Félix Andrade


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Pájaros en la cabeza

 

    Otro día más, que hastío, otra nueva jornada en el campo. Observo el calendario pero no me consuela porque faltan varios meses hasta que lleguen las vacaciones y el plazo se volverá eterno.

              Desayuno pronto y luego le doy un vistazo a la hoja de los turnos. Hoy trabajo por la mañana, en la parcela grande, esa que está levemente inclinada y lejos del pueblo. Allí han sembrado trigo y es un puesto infame, de los peores, porque debo permanecer estático aunque no se me puede escapar ningún detalle, siempre con el ojo alerta y, por supuesto, tendré que avisar al encargado tan pronto como se produzca la primera incidencia.

              Las nuevas instrucciones son rigurosas, siempre tengo los papeles a mano con las reglas cortas, precisas y tajantes, basta con leerlas de una forma sosegada para entender su contenido y no es complicado. Se necesita prestar un poco de atención, las letras están diseñadas con caracteres grandes, del tamaño adecuado para que su lectura no sea una dificultad añadida, las frases están separadas por guiones y algunas subrayadas con un trazo grueso, a doble espacio. El texto es otra cosa, no se digiere fácilmente.

              Solo les diré que conviene pertrecharse de paciencia y, si me apuran, de cierta dosis de ingenuidad, en caso contrario uno no se explicara bien como se puede vejar a los empleados de una forma tan deliberada, como si el tiempo se hubiese detenido, igual que en las peores épocas de la esclavitud. Bien está que te traten de tonto, incluso de imbécil aunque nunca he distinguido, con claridad, la diferencia entre estos dos términos pero lo que no debería consentirse, bajo ningún concepto, y ahí deberían intervenir las autoridades, es que encima pretendan burlarse de los profesionales que ejercemos con nuestra mejor voluntad, que humillen a los que nos dedicamos a este oficio cuando saben que escasean las vocaciones.

              Un ejemplo, en el cuarto párrafo, dentro del capítulo segundo, se declara que el individuo, que vigila, ha de mantenerse enhiesto, con el ojo avizor y la mente despierta, la barbilla alzada y el gesto ceñudo pero no se refiere, en absoluto, a la problemática que nos ocasiona la lluvia o una mañana de frío, cuando la inactividad te entumece los músculos de las piernas y el aire parece que te siega la piel de la cara, y de la media hora, por otra parte obligatoria, para el bocadillo de las doce mejor olvidarse. Así están los tiempos.

              Como sigan por este camino van a convertir esta profesión en un tormento, y con estos cambios en las normas lo único que consiguen es empeorarlo todo. Este mes entra en vigor el precepto más reciente, ese que obliga a girar sobre uno mismo, como si el cuerpo fuese un eje en torno al cual debo moverme y sacudir los brazos. A cualquiera que tenga un mínimo de sentido común también debe parecerle insólito, pues imagínense como me siento y es que en la hoja de instrucciones no se da otra alternativa ni se sugiere otro movimiento, es más, en el artículo tercero se prohíben expresamente.

              No se puede andar, ni agacharse, tampoco tumbarse y se ha de permanecer todo el día erguido, midiendo el ángulo que forman la barbilla y el cuello, sacando pecho hasta que se pone el sol y atentos a la dirección del aire, casi como una máquina programada. Pues bien, eso es exactamente lo que propone el autor de este programa con su manual actualizado de instrucciones para espantar, sí para ahuyentar a los pájaros. Termina con una alocución exigiendo firmeza, constancia, marcialidad y lo subraya como un empleo que requiere una dedicación plena y exclusiva.

              No dejo de lamentarme, ahora pretenden que se espere la llegada de las aves sin otras armas que un disfraz viejo y una imitación grotesca de un molino de viento, revestido con las formas andrajosas de un guiñapo, calado con un sombrero de paja y unos trapos en las manos. Quieren, que en los días tormentosos, mueva los brazos como aspas, al compás de la ventolera e, insisten, según las últimas pautas, que debo simular un silbido si el aire que se infiltra entre los arbustos no resopla con el ánimo suficiente, nada de improvisaciones como antaño.

              Siempre hay algún gorrión que se envalentona y aterriza en mi cabeza, son los peores porque picotean sin importarles quién esté debajo, o los críos que vienen de bañarse en el río y me tiran piedras, o me insultan, pero las reglas ignoran estos incidentes. A pesar de todo yo estoy dispuesto a ejecutar esta faena tan ingrata, por otro lado no me queda más remedio, sin embargo no quiero que venga a verme la familia cuando salen de excursión al campo, se quedarían sorprendidos y con uno que haga el ridículo es suficiente.

              Los chicos se burlarían de mí al descubrirme con la chaqueta vieja y esa postura tan poco airosa. Es mi sino, nunca me ha acompañado la fortuna, empecé con esto hace muchos años, algo provisional, pensé con optimismo mientras preparaba las oposiciones, pero ha pasado el tiempo y no encuentro otra cosa. Para cualquier asunto piden estudios universitarios, inglés, experiencia, disponibilidad para viajar. Con este oficio me aseguro un sueldo aunque sea modesto.

              Un hombre cubierto de rastrojos, un espantajo en mitad del sembrado para ahuyentar a las aves que se acercan a la huerta, siempre con los brazos en cruz, ¡qué trabajo más pesado!. ¡Ah! Se me olvidaba, en el último convenio con el patrón logramos que aumentase el tamaño del sombrero porque al mediodía no hay quién aguante la solanera, pero sigue sin entregarnos ni una gota de agua en toda la jornada, dice que no conviene que nos distraigamos.

              A veces, en la soledad del campo, me imagino en otro empleo durante unos momentos, solo unos segundos, en una oficina al cobijo de una buena sombra, o despachando periódicos y aunque sé que es muy difícil debería intentarlo. Mi mujer me dice que más vale que me adapte y no tire todos estos años por la borda, luego refunfuña y me larga un sermón para que no sueñe tanto, que parece mentira como tengo la cabeza llena de pájaros.

 


 

   EN  PRIMERA  LINEA

  

              “No se anden con remilgos y atajen rápidamente los primeros brotes de rebeldía “ recomendó Don Amalio estirándose la corbata hasta retorcerla con un gesto muy suyo.

              El corro que formábamos se disolvió, y el lazo recuperó su aspecto habitual tan pronto como Don Amalio desliaba las manos de la tela y hundía el corpachón en los pliegues de la butaca. En seguida recobró la sonrisa beatífica. Don Amalio es un tipo gordo, alto, poco sanguíneo que apenas se excita por cualquier cosa, y sólo recurre a las frases grandilocuentes una vez al día. Pronto encendió uno de sus cigarrillos tan apestosos, y advertimos en él todas las señales cotidianas que nos indicaban que éste iba a ser un día plácido.

              Los jefes son así en este departamento. Pasean la vista por sus dominios, dan cuatro voces, con razón o sin ella, repiten un estribillo familiar y se entregan a la indolencia después de cumplir, vagamente, con las tres páginas de preámbulos que estipulan las ordenanzas, y asegurarse de que el chivo expiatorio se encuentra a su disposición, listo para apechugar con los errores que no tienen dueño.

              Luego un buen rato con el periódico favorito, una ojeada a la sala para observar la refriega que se prepara todos los días con el público que nos visita, o un poco de charla con los adjuntos. El café de las once es irrenunciable y después a reposar el desayuno que mañana es viernes, fin de mes y puede convertirse en una jornada frenética.

              Por lo demás el ambiente no era distinto al de cualquier día. El reloj, que sobresale en una de las paredes junto a la puerta de entrada, nos mostró que faltaban ocho minutos para llegar a las diez y el viejo caserón del ministerio se puso en pie de guerra.

              Los auxiliares de la primera línea avanzaron al unísono, animándose unos a otros con voces de aliento y se parapetaron detrás de los expedientes. Colocaron bolígrafos en los viejos mostradores de madera con vetas moteadas, y entre los pequeños huecos que se abrían junto a los papeles. Apuntando a la entrada principal por donde acometería el público en breves momentos.

              Alinearon los impresos y las pólizas sin dejar de musitar consignas entre ellos, palabras de consuelo y alguna frase irónica, mientras un voluntario alzaba las persianas de las ventanillas y una agrupación de refuerzo se apostó detrás de los archivadores que cubrían uno de los flancos. Toda la zona quedaba convenientemente fortificada con abundancia de trincheras y blocaos, bultos de papeles y columnas de folios y cédulas aunque se desestimó la colocación de las barreras, tan feas, fabricadas con postes metálicos y cordeles que alinean a la multitud como si esto fuese la entrada de un cine, podrían impedir que se acercasen demasiado las falanges de los adversarios. Siempre era preferible enfrentarse en un cuerpo a cuerpo resolutivo con ese público tan rebelde.

              Algunas torres de carpetas alcanzaban un tamaño considerable, suficiente para ocultar a un pelotón completo y todo su equipo, dos o tres máquinas de escribir, rimeros de hojas, legajos atrasados y un pequeño bloque de papel de calco que deberían repartirse entre todo el grupo. Los novatos iban a engrosar estos puestos tan ásperos y fumaban un cigarrillo tras otro, consumidos por los nervios, junto a ellos algún veterano resabiado, unos y otros eran carne de cañón. El que sobrevivía en este destino alcanzaba una reputación envidiable.

              Más atrás operaba la sección de reclamaciones, tipos fogueados y un poco vanidosos,  allí el ambiente era más distendido y a sus miembros, muchos de ellos con corbatas negras, se les podía ver ufanándose entre los distintos puestos sin agachar la cabeza para protegerse de algún proyectil que rebasase la línea de combate.

              El responsable de aquel grupo alardeaba de que entre sus hombres no se producían bajas debido a los accidentes que de vez en cuando salpicaban el campo de operaciones. Todos cumplían escrupulosamente las normas de prevención y conocían al dedillo las tretas de los querellantes. Escrutaban los pasillos desde su zona para ver si algún obstinado se interponía en su camino, son gente concienzuda en la que se puede confiar. Los de las últimas mesas miraban con suspicacia a los camaradas de la vanguardia que por ocupar un sitio más peligroso recibían doble ración de material. Los rincones más avanzados disfrutaban de sacapuntas metálicos.

              Por último la retaguardia que estaba ocupada por Don Amalio y los servicios generales con dos o tres secretarias, una de las cuales hacía ostentación de una grapadora encima de la mesa, el almacén de intendencia, la agrupación de fotocopias y una avanzadilla del cuartel general atendida por un grupo de burócratas con ínfulas de técnicos. Una vez estuve allí para que me facilitasen algunos impresos, casi todos me mostraron unos ademanes exquisitos y un carácter bondadoso y amable, se nota que están fuertemente recomendados y no sufren los rigores de la contienda diaria.

              Las diez en punto. Durante unos segundos aguardamos con la respiración contenida, cada cual en su puesto, las miradas expectantes, los gestos tensos sintiendo la presencia cercana del compañero que en estos momentos era más necesaria que nunca. Se hizo un silencio estremecedor, y cuando el clímax iba a estallar en mil pedazos el carro ruidoso de una vieja máquina de escribir nos rompió el hechizo. Núñez y uno los malditos informes que redacta tecleando detrás de una celosía. Algunos suspiraron aliviados, fue su última ocasión para la holganza.

              Por fin se abrieron las puertas y comenzaron las hostilidades. Las primeras escaramuzas no eran muy peligrosas, choques dialécticos sin importancia, portazos, malas caras, diligencias incompletas, reproches con poca enjundia, y alguna voz que sobresalía por sus tonos enérgicos. Pero cuando las filas engordaban sin avanzar y crecían los rumores entre el público, como si una serpiente se deslizase esparciendo su veneno, cuando algún tipo belicoso arengaba a la masa porque el reloj recorría su camino sin desmayo acercándose a las once, y los puntillosos comenzaron a barruntarse que se iban a clausurar varias ventanillas por el asunto del bocadillo del mediodía, justo en aquel momento se caldeaban los ánimos iniciándose la auténtica batalla.

              Gritos, amenazas, bravatas. El humo de los cigarros extendiéndose en columnas verticales y el suelo alfombrado de papeles. Los peores son los jubilados y algunas mujeres, arrollaban a todos saltándose filas y puestos con las excusas más insólitas y pugnaban a voces reclamando al responsable de la oficina para que diese la cara. Unos lanzaban sentencias iracundas contra el gobierno, y otros vociferaron despachándose con invectivas referidas a los impuestos que sólo alimentan vagos y chupatintas. Esta era la frase definitiva, es como si te nombran a tu madre. La campana que ponía en marcha el asalto final.

               Yo, desde mi puesto de ordenanza, bien parapetado detrás de una mesa fortificada por archivos y pliegos atrasados pendientes de cancelar asisto a la reyerta con la sangre fría que me caracteriza y con cierto sosiego pues el asunto no va conmigo.

              Adopto el gesto inexpresivo de un jugador de póker, contesto con evasivas al que me pregunta por una dependencia o tarareo cualquier melodía, como el que ve llover, y aunque se puede escapar algún empujón por mi zona es difícil que me alcance. A veces me despojo de la chaqueta que me podría delatar con sus galones plateados y me levanto, con gallardía, desde allí observo la grandeza del combate.

              Veo a Don Amalio dirigir las operaciones desde su puesto, bien protegido por sus hombres de confianza que se arremolinan en torno a su figura oronda como una guardia pretoriana. Formula dos sentencias infalibles, y reparte alguna instrucción confusa por medio de sus ayudantes.

              Entretanto hemos perdido algunas posiciones y dos auxiliares han tenido que retirarse con un sofocón tremendo. A la una de la tarde, incluso antes, Don Amalio ordena cerrar los portillos y nos decreta un repliegue general al otro lado del mostrador, trinchera inviolable. Allí recontamos las bajas después de prender a varios recalcitrantes que han invadido nuestro territorio. Los demás se retiran entre protestas y empujones aunque advierten que volverán al día siguiente. Son obstinados como mulas.

              Cuando se suspende el combate nos reunimos todos. Es un honor servir a las órdenes de Don Amalio, no se deja impresionar por un poco de ruido y siempre nos levanta la moral con palabras lisonjeras sobre la bizarría de tal o cual sección o por el acto heroico de algún esforzado. “ Alarguen, alarguen los trámites “ señala con reiteración oportuna acompañándose con un gesto de la mano.

              Además, es un hombre meticuloso que siempre encuentra un momento para acordarse de cumpleaños y otros aniversarios con delicadeza ejemplar, a nadie le falta una tarjeta de felicitación y unas palabras amables, claro que nosotros correspondemos como se merece. El año pasado le regalamos una cortadora de césped para su jardín, la automática, nos costó un ojo de la cara.

              El tiempo pasa raudo y las tres de la tarde se nos echan encima casi sin darnos cuenta, despedimos a los rehenes con amenazas, curamos alguna magulladura, alcohol y un poco de esparadrapo, peor son los insultos que dejan huellas más imborrables; luego reparto el correo entre la indiferencia de los afectados y relleno el crucigrama del periódico, mientras la mayoría se enzarza con una polémica trivial, o discuten la quiniela del domingo, asuntos que les ocupan su buena hora y media. No se ponen de acuerdo y a veces Don Amalio tiene que terciar en los pronósticos.    

 

 

 


 

Nosotros sí que éramos libres 

 

 

              Nosotros, sí, los que viajábamos en coches sin cinturones de seguridad, y sin air-bag, los que hacíamos viajes de diez o doce horas, con cinco personas en un seiscientos, y no sufríamos el síndrome de la clase turista. Nosotros no tuvimos frascos de medicinas a prueba de niños ni otras zarandajas. 

              Sí, nosotros, los que montábamos en bicicleta sin casco, y en los columpios, que eran de metal y con esquinas en pico, y jugábamos a “lo que hace la madre hacen los hijos”, esto es a ver quién era el más bestia. También jugábamos a “churro va” y nadie sufrió hernias, ni dislocaciones vertebrales. Nosotros salíamos de casa por las mañanas, vagábamos todo el día, y solo volvíamos cuando se encendían las luces de la calle. A nosotros nadie podía localizarnos. No había móviles. 

              Nos rompimos los huesos y los dientes y no había ninguna ley para castigar a los culpables. Nos abríamos la cabeza jugando a guerras de piedras, y no pasaba nada, eran cosas de niños y se curaban con mercromina y unos puntos. Nadie a quién culpar, sólo a nosotros mismos. Tuvimos peleas y nos zurrábamos unos a otros, y aprendimos a superarlo, así que no nos toquen... 

              También comíamos dulces y bebíamos refrescos, cuando podíamos, pero no estábamos obesos. Si acaso alguno era un poco gordo, el gordo de la pandilla y punto. 

              Nosotros estábamos siempre al aire libre, corriendo y jugando. Compartíamos los refrescos y el tabaco que fumábamos a escondidas, pero nadie se contagió de nada. Sólo con los piojos en el cole. Tampoco tuvimos playstations, nintendos, vídeo juegos, ciento noventa y nueve canales de televisión, colegio de pago, películas en vídeo, sonido surround, ordenadores ni internet. Nosotros tuvimos amigos. 

              Y nos divertíamos con las chapas, con la peonza, con las bolas, o persiguiéndonos al rescate...en fin tecnología punta. 

              Y ligábamos con las chicas persiguiéndolas para tocarlas el culo, no en un chat diciendo: )q D:P. Éramos responsables de nuestras acciones y arreábamos con las consecuencias. No había nadie para resolver eso. La idea de un padre protegiéndonos, si nos saltábamos alguna ley, era inadmisible. ¡ellos protegían las leyes!. 

              Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad, a lo mejor no bien repartido entre nosotros, pero aprendimos a crecer con todo ello. Vaya, que ¡nosotros sí que éramos libres!

 


 

 

EL AMIGO MANSO

 

 

             Le acompañé hasta la puerta y lo agradeció de veras, no hay nada como un buen camarada para superar los malos tragos, me confió entre un sollozo ligero. Mi amigo se apoyó en el rellano de la escalera de una forma indolente, como si se negase a bajar hasta la calle, tuve que animarle escogiendo las palabras oportunas, me supuso cierto esfuerzo porque en esta ocasión no surgían con facilidad.

              Vamos es sólo un diagnóstico, la realidad puede ser distinta, le espeté sin mucha convicción al tiempo que le guardaba la carta del médico en el bolsillo de la chaqueta, pero el intento resultaba vano, Manso, mi amigo Manso estaba sobrecogido y no dijo nada, mantenía la mirada fija sobreponiéndose a un hipo crispado, apenas acertó a observarme con los ojos llorosos y se refugió en un silencio impenetrable que por unos momentos se hizo espeso o agobiante.

              Se reclinó sobre la pared y tardó unos minutos en recobrarse. Yo, entretanto, le arreglaba el nudo de la corbata, y le propiné algún coscorrón amistoso al tiempo que repasaba los últimos años de su vida con escenas que me brotaban atropellándose, como su carácter tan espontáneo, incluso me pareció revivir el día de su último cumpleaños, pocas fechas atrás, el bullicio de la fiesta, las bromas, la borrachera con la que despedimos la velada cuando Manso desbordaba jovialidad y era otra persona, audaz, soberbio, avasallador, el Manso de siempre al que la vida le sonreía.

              Ahora todo aquello me parecía mentira o algo muy lejano después de una sucesión rápida y fugaz de trastornos o dolencias de las que Manso no salió bien parado y que terminaron, como remate, en esta enfermedad que le detectaban de una manera tan sorpresiva. Quiso la fatalidad que todo ocurriese así y el destino se mostró caprichoso y cruel con mi amigo.

              La fortuna no reparte sus dones con justicia, le solté sin medir mucho las palabras pero Manso estaba abatido, con la mente en blanco y sin ánimo como para discernir entre la profundidad de una frase acertada o cualquier tontería emitida sin otra reflexión. Bajaba los escalones como un sonámbulo y al fin alcanzamos la calle, sin embargo caminaba a mi lado inseguro, vacilante, dejándose conducir y falto de iniciativa; tuve que sujetarle al llegar al semáforo porque con su estado de abatimiento no apreció que cambiaron los colores en el poste, y le faltaron unos centímetros para terminar debajo de las ruedas de un autobús que frenó con una maniobra violenta.

              El conductor se apeó del vehículo abalanzándose sobre Manso, sin mediar palabras y antes de que yo pudiese intervenir le soltó un par de mamporros en la cara que le hicieron saltar los cristales de las gafas en mil pedazos, esas gafas de sol de las que Manso presumía siempre, y el tipo aún tuvo arrestos para atizarle un buen empujón, arrojándole contra una marquesina al tiempo que le llenaba de improperios. Aquella escena tan rápida me dejó paralizado, y ante la duda opté por ayudar a levantarse a mi amigo. Nos encontrábamos en esta situación cuando el autobús arrancó violentamente, mientras desde la ventanilla del conductor nos llovía, bueno le llovió a él, una buena catarata de insultos y amenazas.

              Manso estaba noqueado, se incorporó con dificultad apoyándose en mis brazos, sangraba por la nariz, poca cosa, un hilillo suave que manchó su camisa, miraba a su alrededor con los ojos vidriosos, como preguntándose qué le había sucedido. Varias personas se arremolinaron en torno a nosotros, siete, ocho, quizá alguna más, apenas hicieron nada por ayudarnos y la mayoría se preocupaba, con voces alteradas, por las causas del incidente. Yo bastante tuve con sujetar a Manso que casi se vuelve a derrumbar entre mis manos como para contestar a unos y a otros.

              La única que me auxilió fue una mujer, no cesaba de repetirme que se lo tenía bien merecido, que a quién se le ocurre ir insultando a la gente por la calle amparado en la compañía de un amigo. La miré estupefacto, sin entender nada de lo que me decía pero ella continuaba con su enredo mientras intentábamos que se reanimase y cuando un guardia, requerido por el bullicio, se acercó al grupo, que permanecía compacto, la señora no dudó en intervenir para señalar a Manso como el causante de todo el embrollo.

              La policía siempre me inspira confianza y este miembro del cuerpo no podía ser menos, pero el uniformado tomó notas en un rincón, como un árbitro imparcial bien que sin dejar de ser aleccionado por la mujer que actuaba como si le conociese desde siempre, y algún otro transeúnte que se le unió para declarar, con vehemencia insólita, en contra de Manso. En estas ocasiones siempre surgen espontáneos que aseguran haberlo visto todo. La mujer añadió, con gritos desaforados, que ella también era automovilista y varias veces había padecido los ataques verbales de gamberros como nosotros.

              En pocos segundos vi que también me alcanzaba a mí la ira colectiva que se había desatado en torno a mi amigo, la inmensa mayoría de la gente asentía, como un coro bien compenetrado, a los cargos que se fueron desgranando en nuestro debe al tiempo que formaban un corrillo inquietante. Aturdido dejé a Manso apoyado en una farola y me dispuse a defenderme con brío, por fortuna con mis primeras palabras encontré la comprensión de la buena señora que cambió de criterio con la misma rapidez con la que había adoptado el anterior y en la que creí reconocer a la dueña de un perrito caniche encantador que vive por el barrio, un perrito que va ladrando por la calle sin cesar aunque no estoy seguro de eso. Ella, sonriéndome, me liberó de cualquier responsabilidad en el incidente, aseguró que en realidad el único culpable era este tipo caído en el suelo que se dedicaba a insultar a los conductores protegido detrás de un semáforo y con el propósito notorio de provocar un percance.

              Respiré satisfecho, yo quedaba a salvo, entretanto Manso, sin recuperarse del todo, tuvo la lucidez suficiente como para intentar abalanzarse sobre la señora, ahora sí, llenándola de escarnios. El guardia intervino con rapidez reduciéndole contra un árbol al tiempo que solicitaba una ayuda que obtuvo de inmediato.

              Le sujetaron entre varias personas mientras era esposado con las manos a la espalda, yo mismo no hice nada por detenerles, preferí mantenerme en este lado de la ley y un muchacho que se ofreció voluntario le registró en busca de alguna navaja, siguiendo las indicaciones emitidas con mucha competencia por el agente, instrucciones que levantaron murmullos de admiración. Como quiera que algunos de los presentes se ofrecieron como testigos para informar sobre lo acontecido y estos alcanzasen un número sobrado el guardia nos solicitó a los demás que nos disolviésemos en aras de salvaguardar el orden público. Nos disolvimos, claro que sí y créanme que lo dijo con cara de pocos amigos.

              Y de esta forma tan extraña me vi en mitad de la calle despidiendo a Manso con un gesto leve. Contemplé como se alejaba inmovilizado entre el agente, dos individuos que se ofrecieron como escolta y con un pequeño cortejo de personas detrás de él. Les vi marcharse por el bulevar, perderse entre los grupos que paseaban y pensé en las paradojas de la vida, Manso, en otros tiempos un bullicioso contumaz, un juerguista desmedido, marchaba por la acera atribulado y con la cabeza hundida en medio de una pandilla numerosa que porfiaban entre ellos de una forma acalorada.

              Ciertamente no podía dejar sólo a mi amigo en esta situación y apenas me repuse de la sorpresa y después de meditarlo un par de horas, tiempo que me pareció prudencial, corrí a la comisaría para interesarme por su estado, no le vi en una sala donde estaban sentadas dos busconas y un borracho tambaleante, pregunté por él y me contestaron, para mi asombro, que le habían instalado en los calabozos junto con los de su pelaje. El responsable del centro, más comedido, me aclaró que una serie de coincidencias ingratas obraron en su contra. Entrar detenido un viernes por la noche, vísperas de fin de mes y en período de vacaciones no era ninguna bicoca, andaban escasos de personal y por tanto de mal humor. Fueron agravantes que se confabularon, imprevistos que maniobraban para que Manso se viese encerrado entre peligrosos delincuentes, todos juntos en la misma mazmorra. Carecían de la plantilla necesaria me precisó el buen hombre alzando las cejas con cierta irritación y dos o tres policías debían turnarse para vigilar a toda una caterva de acusados por robos, violaciones, algún asesinato y desórdenes públicos, entre ellos se encontraba mi amigo, envuelto en un incidente modesto.

              Me invitó a un café y charlamos largo rato sobre la vida y estos episodios ingratos que la embrollan sin remedio, me hablaba de los problemas de su profesión y hasta me detalló los puntos más conflictivos del convenio laboral que se estaba discutiendo, pequeñas confidencias que me hicieron olvidar el propósito de mi visita. El policía era un tipo muy simpático. Luego, entre todos, me rogaron que disculpase las contrariedades que se le podían ocasionar pero a la vista de los atenuantes que incidían sobre el caso y la magnífica disposición que me ofreció aquel señor tan amable y el resto de sus compañeros estimé el asunto comprensible. Saludé a Manso de lejos, a través de los barrotes, y allí le dejé al cuidado de aquellos amigos que me causaron tan grata impresión y confiando en su buen hacer.

              Lo peor en estas ocasiones es dejarse llevar por la ansiedad y Manso, tal vez, no supo estar a la altura de las circunstancias. Parece ser que según pasaban las horas recuperó lucidez y parte de su genio, desde el primer momento reivindicaba, con malos modales, una solución satisfactoria para su caso sin tener en cuenta que todos estos asuntos llevan su trámite y conviene adaptarse a la velocidad de los acontecimientos. Le suministré sus medicinas junto con ropa limpia y al tercer día le presentaron ante el juez.

              Este, un tipo bajito y con cara de pocos amigos, tenía encima de su mesa varios cientos de expedientes y en cinco minutos no pudo determinar, con claridad meridiana, todas las responsabilidades que se derivaron en un asunto de orden público, con dos ataques a pacíficos ciudadanos, interrupción del tráfico rodado y escándalo mayor. Yo creo que el magistrado hubiera querido hacer algo más para beneficiar a Manso pero las declaraciones que obraban en su poder eran irrefutables, yo me inhibí como es lógico y los testigos no se retractaron. Dictó una sentencia ecuánime mediante una multa modesta y eso si, alguna semana de internamiento.

              Le recluyeron en un penal cercano y para transportarle hubo de prepararse una nutrida caravana de escolta dada la violenta reacción de Manso que no aceptaba este destino de ninguna de las maneras. Hay que conocerle para saber el humor que se le pone cuando se le lleva la contraria, siempre le pasa igual, se lo he dicho muchas veces pero no sabe resignarse. Cuando salga de aquí, cuando salga de aquí, estas frases se convirtieron en un estribillo monótono que repetía sin descanso, retorciendo las manos con un gesto inconfundible.

              Ingenuo, no sabía lo que le esperaba. Fui a verle a la cárcel, le encontré muy frustrado, cada vez le dolía más el hígado y tenía el estómago hecho polvo, las medicinas no conseguían calmarle a pesar de que se reunían las condiciones para que llevase una vida tranquila y reposada, tal y como le prescribieron en la clínica. Aprovecha la ocasión para descansar y curarte, le recomendé con ahínco pero dudo mucho de que oyese mi argumento. Paseaba por la celda como un león enjaulado, daba patadas en las paredes y se agarraba a los hierros del ventanuco acompañándose con gritos irascibles, no es la mejor forma para hacer amigos, le dije otro día y como sigas gritando te va a doler la garganta, pero Manso era insensible a mis argumentos, mantenía la mirada fija en el trozo de cielo azul que se adivinaba a través de la claraboya y deshacía mis razones con una obsesión enfermiza, además ni se arreglaba la cama ni se presentaba por las mañanas en el patio, cuando hacían el recuento. En una semana le castigaron varias veces. Pobre hombre, a Manso le zarandeaban las contingencias como un rastrojo al que empuja el viento.

              Hay que saber arrostrar las dificultades con entereza pero Manso nunca ha participado de esa opinión, además era un irresponsable que sólo pensaba en sí mismo. Bueno, si nos atenemos a la verdad, un auténtico egoísta. Pocas semanas después se ganó varias estancias en las celdas de castigo, tonterías que fue cometiendo sin medir las consecuencias. Cuando le sacaron no se le ocurrió otra desfachatez que intentar una fuga arbitraria, amparándose en el puesto de confianza que le otorgaron en la cocina para que se preparase su comida de régimen a la vista de sus necesidades clínicas, ¡hombre, no se puede abusar de esa manera!. Descubrieron el saco de patatas, en el que se introdujo, sin la menor dificultad. Me enfadé mucho con él. No te metas en más líos, tú lo que tienes que hacer es tomarte las pastillas, leer y aprovechar los días de sol para dar una vuelta por el patio, le recomendé en la primera ocasión que me dejaron verle, tres o cuatro meses después de su entrada en el primer recinto carcelario, incluso le regalé una guitarra, pero su expediente iba engordando con las incidencias que provocaba hasta alcanzar un tamaño abultado y claro está, cuando se dan motivos la Justicia escudriña con saña.

              Supe que se unía, en las horas de paseo, con los tipos de la peor ralea en el nuevo penal al que le trasladaron, si bien no tenía otros compañeros donde elegir y, seamos sinceros, en el momento que hay varios sumarios sin resolver y las altas instancias necesitan resultados lo más lógico es recurrir a estos individuos para tapar los huecos de los expedientes. Yo, en su caso, haría lo mismo.

              Alguien dio la orden de indagar en el pasado de Manso y aunque no se obtenían pruebas concluyentes esos rasgos de bravucón y calavera no pasaron desapercibidos. Pronto le asociaron con varios casos antiguos, confrontando sus rasgos con los de las fotografías de otros malhechores que se exhibían en aeropuertos, estaciones de autobuses y tren, incluso en los grandes estadios y pese a que el parecido no era muy determinante, porque ha adelgazado mucho, si lo suficientemente vago como para inculparle en varias atrocidades que engordaron cuando algún testigo incómodo declaró imprecisiones, sin embargo añadió que según su parecer este pollo no era trigo limpio.

              Ten paciencia, le recomendé hace pocas fechas, hay veces que los errores brillan momentáneamente pero se termina imponiendo la razón, además, si el asunto se complica siempre te queda tu enfermedad que se agrava cada día y es posible que llegues a un desenlace fatal antes de seguir aquí, envuelto en este enredo. Manso se abalanzó sobre mí y si no es porque iba esposado me hubiese propinado una paliza enorme, lanzaba auténticas llamaradas de odio por los ojos, en cualquier caso se lo disculpo, en el último año le veo muy nervioso, enormemente excitado  y aunque la revisión del juicio se celebrará de inmediato tiene todas las de perder por un lado o por el otro, no creo que el abogado consiga hacer gran cosa. La opinión pública exige culpables y quiere un escarmiento ejemplar, su caso ya ha ocupado varias páginas en la sección de sucesos de la prensa y hace un tiempo que abolieron la pena de muerte pero Manso no lo tiene fácil para esquivar el cadalso. Siempre  hay excepciones aunque los partidos de la oposición reclaman su cabeza, como escarmiento para todos, y no parece lógico que el gobierno quiera desperdiciar las próximas elecciones. 


PRECISIONES DE UN SOLDADO LACÓNICO

 

              Alcanzábamos nubes de gloria, creímos atraparlas con las manos, créeme amigo, jamás habíamos sentido semejante emoción después de la batalla, pero sólo fue un sueño. Tal vez por la derrota, otra más, quizá por la retirada después de batirnos con una desventaja aplastante. Más de cien hombres entregaron la vida a cambio de un descalabro honroso. Eso es lo que leímos en los titulares de la prensa adicta, los reveses también tienen su precio, como bien sabes.

              Después, en la retaguardia, formamos unas líneas maltrechas y el comandante O´Connor nos felicitó a los supervivientes con su voz ronca y agitando el corpachón. Me recuerda al personaje de aquella película que vimos el año pasado, tan severo. Recurrió a los tópicos para relatarnos la gesta que ya conocemos sobradamente y que a él le ha llegado parcial y deformada.

              Más tarde quiso sorprendernos con una novedad, dos medallas de segunda clase que nos concedían por el heroísmo demostrado en la huída, teníamos que ponernos de acuerdo para lucirlas por turnos, ¡menudo timo!. Las condecoraciones no son cualquier cosa, y acuérdate que el presupuesto para fiestas no es infinito.

              También nos comentó, el comandante, que se suspenden los desfiles hasta el próximo verano. Es una pena porque a Sullivan le gusta la fanfarria, pero se ha quedado sin un brazo, le duele mucho la herida y ahora no podrá marchar al son de la música aunque tiene un puesto asegurado en la cocina del regimiento. Allí estuviste tú, convendrás conmigo en que es un sitio en el que hace falta gente irritada y dispuesta a montar broncas por cualquier tontería.

              A Smith también le han dado de baja, ha enloquecido con esquirlas de la metralla que le salpicaron en la cabeza, o por el estruendo de los bombardeos, siempre tuvo poca resistencia y demasiadas fantasías, los jefes se han enfadado mucho con él. Nos estamos quedando en cuadro y luego está lo de Flagherty, creo que no se va a reponer nunca, le han tenido que quitar el hígado y parte del estómago, los hay con suerte, para el otoño estará en casa y con las primeras nevadas de enero habrá muerto. Cuando eso ocurra, vete a saludar a la viuda de nuestra parte.

              Flagherty se perderá los combates de la primavera, esos en los que da gusto avanzar entre los trigales que verdean como alfombras gigantescas moteadas por las manchas de las encinas, o los tonos marrones de los robles que ascienden por las laderas, con caprichosas formas geométricas. Nuestras casacas rojas semejan filas inmensas de amapolas coloreando el paisaje, un resultado cromático insuperable, ojalá estuvieses aquí, uno u otro cae a nuestro lado, muertos, algunos heridos y un poco más allá también, pequeños tallos que se tronchan entre volutas de humo y el fragor de las explosiones lejanas.

              El avance de la caballería es digno de una obra de los mejores pintores, eso dice un compañero que estudió en Bellas Artes, sostiene que le dan ganas de parar la cabalgada audaz para inmortalizarles, creo que tiene razón, desde luego el efecto visual es magnífico. Yo procuraré situarme en las primeras líneas y luego subir a los cerros de la izquierda, desde allí se ve todo perfectamente, ya te contaré todos los detalles.

              No siempre nos salen las cosas tan bien y con tanta marcialidad. El último verano avanzamos por las serranías del sur, tú no te habías incorporado todavía, se presentó un clima muy caluroso, más de treinta grados a la sombra, una barbaridad. La tropa desoyó los consejos y nos desabrochábamos las guerreras, imágenes muy poco edificantes, ya lo sé.

              Al atravesar varios pueblos los vecinos nos abuchearon y nadie quiso posar con la agrupación, oímos algunos insultos muy fuertes y varios campesinos nos calificaron de banda de salteadores. Después, en la llanura y con el sol apretando de plano, Jhonson, un caradura increíble, se bebió el contenido de dos o tres cantimploras con avidez, luego nos rogaba que acabásemos con él, no podía soportar la marcha. Los compañeros no le hicieron caso y el oficial le regañó con vehemencia. Posteriormente nos contaron que se trastornó y andará extraviado por los valles solitarios, entre las huertas y las arboledas que vimos desde el camino, ¡menudo listo!, tenías que haberle conocido, otro al que ya hemos visto el pelo. Cualquier día le licencian por desertor, pero me parece que le importará un bledo, desde luego la paga de este mes no la cobra entera.

              Algunos otros tampoco y es que no se toman el oficio con seriedad, el carbonero sabe que su destino es arrastrar carbón toda su vida y el albañil está condenado a poner un ladrillo detrás de otro hasta la eternidad, eso lo dices tú siempre. En cambio los novatos de mi pelotón se creen que esto es una broma, un mal sueño que les durará unos días y no se esfuerzan mucho; por ejemplo, se imaginan que los prisioneros que capturamos son como turistas que se unieran a nosotros en una excursión para ver las pirámides, les dan conversación, no les escoltan y cuando esposamos a varios que se mostraban levantiscos se quedaron muy sorprendidos.

              Ya no hay vocaciones como antes, el oficial les retiene parte del sueldo hasta que espabilen, también se pone hecho una furia cuando les ve recién afeitados, o sin pizca de belicosidad, y se irrita sobremanera en el momento que le cuentan los textos de esas misivas tan cursis con las que informan a sus familias.

              Por cierto, yo tengo que escribir a la mía, me gustaría que les saludases, hazme ese favor, hace más de diez meses que no sé nada de ellos y con este asunto de la censura las noticias me llegan muy deslavazadas. Lo último que recuerdo es que alguien estaba muy feliz pero no sé quién, desde luego no creo que sea mi padre, en cuanto tiene ocasión no deja de repetirme que vuelva, que abandone, que ya está bien de juerga o guerras, y en casa hacen falta más brazos. Mi hermana se casó el año pasado con un tipo de la ciudad, un objetor de conciencia, y como el asunto le abochorna, anda ocultándose de la gente como un apestado, mi hermana podía haber elegido mejor, luego yo pago las consecuencias y no me licencian porque dicen que la lotería sólo toca una vez en cada casa.

              Así que aquí estoy yo, de batalla en batalla y de guerra en guerra, por esos caminos impracticables. Tú cuídate la herida y no tengas prisa por volver que esto sigue igual, ayer luchamos contra los húngaros, en las colinas, sube y baja todo el día, esta tarde nos vamos al norte, con lo que llueve, todo el día mojados y mañana Dios dirá, que uno da más vueltas que una peonza, y con este oficio tan agotador parecemos peregrinos, no hay forma de descansar.