un tal López, entre algunos otros
directores de cine más, cuyos nombres no recuerdo, han pretendido comprar los
derechos del texto que he reservado para mis mejores lectores.
Diario de una dama
Lunes quince. Ayer le maté, al muchacho del relato. Al profesor del taller de literatura le va a sorprender, seguro, le encontrará algún defecto al argumento, que si el personaje principal no es verosímil, como dice él, que si le faltan escenas a la narración, o le sobran detalles y que si ese final tajante desconcierta, pero me da igual. Yo me pongo nerviosa, ya no acierto a seguir y le he matado porque ya no sabía que hacer con él y punto. Este personaje se me escapaba de las manos y, total, por dos páginas de más o de menos, ya no estaba dispuesta a escribir más. El relato se queda así. Si les gusta bien y si no también. Además ya me estoy hartando de ese tipo, el profesor, del retintín con el que me dice las cosas y la sonrisa irónica de la pareja que se sienta enfrente de mí, los que fuman sin parar y nada de lo que escribo les parece bien.
Se parecen a Felipe que ve problemas por todos los lados. Felipe, ¡qué cruz tengo con él! Además los miércoles se mosquea cuando llego más tarde de las nueve y media. No me dice nada, sigue leyendo el periódico, o embebido con los deberes de la pequeña, pero, desde hace dos o tres semanas, me pregunta por las clases sin el más mínimo interés, ¡anda que no lo noto yo en la voz!. Ayer discutimos por lo de las vacaciones. Esta noche prepararé unas doradas para la cena, por hacer las paces más que nada.
Martes dieciséis. Esta mañana le he enseñado tres páginas a Paloma, la vecina, luego está la otra Paloma, la del tercero, la cotilla, con esa no quiero nada. Pues que le enseñé las páginas y alucinaba, me dijo que como puedo escribir estas cosas, que le suenan muy bien y muy de libro, de los de verdad. Me entró un cosquilleo que me gustó mucho, hasta me puse nerviosa. Le conté lo de las clases de literatura en la Asociación de Vecinos y abrió los ojos como platos, luego le enseñé los cuentos que estoy haciendo, leyó tres de un tirón y me dijo que le gustaron mucho porque pasan cosas como las de verdad, según ella.
Miércoles diecisiete. Hoy, en el autobús, me he encontrado con el tipo del pelo canoso, iba leyendo el periódico, me ha mirado las piernas, luego hacía como que no iba con él, que miraba por mirar, pero estaba pendiente de mí. Me gustaría que Felipe lo viese por una rendijita, dice que ya no me como dos roscas. Será porque no quiero. ¡ojalá yo supiese escribir de algo así!, de dos personas que se miran de reojo y vuelven la vista con rapidez.
Jueves dieciocho. Después de estar dándole a la cabeza, por la tarde, para hacer el relato no ha dado tiempo a leerlo, y todo porque los chicos que se sientan enfrenten se han enrollado más de la cuenta con los suyos, que parece que se lo tienen muy creído y que nadie escribe mejor que ellos. Al final yo también he encendido un cigarro, he mirado al techo y me he dado importancia, con aires de indiferencia, además lo que han leído no era nada del otro mundo, una tía que odia a uno, se pelean y vuelta a empezar, parece que no saben hacer nada de otros temas. Por lo menos en los míos pasan cosas como me dijo Paloma.
Viernes diecinueve. Nada especial, ayer se cayó Mario por la escalera, no se hizo nada pero se podía haber roto la crisma, bajan los escalones de tres en tres y un día les va a pasar algo. Esta noche Felipe tiene la partida de cartas con sus amigos, vendrá a las tantas, a lo mejor aprovecho para escribir algo, sí Mario y la niña se acuestan pronto, sí apago la tele, sí miro por la ventana y encuentro algo que me inspire porque dentro de casa...
Sábado veinte. En el Cerrefour toda la mañana, por lo de la compra, es el último día que voy con Felipe, total para verle el careto de amargado que más le vale que se quede en casa. Se coloca en medio del pasillo, alelado. Mientras empujaba el carro se me ocurrió una escena, para el cuento que tenemos que leer la semana próxima. Es una acción de celos y sobre ella construiré algo, la pareja, las miradas, el roce de las manos. No sé, recordaré cuando nos conocimos nosotros, o al Felipe de hace cuatro años, o en dos chicos jóvenes que se empujaban delante de mí, se hacían carantoñas junto a las estanterías de los licores. Jóvenes pero no mucho más que yo. Me parece mentira verme así, atada a unos niños, a un marido, a un carro de la compra, con treinta y pocos. Eso no me sirve.
Domingo veintiuno. Vinieron mis padres a comer, luego fuimos a casa de Marichu. El idiota de su marido, mi cuñado, tenía guardia en el hospital, no le cambio por Felipe. Por la noche no tenía ganas de escribir mientras éste veía el partido por la tele, sólo quería llorar y no sé bien el por qué. Mañana es lunes y tengo hora en la peluquería.
SEGÚN PARA QUIÉN, SEGÚN PARA QUÉ
A veces imagino que me despierto y el mundo se pone en marcha. Desde la ventana veo los semáforos que han recobrado sus guiños, sus parpadeos y las calles, recién abiertas, pierden la condición de pasillos estrechos que muestran con la oscuridad, las curvas borrosas acaban en rectas y se dejan alumbrar por tonos verdes o rojos. La calle renuncia a su embozo de túnel negro porque el café se calienta a las siete y media y me abre los ojos. Nunca del todo. Luego el agua de la ducha gorgotea sin piedad, y las luces, de una en una como fichas de un dominó, se encienden en las ventanas.
Y ya hay gente que avanza por las aceras, coches que vuelan por la calzada, ruidos o voces, y silba un viento suave que hace girar tres hojas o dos papeles, les hace posarse en las zanjas que aún se mantienen cerradas, aunque luego los hoyos se desperezan, abren sus fauces, tragan la porquería que empuja el aire, y después extienden las vallas que les aíslan del acoso de los viandantes, de la mujer que pasea un perro, y del borracho que durmió en la calle. Otra rutina, otra mañana que nace, porque a veces sueño que me despierto, no sé, o no me acuerdo, un estribillo monótono, y todo vuelve a comenzar, según para quién, según para qué. Después todas las luces de la ciudad se apagan al mismo tiempo, por no chocar con el sol que asoma allá lejos.
A veces sueño que me despierto y eso no es todo. En mi cabeza ya bailan cifras y algún afán inmediato, no debo perder el autobús de las ocho, tengo que separar las monedas para el periódico, y buscar otra corbata distinta a la de ayer, otra camisa, otra cara, no sé, otra sonrisa tal vez. porque el calendario dice que es abril. Primavera para todos ya ves, abril está a la vuelta de cualquier esquina. Abril es así, rayos de luz incoloros hasta que el humo, el vaivén y los rumores de la calle los tiznan de gris, de rojo, o de oro y el último se posa en la página abierta del periódico y no me deja leer, hasta que lo cierro cuando me espanta alguna noticia que ya lo hizo ayer. Y luego descanso la vista en las sombras de otros viajeros que me acompañan. O en la sombra de ella.
Porque a veces sueño con esa muchacha que está agarrada a la barra y mira al frente, o a la ventanilla sucia, o levanta la vista hasta el cielo sin tropezar con el techo ni el suelo. Es la chica de menos cinco, si desayuno deprisa la veo porque a y cinco ya habría pasado, a y cinco se me habría largado con su cazadora gris, el libro en la mano, la bolsa en bandolera y el gorro rojo que le tapa la frente. Apoyada en la barra vertical, junto a la puerta del autobús descolorido, la barra a la que se abraza de lunes a viernes, puntual a las ocho, como siempre. Y esa mirada que lleva aún es de invierno desde que la dejó el novio, seguro. Por eso las pestañas no quieren abrirse por no llorar, cuando el gris de la calle es de hierro, el azul no corresponde al cielo y los domingos son un desierto sin una cintura a la que abrazar. Y ella no sabe que mudó la estación, no lo ha leído en su piel, ahora sin besos, ni en la hora del reloj porque su reloj atrasa, y no media hora, no, atrasa dos meses, o una estación completa. Y no sabe que el sol se despereza antes, que somos de abril otra vez, aunque ella siga en enero.
Y a veces sólo imagino esa mirada de novia vacía, y con ella descubro los pasos del profesor viejo, el que ve tomar la curva al cuarenta y dos y corre porque no quiere perderlo, ni los papeles del portafolio mal cerrado, ni la factura que le asoma por el bolsillo, junto al tabaco y el pañuelo. El papel con los números que le asustan, la cuenta que ha de saldar cuando le abonen la deuda de unas clases mal pagadas, de una lección aritmética que no se cobra con nada. Al que desde la madrugada ya le asaltan las sombras de cincuenta jovenzuelos, le asustan las caras que gritan y no saben nada, las voces que recitan, como si fuese en latín, una gramática parda, una geografía loca o matemáticas falsas, los ecos de las voces de un noviembre oscuro y denso, de otoño. Porque él siempre vive en un noviembre frío, como la cuenta del banco que le muestra los números rojos con suficiencia, la cuenta que nunca cancela ese profesor viejo y sordo, el que sube al escalón sujetando los papeles, la cartera y la razón, al que la chica se aparta para dejarle pasar hacia adentro, y lo hace con la bufanda enrollada aunque hoy no sea otoño. Después el viejo resopla y se coloca en un rincón donde empieza a hacer calor porque el viaje es largo y lento.
Y a veces me imagino en el asiento y los veo a los dos, a la chica y al profesor. Y a un niño con su cartera, con la máquina de juegos y el jersey que le enrosca el cuello, el jersey sin enfundar porque él vive en varano, ya. Dice que estamos en junio, el de la mitad del año, el de verdad. Lo grita con la mirada, con los gestos apresurados y con las ganas de jugar. Otro junio, uno cualquiera porque siempre hace calor, porque siempre llueve hacia fuera y el frío no le salpica, ni a él ni a su alrededor. Es junio y treinta quiere exclamar, nos lo dice con la sonrisa porque ha ganado la partida al aparato infernal, otra vez y una vez más, con la manga remangada y los cabellos sin peinar, porque siempre va mascando esa goma de mascar, tres mil veces masticada al nacer otra mañana. Y casi olvida la parada en la que se tiene que apear, embrujado por la máquina perversa, la máquina de encantar. Otra mañana cualquiera.
Y a veces me despierto y pregunto —¡quién lo supiera!— qué día es, y que hora, y qué mes, según para quién, según para qué. Y qué fiesta nos espera, Navidad o San José, ¿a cual de los tres?, no sé, me da igual, allá cada cual. A veces pienso que el tiempo no siempre es cabal, que el reloj retrasa más cuando no le ves, o que el minutero avanza sin piedad. Según para quién, según para qué.
Ahora vamos a recordar a un genio, un tipo singular, un artista desconocido, pero... eminente
HABLAMOS DE
MARTINEZ
Hoy se cumple un nuevo aniversario, una fecha triste en la que evocamos diez años de la pérdida de un escritor eximio. Nuestra alma se empobreció un poco cuando la muerte puso fin al destino de otro hombre, no uno más, no uno cualquiera.
Hablamos de Martínez, esteta delicado, prosista exigente que culminó sus teorías con la expresión de una obra cumbre, unos ensayos deslumbrantes, una guía fundamental en el empleo de lenguas urbanas.
De sus estudios metódicos se derivan los exámenes postreros, testimonios de una extrema pureza formal. Discípulos y opositores comienzan a polemizar con sus tesis porque, mientras nos brindó su magisterio, le aplicaron pocos elogios y apenas mereció unos breves comentarios en determinada prensa. Un autor que no pudo generar diatribas apasionadas. Los aplausos encendidos y los honores póstumos quedaron para otros vanidosos que no los merecieron con tanta justicia. El genio tiene varias caras expuestas a la curiosidad pública y las muchedumbres tienden a girar en el mismo sentido que viaja la historia pero sin percibir más de un lado de su poliedro.
Sus partidarios sufrimos en silencio. Siempre confiábamos en la concesión de algún halago que se le negó en vida, y que empiezan a florecer tímidamente, una gratitud que no disfrutó nunca. Pocos alabaron sus análisis minuciosos y ahora parece que ciertas escuelas y centros de prestigio comienzan a interesarse por su obra, aunque sea de un modo cicatero. ¡Qué ingrato es el recuerdo cuando se trata de exaltar a un pensador de fuste! Cuanta indiferencia es capaz de malgastar la mente humana.
Los críticos que se amparan en un solo episodio refutaron sus teorías con la fuerza que confiere la vanguardia más incisiva, le tacharon de excesivamente posibilista, otros de dogmático. No fue hasta que se impusieron nuevas corrientes (recordemos a los racionalistas) cuando Martínez adquirió alguna notoriedad valiéndose de otros argumentos. El idioma no le agradeció nada y en los cenáculos y tertulias le ignoraron con desprecio. Tuvo que exiliarse dentro de sí mismo, refugiarse en la intimidad donde la franqueza y la sencillez fecundaron todos sus conceptos.
La Nueva Editorial tuvo a bien publicar una selección, apresurada y no sin ciertos prejuicios, de sus obras completas que pasó totalmente desapercibida. Martínez, todo humildad, apostaba por la modestia y con esa extravagancia, tan suya, se declaró admirador de la escuela del este. Le tacharon de servil en unos tiempos en los que las doctrinas vanguardistas causaban furor. Hoy aclamamos al visionario, ensalzamos al talento preclaro en su constancia, luz que a pesar del tiempo nos ilumina. Pocas veces encontraremos un autor que merezca tanto un panegírico, aunque sea tan humilde, como el que le dedicamos desde hace una década.
Ayer tuve ocasión de pronunciar este pequeño discurso ante el grupo que nos reunimos a la sombra de los cipreses y amparados por la nostalgia. Un corro de amigos, escaso, de los que mantuvo en vida Martínez. Brotaron algunos ramos de flores en las manos y alguien preparó unas cuartillas con lo más granado de su obra, que como es harto conocido, no se extendía con ligerezas absurdas.
“ quizá no sabemos nada o lo percibimos todo, las certidumbres nos alcanzan no más que al resto de los humanos y la evidencia se muestra esquiva con nosotros “, escribió estas palabras al final de sus “Ensayos Generales” y siempre resultan premonitorias.
Ahora resonaron nuevamente en la quietud del cementerio. Pocos, entre los que me encuentro, supimos interpretar las claves que contienen sus escritos. Este hombre disfrutaba de una idea sobria de la redacción y cuando apenas tenía algo que contarnos lo despachaba en treinta o cuarenta folios con caligrafía ajustada. Siempre sostuvo que era preferible la templanza a la palabrería estéril y de acuerdo con este concepto resolvía la profusión de su mente en tomos de mil y pico páginas donde procuraba condensar todos sus juicios.
Confieso que no logré terminar ninguno y creo que si todos somos sinceros la revelación sería general. Martínez insistía, reiteradamente, con estos proyectos desmesurados y tuvo que financiar, de su propio bolsillo, volúmenes enciclopédicos que luego colocaba entre sus conocidos con una obstinación pertinaz. Siempre se mantuvo alejado de los circuitos comerciales absurdos y de la notoriedad más vana.
Proseguimos con la lectura de sus párrafos más conmovedores, ¡qué fervor provocaron todavía!, no han pasado las modas por estas líneas que depositamos junto al mármol blanco y levemente cuarteado por el olvido. En una esquina crecían las hierbas salvajes apoyándose en una pared de ladrillo rojizo que se levanta a espaldas de la tumba, qué metáfora más atinada en aquel ángulo recoleto del cementerio.
El repaso del epitafio en la lápida hizo asomar lágrimas en algunos ojos. La penumbra alargada de los árboles y la valla de piedra nos restó luz en este crepúsculo lánguido de principios de diciembre. Estas tardes tan cortas que le gustaba atravesar en soledad porque Martínez recorría las calles impregnándose de otoño, transitaba por los parques de la ciudad, sostenido por las elucubraciones de su pensamiento. Caminaba con el cuello del abrigo subido y los ojos atentos para recibir algún color desparejo en aquellos anocheceres tristes de finales del año.
Ya dábamos por concluida la ofrenda cuando los más recalcitrantes insistieron en arreglar de nuevo la corona mortuoria y limpiar otra vez la tumba, en que recitásemos más pasajes del “Canto Melancólico a las mañanas perdidas”, tal vez una de sus obras más inextricables, pero la noche se nos echaba encima y el frío penetraba en los huesos, cortante como un cuchillo afilado. Algunos nos opusimos con leves carraspeos y un murmullo negativo sin embargo nos exhortaron, con miradas furibundas y algún gesto brusco, para prolongar la ceremonia.
Y de este modo se prosiguió con el curso del homenaje hasta convertirlo en interminable, Gómez tomó la palabra para reiterarnos el contenido de otra arenga semejante a la del año anterior, una repetición monótona que adornó con anécdotas falseadas y alabanzas excesivas, descritas sin empacho, después Morales y varios más dispensaron al extinto elogios empalagosos mezclados entre largos párrafos glosando su biografía e instándonos a resucitar su memoria. Se prodigaron sin límites y la noche cayó sobre nosotros entre la fanfarria que derrochaban estos incondicionales de última hora. No consiguieron sino aburrirnos con algo que, año tras año, oímos con una cantinela que ya resulta agobiante. Incluso la viuda inició una tenue retirada que cortaron en seco los más fanáticos.
Los mismos que casi se burlaban de su vulgar apellido negándole reciedumbre para triunfar en este proceloso oficio tan proclive a la envidia, o rehusándole ayuda y consejo mientras vivía, esos que siempre militaron en el bando de López de Alzugaray, su opositor más acérrimo, pero éste no ha escrito nada digno de encomio en los últimos años y está perdiendo influencia en las nuevas generaciones, sus antiguos acólitos cambiaron de facción con la misma facilidad con la que se mudan de camisa.
Ahora nos desdeñan a los discípulos de la primera hornada y parece que tratan de apoderarse del muerto para crear un mito, aunque tenga escasa solidez y si es posible medrar a su sombra, ¡lo que hay que ver!. Hoy se pelean por figurar entre sus partidarios más obstinados y se disputan el título de albaceas de una obra que alguno de ellos injuriaba sin disimulo no hace demasiado tiempo. Ayer asistieron al acto de luto riguroso, más que nunca, al finalizar volvieron a la carga con la petición de erigir un monumento a su memoria, sacralizar su figura y entronizar esta fecha como una de las más señaladas en el calendario anual de apologías en las letras universales.
Algunos nos retiramos francamente molestos, irritados, yo mismo no sé si he de volver el año próximo, prefiero rehuir a tanto adulador fogoso, además esta función ya me empieza a fastidiar, los advenedizos estorban mis propósitos, si no es en el aniversario de Martínez ya encontraré otro en el que pueda recitar mi arenga, no tengo porque sufrir sus impertinencias amén de otra lectura de la obra de este tipo que, si bien es amplia y contundente, no da para tanto. Sin duda que el asunto de la gloria y la estatua resultan adornos excesivos para este hombre porque seamos sinceros, los que le conocimos bien sabemos lo insustancial de su espíritu, un tipo que concedía más importancia a un billete para viajar en autobús que a una entrada del concierto más prestigioso, y un mezquino que paseaba sin descanso porque el café era un dispendio insoportable. Ahora quieren encumbrar a un personaje anodino que se encuentra en el vértice de una polémica que, desde luego, le viene grande.
Sólo hay que recordar los últimos años de su vida, vagaba de grupo en grupo mendigando una oportunidad, se desdecía de cualquier opinión que hubiese mantenido con firmeza si el cambio le reportaba algún provecho y, acosado por el fracaso, se entregó a la labor de reproducir, sin disimulo, las teorías que le pudiesen acarrear algo positivo a su penosa fama de inepto. El pobre Martínez sólo aspiraba al sustento cotidiano como cualquiera de nosotros. Eso lo sospeché siempre.
Terminó sus días plegando la pluma al dictado del poder, esforzándose por escribir loas imperdonables, todo por una mínima gavilla de laureles postreros. Tardía reacción, movimiento extemporáneo del que se burló la mayoría de aquellos que son algo en este mundo de las letras y que no le aportó mayores beneficios que una pensión ridícula de la Academia y algún doctorado honorífico de segundo orden con retribución epistolar, una placa pequeña en el muro de una calle y un nombramiento de hijo adoptivo en no sé qué pueblo lejano.
Estimado editor:
Sigo mi vagabundeo por lejanas tierras, la semana pasada estuve en el Imperio, ya sabe la tierra del Bus ese, también la de James Dean o Marilyn y la de Sacco y Vanzetti, viejos amigos.
Concretamente estuve en la América profunda, no sabría decirle si era Minnesota o Tennessee, Arkansas o Idaho, en cualquier caso conocí a Agnes, una mujer muy peculiar que me contó esta pequeña historia que le hago seguir:
¿SE
LO DIGO?, O NO
— Los Murray salen todos los sábados, a cenar —, se lo diré a Henry con el tono de voz muy bajo, para no molestarle.
El me mirará, como siempre, asomando los ojos por encima de las gafas mientras pasa las páginas del periódico con lentitud, también es posible que carraspee, o que cruce una pierna sobre la otra, ese pequeño gesto de fastidio que repite a menudo y que conozco tan bien, incluso puede ser que mueva los párpados, un aleteo rápido, poca cosa.
Luego, y sin levantar la vista del papel, creo que me preguntaría si está preparada nuestra cena porque son las ocho y media, y si tengo suerte, mucha suerte, tal vez obtenga de él otra frase.
— y tú, ¿cómo lo sabes? —, me puede interrogar.
Si eso ocurre no lo sabré, no sabré precisarle si salen a cenar o se van todos al cine. No sabré como decirle que las horas transcurren apacibles detrás de los visillos del salón, viendo entrar y salir a los Murray, desde por la mañana temprano hasta bien entrada la noche. Podría jurar que conozco todos sus horarios, los de ellos y los de sus hijos, sólo me falta concretar los fines de semana porque no hay gente más metódica que esta familia, es como si hubiésemos firmado un contrato que cumplen rigurosamente y se dejan ver a las mismas horas, de lunes a domingo, mientras yo permanezco aquí sentada, mirándoles. El tiempo vuela sin que me entere. Henry tampoco lo aprecia.
Claro está que, aparte de esa pequeña distracción, hago otras cosas, preparo los desayunos, el de Henry y el mío, luego él se va a la oficina y no vuelve hasta las ocho de la noche, o quizá más tarde si tiene una de sus periódicas cenas de trabajo, él las llama así, yo no les doy nombre, ya no. Durante años me calentaba la cabeza pensando en eso, es curioso que tenga que cenar fuera de casa cuatro o cinco veces al mes, siempre los viernes e incluso algún martes, todavía no he logrado descifrarlo. Ya no me importa.
Casi lo tengo olvidado, como la casa. Le dedico poco tiempo y ha dejado de preocuparme, no cambiamos las cortinas desde hace muchos años, ni el mobiliario, no barnizamos la escalera ni recibimos visitas. La madre de Henry murió hace una década, nuestro hijo vive en Europa y mi hermana Molly se fue a Canadá con su tercer marido, y eso queda demasiado lejos. No hay nada que nos altere o que me inquiete esta pasividad regular.
Estamos Henry y yo, solos, pero en realidad lo único que me interesa son los Murray, he llegado a esa bendita conclusión, ellos sí que me son fieles, lo he podido comprobar a lo largo de todos estos años. Ya hace más de diez.
Al principio, ya no recuerdo bien, lo intenté con los Murdock, pero tuve que desistir al poco tiempo, no hubo manera de controlarles durante el mes y medio en que los sometí a prueba. El tipo entraba y salía continuamente, creo que estaba en el paro y le llamaban para hacer pequeños trabajos en la vecindad, reponer algún cristal o algo de albañilería. Ver aparecer a Lewis Murdock en los momentos más insospechados me ponía muy nerviosa, como si rompiese un guión establecido, me obligaba a estar atenta continuamente, y como en esa época Henry y yo todavía hablábamos de algo, a veces se me escabullía el tal Murdock sin que me diese cuenta, por tratar de buscar una corbata en el armario para Henry.
La mujer de Lewis Murdock, Gladys, sí, creo que ese era su nombre, no pisaba la casa en todo el día, cuando no paseaba al perro se iba a la peluquería o de compras, o a ver a su madre, siempre lo pregonaba a gritos y si, por un error, no decía nada sospeché algunas de esas conjeturas, ¿a que otros sitios podría ir?. Sus horarios eran azarosos, muchas veces salía por la puerta trasera y yo sin saberlo, o partían a las dos de la tarde mientras yo esperaba en la ventana, horas y horas, hasta que aparecían de madrugada, vociferando, tambaleándose el uno sobre el otro, borrachos como he visto pocos. Henry me reconvenía algunas noches, en esa época todavía mostraba cierto interés porque visitase a nuestro médico, para relatarle mis experiencias.
Yo siempre me negué y lo he seguido haciendo, aunque ha pasado el tiempo y todavía recuerdo con aprensión mi experiencia con los Murdock y los problemas que me creaban. Su casa está en una esquina y hay dos abetos grandes que me estorban la visión. Tenía que hacer auténticas contorsiones para controlar la puerta. Más de una vez me sorprendieron en una postura poco airosa, llegaban desde la dirección opuesta por la que se habían ido, eran muy imprevisibles, caóticos y tuve que disimular como si estuviese limpiando los cristales o agacharme con precipitación, con el riesgo que corre mi espalda. Pronto decidí sustituirles. Se mudaron hace tres años, creo que ya no podían mantener esa casa.
Después pensé en utilizar a los Jhonson, pero en seguida me parecieron aburridos, además de toscos y descubrí que carecían de modales. Henry ya no me decía nada, sólo me miraba y movía la cabeza. Los Jhonson abandonaban la casa dando patadas a los trastos del patio, invariablemente, y discutían sus diferencias en medio de la calle, con voz airada. También los deseché después de una semana, miraba para otra parte si los veía venir a través del cristal, como a los Silvester, esa pareja que camina con aire despistado mientras arrastran el carro de la compra desde el coche que aparcan frente a nuestra casa, y que tienen tan poco que ofrecerme como otros similares que hay por la vecindad. Si me descuido casi me quedo sola con Henry.
El siempre me contempla cuando me coloco junto a la ventana y sigue sin decirme nada, desde hace años me ve allí, gira la cabeza y bosteza o tose, siempre le dan accesos de tos o mueve los ojos de una manera extraña, pero sin abrir la boca. Hace mucho tiempo que no hablamos más de diez minutos seguidos, ahora pocas veces llegan a cinco, y creo que dentro de poco se reducirán aún más. Henry siempre me ha mirado por encima de las gafas y todavía me observa sin opinar.
No sabe que los Murray son otra cosa, fríos, calculadores, organizados y estrictos, se puede confiar en ellos, me sirven de maravilla para mis propósitos, incluso sus hijos pequeños. Son fantásticos, no salen al jardín más tiempo del necesario y en verano aparecen al mediodía o los domingos por la tarde, puntuales como un reloj suizo. Organizan unas fiestas infantiles que son una delicia, más de una vez he estado tentada de asistir, me hubiese ofrecido de niñera, o camarera, para ayudarles a colocar los globos y los colgantes, cualquier cosa con tal de pasear entre esta gente, de tenerlos más cerca, no sé, algo. En la última que celebraron, hace dos semanas, estuve a punto de rondar por la acera, cerca de los parterres, sólo por verlos sin la barrera cotidiana del cristal.
Porque cerca, lo que se dice cerca, solo tengo a Henry y la verdad, no es mucho, podría sustituirle por una lámpara de pie, en una esquina del salón o por un perro de lanas que se acostase al lado de la mecedora, se me ocurren varias ideas, bastantes.
Aunque tal vez lo más adecuado sea no comentarle nada a Henry, dejar pasar el tiempo porque los Murray no le interesan, ni los Jhonson, tampoco los Silvester ni los de más allá. Hay muy poco en esta vida que llame su atención y conviene dejar que las cosas sigan su rumbo, o al menos que permanezcan como están. Al fin y al cabo estamos expuestos a cualquier sorpresa, un accidente de tráfico o alguna tontería casual y todo nuestro mundo se derrumbaría sin remedio. Es mejor que no removamos nada porque la casa está en orden, Henry sale los viernes, sí, pero vuelve siempre, todo se mantiene en calma y no hay porque desconfiar de la suerte. En cuanto a mí, yo no pierdo la esperanza con los Murray, aunque ellos no lo saben, pero el otro día les sorprendí, señalaban mi ventana, sonreían y el marido le hacía gestos a los niños, después se rieron todos y eso quiere decir algo, ¿no?.
Los Murray son otra cosa, lo sé.
LA ESPIRAL INFINITA
Todo empezó de mañana cuando el autobús enfiló las Rondas, las soberbias avenidas repletas de arboledas frondosas, ceñidas por amplias aceras. Pronto bordeó La Florida y ascendía por La Lateral entre un tráfico imparable, un tráfico turbio y espeso abriéndose paso entre las líneas blancas de la calzada, entre la gente que se apiñaba en las esquinas, o a las puertas de los comercios, o cruzaba la calle a un lado y a otro e iba a lo suyo, y nosotros, los pasajeros, nos dejábamos mecer por el traqueteo suave de aquel vehículo rojo.
La luz incidía arrancando los primeros brillos en los tejados negros, o lanzaba guiños, o empujaba sombras y la mañana me pareció que iba a ser hermosa, tanto como para emplearla en descubrir la ciudad, o como para perderla poco a poco en algún sueño loco porque la mañana nos emborrachaba de verde, o de azul y de rosa. Un día de esos en los que amanece de primavera y hasta hace calor. Entre tanto el autobús recorría los bulevares con una marcha cansina, ciñéndose a las curvas, remoloneando en las rectas, arrimándose al bordillo con cuidado, como si midiese las distancias, expresándose con un carraspeo bronco de viejo cacharro curtido en un millón de viajes, mientras un grupo de niños alborotaba en la parte de atrás, mientras un viejo leía un libro, a mi lado, y una señora con sombrero verde se acercaba a una ventanilla, sin duda que para curiosear, la primavera sin duda, y una pareja se arrullaba con descaro, dos asientos más allá.
Al poco se encaminó por la Avenida Casares, yo iba sentado en la fila de la derecha, más o menos a la altura de la mitad del pasillo, junto a la puerta de salida que se agitaba levemente con el movimiento de las ruedas sobre el adoquinado, y que se entreabría durante unos segundos, y me lanzaba pequeñas ráfagas de aire entre los huecos de las gomas que la enmarcaban, y casi era un juego infantil esquivar las rachas, el aire impaciente, y por poco me distrajo esa tontería, y casi no oía a los chicos del fondo, ni al viejo toser, ni a la señora del sombrero verde como se reía, o como se afanaba en mirar. Y casi no escuchaba nada.
Hasta que divisé la marquesina de la parada que está junto al mercado de la calle Este, el poste blanco con el techo verde en la que dos tipos levantaron el brazo al mismo tiempo, la vieja señal que entendemos todos. Pero el autobús no detuvo su marcha al pasar junto a ellos. No frenó, ni realizó el más mínimo indicio de hacerlo, no quiso moderar el rumbo, o no supo, o no pudo. O sólo que se le olvidó. Luego el cacharro tosió con fuerza al rebasar la primera esquina, con un bramido que me pareció de cansancio sin alterar su ritmo, con un gruñido que me pareció de sofoco. Y procedió sin inmutarse, como una flecha que sigue hasta que encuentre el blanco y yo giré la cabeza. Sólo para ver como los tipos alzaban los brazos con un gesto brusco, con un gesto de queja, sólo para ver como uno de ellos se apoyaba en el poste con cara de asombro, mientras el otro gritaba, mientras el autobús se alejaba con nosotros dentro dejando un pequeño reguero de humo, de voces, de lecturas y algún beso perdido, o media mirada.
Después busqué al conductor, adiviné su espalda, la gorra le cubría la cabeza, el cuello de la cazadora el rostro y el espejo retrovisor me enseñó unas gafas de sol que enfocaban al frente, con una fijeza que supuse monotonía, o aburrimiento, o indiferencia. Casi le disculpé, tantas horas sentado al volante le excusaban por saltarse una parada, por olvidar el reglamento, o por recrearse en la nada. Allá, unos centenares de metros más abajo estaba el siguiente poste, a la vuelta de una rotonda llena de arbustos que en este tiempo florecían teñidos de un verde rabioso, que se alzaban ufanos y hacia ella encaró el autobús rojo como el que apunta a una diana, o como el que viaja a su antojo.
El vehículo se acercó al objetivo, daba pequeños bandazos y se deslizó con algo de hastío; lo noté en seguida por la indolencia de sus movimientos y un poco antes de que llegase se oyó el timbre con el que otro viajero reclamaba su derecho a apearse. Era un tipo trajeado que portaba un maletín de cuero, y que consultó su reloj con gesto hosco, que nos miró a todos y luego a la espalda del conductor y después al cielo.
Ahora sí que se detendría, pensé. Esta vez no tenía disculpa y las aceras avanzaron despacio, o los árboles se acercaban sin prisa y las caras de los que aguardaban bajo el resguardo del techo metálico, en la calle, se hicieron reconocibles. Pero el ruido del motor no cesó, ni chirriaron las puertas al abrirse, porque no se movieron, ni la espalda del conductor se alteró, ni callaron las risas de los muchachos, o los juegos inocentes, ni los novios hablaron de otra cosa, o el viejo apartó la cara del libro, o se le calmó la tos. Ni se vieron nubes en el cielo.
¡vaya por Dios!, otro descuido, otra torpeza. El tipo del traje gris y del maletín elegante no hizo nada, salvo una pequeña mueca cuando observó su reloj despacio, muy despacio, salvo alzar las cejas con desgana para mirar al techo, salvo sentarse con calma y mover un poco la cabeza, nada, apenas nada. Nadie le prestó atención porque los escolares, que alborotaban en la parte de atrás, no dejaban de alborotar con los cromos y con las trenzas de dos niñas que se pusieron a su alcance, ni la señora del sombrero verde se apartó de la ventanilla, o la chica con una camiseta azul, sentada unos metros más allá, renunció a limarse una uña, ni los amantes a sus confidencias. Ni la espalda del conductor dejó de mantenerse rígida y tiesa.
Yo fui el único que abrió más los ojos, sólo para ver que recorrimos más curvas y deshicimos más rectas, o superamos todas las cuestas y hasta bajamos por los barrios del sur, lejos, muy lejos, y decidí acomodarme en la primavera para advertir como en las paradas nos saludaban, o se reían, o nos decían adiós, o admiraban la carrera de este carrusel sin calma y hasta un guardia nos hizo señas sin que se le hiciese caso, y remontamos la Estación Nueva sin detener la marcha. Yo me reía y disfrutaba y supe lo que es correr sin parar, casi volar, luego embocamos por la Calle Mayor y allí acelerábamos más. Dejamos atrás Siete Iglesias, me percaté con indiferencia, y los Bulevares Largos o las fábricas del Este y rodeamos el Parque Central y hasta un poco más allá, me daba igual un sitio que otro porque dentro de aquel espacio no se detuvieron las charlas, o los juegos de los chicos, ni las miradas al libro, o los besos, ni se alteró la espalda del conductor sordo, o las gafas del conductor ciego, ni el volante del autobús rojo, ni uno, ni todos. Era otra vida, otra calma, otro mundo que latía al vaivén de unas ruedas locas, al zarandeo de unas ruedas sin fin, de unas ruedas sin tregua.
Y seguimos el camino circular y seguimos avanzando en espiral, o inventando líneas quebradas, o trazábamos perfiles rectos otra vez por las Rondas, luego por la Avenida Casares, por los barrios del Sur y la Transversal, o la curva de la Estación Nueva y yo continuaba mirando. Y el verano nos alcanzó en Florida, y el otoño en la rotonda grande y la primera nevada en la avenida San Juan.
Entre la goma de las puertas se colaba ya un aire frío, o seco y las gotas de lluvia y pronto amaneció más tarde y anochecía antes aunque los niños no dejaban de alborotar en esta espiral infinita y los amantes ya fueron padres, o el viejo recomenzó el libro por duodécima vez y no se cansó de leer, o de toser y yo no me agoté de mirar las calles, observar como cambiaban, como crecían o como volaban y vi añadir pisos nuevos y hasta derribar manzanas y como afloraban parques, y como tendían calzadas abiertas a nuestro paso, o como cerraban paradas para limpiar el camino de esta espiral sin llegada.
Y yo aguardaba de nuevo otra primavera, o soñaba.
ADIOS RUDY
Ayer estaba guardando la ropa limpia en el armario cuando tuve la sensación de que mi marido había muerto.
Dicho así, sin una explicación previa, puede parecer una frase demasiado tajante, una afirmación fatal y no quisiera caer en un dramatismo ligero, pero es la verdad. Rudolph nunca jugaba con esas cosas, era tan severo con todo que no podía imaginarle haciendo bromas sobre el futuro, o apostando por la incertidumbre.
Cuando le vi apoyado en la barandilla del balcón, mientras yo recogía la ropa, ya empecé a preocuparme. Rudolph jamás se permitía una escena intrascendente, nunca cruzaba el límite que se había impuesto a sí mismo. La calle, para él, no era más que la prolongación de la puerta del apartamento, el destino obligatorio y lógico al que conducía la escalera de la casa, otro diente en la rueda que giraba sin descanso, y si salía, o entraba, no lo hacía más que para cumplimentar algún asunto inaplazable, para respetar las normas que se asignó con sobriedad. Le gustaba señalar eso con cierta indiferencia, e igual que se dirigía de una habitación a otra sabiendo en todo momento lo que tenía que hacer, de ningún modo consideró que lo que ocurriese al otro lado de los tabiques de nuestra casa mereciese un vistazo previo. Esto me lo repetía con insistencia.
Rudolph siempre mantuvo una seguridad pasmosa en su comportamiento, producto de un análisis previo, estricto y cabal. Invariablemente buceaba en las ventajas y los inconvenientes de cualquier asunto, por pequeño que fuese, antes de tomar una decisión. Sopesaba lo bueno y lo malo, elegía entre lo blanco y lo negro, descartando las otras opciones, y en cuanto llegaba a una conclusión sabía como transmitírmela y yo la cumplía a rajatabla. Después era inflexible con su determinación y sus juicios.
Por eso, cuando no me ayudó a recoger las prendas que estaban tendidas en el secadero, tal y como lo hacía cotidianamente, cuando no le vi aparecer con la ropa interior colocada sobre las toallas o las servilletas y estas, a su vez, sobrepuestas encima de las sábanas, todo ordenado con la corrección oportuna, sospeché lo peor. Presunciones que se vieron confirmadas cuando vi algunas de sus camisas sin ocupar la percha respectiva, abandonadas encima de una silla. Inaudito, algo estaba ocurriendo y algo grave. Rudolph no desatendía los compromisos de la agenda diaria así como así. Nunca lo hizo y yo sabía que nunca lo haría.
Me reconvine a mí misma por no haberme inquietado, con un grado más alto de responsabilidad, cuando le vi en el balcón a la hora en que no debería estar en el balcón. Esa escena debió disparar todas las alarmas. Las cosas, en nuestro hogar, no suceden de una forma imprevista y él siempre me lo hizo saber con terquedad.
—si algún día me ves haciendo algo inconveniente, piensa en lo peor— .
Debí poner en marcha mis reflejos de una manera más eficaz, con Rudolph la vida es muy sencilla y ordenada, casi feliz, basta con seguir el guión que siempre me marca con eficacia para que todo se desarrolle de una forma previsible y fácil. Estaba claro que, en esta ocasión, fallé ostensiblemente y no era la primera vez.
Recordé con pavor aquella otra tarde infausta, hace quince o veinte días. El no estaba en casa y tal vez por eso me permití ciertas alegrías, una frivolidad infantil. Pulsé el botón del equipo de música, a deshoras, saltándome todas las normas y no contenta con ello manipulé en el mando del sonido, luego abrí la puerta del balcón. Entró una brisa suave, envolvente, turbadora y por allí se escapaban las notas de la música que emitía el aparato. Rudolph había salido, por la mañana temprano, un motivo perentorio, me dijo. Supuse que podría gozar de algunos momentos libres, pero el demonio siempre acecha a los espíritus débiles. Me emborraché con las notas de la música, no hay duda, a eso se debe que empuñase el tirador de la puerta del balcón y de una forma alocada me asomase al exterior.
Allí abajo estaba Rudolph, era él, creí distinguirle entre las ramas de los árboles, charlaba animadamente con una joven, sonreían y sus manos estaban unidas. El vértigo me hizo retroceder espantada, quebrantar las reglas me producía alucinaciones o fantasías, las piernas me temblaron y tuve que sujetarme a la barandilla. En seguida abandoné el puesto con precipitación y no he vuelto a repetirlo, sólo pensar en ello me produce escalofríos y una sensación de culpabilidad irreprimible. Es más, como si se tratase de una casualidad fortuita, Rudolph, al anochecer de aquel día, me amonestó severamente por no haber completado mis labores diarias y después de la cena me repitió hasta tres veces su máxima predilecta, el consabido asunto de lo inconveniente y el final dramático.
Ayer, que Rudolph no diese señales de vida, que hubiese desaparecido
mientras yo estaba guardando la ropa limpia en el armario, que no atendiese al
primer requerimiento o que no me regañase por el desorden de la colada, me
indicó que se han cumplido todas sus previsiones.
A este hombre le conocí
hace tiempo y aún sigue allí, en la calle que es su casa, en la acera que es
su cielo, en el suelo.
DESDE LA ESQUINA
Ya le oigo, casi le siento, ¡ay si pudiese verle como se acerca! porque el viejo llega despacio, muy despacio, arrastra los pies como se mueve un caracol, no tiene prisa.
Al viejo le sobran las horas, como a mí, horas enteras que a él no le importa malgastarlas con un viaje de más, o con doblar diez esquinas o recorrer cien aceras. Le da otra vuelta a la tarde que se agota, otra curva sin ton ni son, y yo, sin moverme del sitio, le doy otra vuelta a los boletos entre las manos, y los recito con la misma letanía mientras me acaricia el aire, o adivino como se acerca la noche. Los voceo sin ganas.
Sé que alarga los últimos pasos hasta donde termina la acera, sólo por hacerse con el cupón, sólo por ver si le alcanza la suerte. La suerte para los dos, le ruego a la diosa con la voz muy baja. Un poco de suerte es lo que a mi me falta en esta esquina, en las mañanas largas y frías, en las horas eternas de mis tinieblas.
Luego Don Timoteo, el viejo, se detiene a mi lado y se apoya en el bastón. Primero tose, siempre lo hace para anunciar su presencia, pero ese ruido es inútil porque los pasos me lo anticipan, como otros muchos aunque los de Don Timoteo son distintos, más cansinos y lentos, disparejos, que sus apoyos son tres, las dos piernas y el palo en el que se reclina, que le anun