Sueños 2.002/2.003  

 

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14 de diciembre de 2.003         

                                                                                      

Estimado editor:

Sigo mi vagabundeo por lejanas tierras, la semana pasada estuve en el Imperio, ya sabe la tierra del Bus ese, también la de James Dean o Marilyn y la de Sacco y Vanzetti, viejos amigos.

Concretamente estuve en la  América profunda, no sabría decirle si era Minnesota o Tennessee, Arkansas o Idaho, en cualquier caso conocí a Agnes, una mujer muy peculiar que me contó esta pequeña historia que le hago seguir:                                               

                                                     

 

                                                ¿SE LO DIGO?,  O NO

 

 

 

               — Los Murray salen todos los sábados, a cenar —, se lo diré a Henry con el tono de voz muy bajo, para no molestarle.

              El me mirará, como siempre, asomando los ojos por encima de las gafas mientras pasa las páginas del periódico con lentitud, también es posible que carraspee, o que cruce una pierna sobre la otra, ese pequeño gesto de fastidio que repite a menudo y que conozco tan bien, incluso puede ser que mueva los párpados, un aleteo rápido, poca cosa.

              Luego, y sin levantar la vista del papel, creo que me preguntaría si está preparada nuestra cena porque son las ocho y media, y si tengo suerte, mucha suerte, tal vez obtenga de él otra frase.

              — y tú, ¿cómo lo sabes? —, me puede interrogar.

              Si eso ocurre no lo sabré, no sabré precisarle si salen a cenar o se van todos al cine. No sabré como decirle que las horas transcurren apacibles detrás de los visillos del salón, viendo entrar y salir a los Murray, desde por la mañana temprano hasta bien entrada la noche. Podría jurar que conozco todos sus horarios, los de ellos y los de sus hijos, sólo me falta concretar los fines de semana porque no hay gente más metódica que esta familia, es como si hubiésemos firmado un contrato que cumplen rigurosamente y se dejan ver a las mismas horas, de lunes a domingo, mientras yo permanezco aquí sentada, mirándoles. El tiempo vuela sin que me entere. Henry tampoco lo aprecia.

              Claro está que, aparte de esa pequeña distracción, hago otras cosas, preparo los desayunos, el de Henry y el mío, luego él se va a la oficina y no vuelve hasta las ocho de la noche, o quizá más tarde si tiene una de sus periódicas cenas de trabajo, él las llama así, yo no les doy nombre, ya no. Durante años me calentaba la cabeza pensando en eso, es curioso que tenga que cenar fuera de casa cuatro o cinco veces al mes, siempre los viernes e incluso algún martes, todavía no he logrado descifrarlo. Ya no me importa.

              Casi lo tengo olvidado, como la casa. Le dedico poco tiempo y ha dejado de preocuparme, no cambiamos las cortinas desde hace muchos años, ni el mobiliario, no barnizamos la escalera ni recibimos visitas. La madre de Henry murió hace una década, nuestro hijo vive en Europa y mi hermana Molly se fue a Canadá con su tercer marido, y eso queda demasiado lejos. No hay nada que nos altere o que me inquiete esta pasividad regular.

              Estamos Henry y yo, solos, pero en realidad lo único que me interesa son los Murray, he llegado a esa bendita conclusión, ellos sí que me son fieles, lo he podido comprobar a lo largo de todos estos años. Ya  hace más de diez.

              Al principio, ya no recuerdo bien, lo intenté con los Murdock, pero tuve que desistir al poco tiempo, no hubo manera de controlarles durante el mes y medio en que los sometí a prueba. El tipo entraba y salía continuamente, creo que estaba en el paro y le llamaban para hacer pequeños trabajos en la vecindad, reponer algún cristal o algo de albañilería. Ver aparecer a Lewis Murdock en los momentos más insospechados me ponía muy nerviosa, como si rompiese un guión establecido, me obligaba a estar atenta continuamente, y como en esa época Henry y yo todavía hablábamos de algo, a veces se me escabullía el tal Murdock sin que me diese cuenta, por tratar de buscar una corbata en el armario para Henry.

              La mujer de Lewis Murdock, Gladys, sí, creo que ese era su nombre, no pisaba la casa en todo el día, cuando no paseaba al perro se iba a la peluquería o de compras, o a ver a su madre, siempre lo pregonaba a gritos y si, por un error, no decía nada sospeché algunas de esas conjeturas, ¿a que otros sitios podría ir?. Sus horarios eran azarosos, muchas veces salía por la puerta trasera y yo sin saberlo, o partían a las dos de la tarde mientras yo esperaba en la ventana, horas y horas, hasta que aparecían de madrugada, vociferando, tambaleándose el uno sobre el otro, borrachos como he visto pocos. Henry me reconvenía algunas noches, en esa época todavía mostraba cierto interés porque visitase a nuestro médico, para relatarle mis experiencias.

               Yo siempre me negué y lo he seguido haciendo, aunque ha pasado el tiempo y todavía recuerdo con aprensión mi experiencia con los Murdock y los problemas que me creaban. Su casa está en una esquina y hay dos abetos grandes que me estorban la visión. Tenía que hacer auténticas contorsiones para controlar la puerta. Más de una vez me sorprendieron en una postura poco airosa, llegaban desde la dirección opuesta por la que se habían ido, eran muy imprevisibles, caóticos y tuve que disimular como si estuviese limpiando los cristales o agacharme con precipitación, con el riesgo que corre mi espalda. Pronto decidí sustituirles. Se mudaron hace tres años, creo que ya no podían mantener esa casa.

              Después pensé en utilizar a los Jhonson, pero en seguida me parecieron aburridos, además de toscos y descubrí que carecían de modales. Henry ya no me decía nada, sólo me miraba y movía la cabeza. Los Jhonson abandonaban la casa dando patadas a los trastos del patio, invariablemente, y discutían sus diferencias en medio de la calle, con voz airada. También los deseché después de una semana, miraba para otra parte si los veía venir a través del cristal, como a los Silvester, esa pareja que camina con aire despistado mientras arrastran el carro de la compra desde el coche que aparcan frente a nuestra casa, y que tienen tan poco que ofrecerme como otros similares que hay por la vecindad. Si me descuido casi me quedo sola con Henry.

              El siempre me contempla cuando me coloco junto a la ventana y sigue sin decirme nada, desde hace años me ve allí, gira la cabeza y bosteza o tose, siempre le dan accesos de tos o mueve los ojos de una manera extraña, pero sin abrir la boca. Hace mucho tiempo que no hablamos más de diez minutos seguidos, ahora pocas veces llegan a cinco, y creo que dentro de poco se reducirán aún más. Henry siempre me ha mirado por encima de las gafas y todavía me observa sin opinar.

              No sabe que los Murray son otra cosa, fríos, calculadores, organizados y estrictos, se puede confiar en ellos, me sirven de maravilla para mis propósitos, incluso sus hijos pequeños. Son fantásticos, no salen al jardín más tiempo del necesario y en verano aparecen al mediodía o los domingos por la tarde, puntuales como un reloj suizo. Organizan unas fiestas infantiles que son una delicia, más de una vez he estado tentada de asistir, me hubiese ofrecido de niñera, o camarera, para ayudarles a colocar los globos y los colgantes, cualquier cosa con tal de pasear entre esta gente, de tenerlos más cerca, no sé, algo. En la última que celebraron, hace dos semanas, estuve a punto de rondar por la acera, cerca de los parterres, sólo por verlos sin la barrera cotidiana del cristal.

              Porque cerca, lo que se dice cerca, solo tengo a Henry y la verdad, no es mucho, podría sustituirle por una lámpara de pie, en una esquina del salón o por un perro de lanas que se acostase al lado de la mecedora, se me ocurren varias ideas, bastantes.

              Aunque tal vez lo más adecuado sea no comentarle nada a Henry, dejar pasar el tiempo porque los Murray no le interesan, ni los Jhonson, tampoco los Silvester ni los de más allá. Hay muy poco en esta vida que llame su atención y conviene dejar que las cosas sigan su rumbo, o al menos que permanezcan como están. Al fin y al cabo estamos expuestos a cualquier sorpresa, un accidente de tráfico o alguna tontería casual y todo nuestro mundo se derrumbaría sin remedio. Es mejor que no removamos nada porque la casa está en orden, Henry sale los viernes, sí, pero vuelve siempre, todo se mantiene en calma y no hay porque desconfiar de la suerte. En cuanto a mí, yo no pierdo la esperanza con los Murray, aunque ellos no lo saben, pero el otro día les sorprendí, señalaban mi ventana, sonreían y el marido le hacía gestos a los niños, después se rieron todos y eso quiere decir algo, ¿no?.

              Los Murray son otra cosa, lo sé.             

 

                                                                       KARLOS  MAX

 

 

6 de diciembre de 2.003                                                                                               

  

SI VINIERA DELIO…

 

Si viniera Delio, si al fin se decidiera… Su timidez parece una barrera infranqueable. Lo conozco bien, aunque nos veamos poco, menos de lo que quisiera. He visto en él una mirada indecisa cuando le hablo de mi situación. Incluso poniéndole en lo peor evita iniciativas… Se lamenta Nerea con esta breve reflexión que interrumpe su lectura, cuando el sonido de la campanilla vuelve a turbar la quietud de la estancia en esos escasos momentos que tiene para sentarse en el sofá junto a la ventana.

     Contrariada, deja el libro sobre la camilla y se encamina al dormitorio. La vieja, ya dejó de ser abuela para ella, insiste, llama con un grito desesperado. Entra aparentando calma: “Calle, calle, que ya estoy aquí. ¿Qué le pasa? Despacio, despacio, si habla atropelladamente, no la entenderé. Agua, sí, agua. No; que le coloque la cabeza… ¡Si ya tiene la almohada levantada con un cojín! Ese olor, Dios mío, le tengo dicho que avise antes, se lo ha vuelto a hacer todo encima…”

     Con resignación, en silencio, pero maldiciendo por dentro, Nerea la limpia. La palangana con un agua limpia que se enturbia al instante, la esponja, el jabón, y de nuevo la queja: Si al menos se pudiera mover, con lo que pesa, como un muerto, y el asco de recoger lo que suelta. Y por qué mi madre, que se fue tras atenderla varios años. ¿Por qué la madre antes que la abuela? ¡Qué injusta es la vida! La vieja acabó con su hija, y lo hará con su nieta… Su nieta que va para los cuarenta, que acabará perdiendo el tren de la vida porque la tiene aquí enclaustrada, detrás de cada llamada, cada caprichosa llamada, y pasan los años atendiéndola, y una no es una belleza, pero tiene su corazoncito y sus pretensiones… De qué sirve, qué hace una mujer de ochenta y siete años, inválida, inútil, con las funciones básicas disminuidas: estar muerta en vida, y lastrar la mía, arrastrarme… He pensado muchas veces…, sí, pero mi madre me hizo prometer cuidarla… Si viniera Delio…si al fin se decidiera… Pero, cuando creo que mi relato infunde en él una cierta inquietud, la que genera ese hilo invisible que a veces nos mueve, duda, piensa, para acabar bajando la cabeza, y como yo,  parece resignarse…    

Ha venido Delio. Me avisó la vecina. En un pueblo tan pequeño, todo se sabe. Pero lo presentí cuando oí el zumbido del motor de su cascada furgoneta. A la fuerza todos pasan por esta calle. Luego volvería a saludarme, ya son dos semanas. Y aquí está, tomando mi mano entre las suyas, apretándolas, con esa fuerza, y mirando al suelo, para evitar mi mirada. Tosco y tímido, pero el único que se fijó en mí. Tuve suerte de decidirme a salir aquel único día en el que coincidimos. Fue en las fiestas; casi le obligué a que me sacara a bailar. Un único día que sirvió para que ahora venga a verme, porque a mi vuelta la vieja me culpó de abandonarla; sólo unas horas y hasta me maldijo.  No he vuelto a salir.  Tosco, sí, pero es el que me espera paciente. Tímido, pero es el origen de este escalofrío en mis entrañas… 

Los momentos de paz no duran. La campanilla vuelve a sonar para cortar el intento de Delio de hurgar tras la blusa de Nerea, que se sobresalta y se indigna. “Lo hace adrede, nos ha oído hablar; todo el día, Señor, Señor…” Y él que parece querer tranquilizarla, y al fondo los gritos ininteligibles, y ella que se dirige al dormitorio, las palmas de la mano hacia abajo, pidiendo silencio a Delio, que la sigue. “Ella no debe verte, aunque oiga, que no sepa, ¿o sabe?”. “Ya estoy aquí de nuevo. ¿a qué tanto ruido? ¡La almohada: si ha echado lo poco que desayunó! Ande, aparte un poco la cabeza, que le cambio el almohadón; el gotero, si va bien, no se preocupe… Cuando vuelva la lavo…”

     Y ella: “¡No sabes qué harta me tiene!, anda, ve al salón y espérame”, le dice a Delio al salir con el almohadón recién vomitado. Y Delio, sin moverse, la ve partir hacia la cocina y abre la entornada puerta; y la vieja, que lo ve entrar, los ojos de par en par, arqueando las cejas, crispa los dedos sobre la colcha y trata de incorporarse. Y él, nervioso, toma la almohada desnuda de debajo de su cabeza y, ahogando un grito desgarrado, la pone sobre su entubada cara, y aprieta, decidido, hasta que cesa todo…

     Y ella que vuelve de la cocina casi jadeando y ve la escena, y lo mira, y recuerda: si al fin se decidiera... Y él, tímido, remiso, que baja la vista al suelo, evitándola…              

 Ángel Gómez Romo

  

23 de noviembre de 2.003                                                                                               

                                                    

               

                                            LA ESPIRAL INFINITA

 

 

 

              Todo empezó de mañana cuando el autobús enfiló las Rondas, las soberbias avenidas repletas de arboledas frondosas, ceñidas por amplias aceras. Pronto bordeó La Florida y ascendía por La Lateral entre un tráfico imparable, un tráfico turbio y espeso abriéndose paso entre las líneas blancas de la calzada, entre la gente que se apiñaba en las esquinas, o a las puertas de los comercios, o cruzaba la calle a un lado y a otro e iba a lo suyo, y nosotros, los pasajeros, nos dejábamos mecer por el traqueteo suave de aquel vehículo rojo.

              La luz incidía arrancando los primeros brillos en los tejados negros, o lanzaba guiños, o empujaba sombras y la mañana me pareció que iba a ser hermosa, tanto como para emplearla en descubrir la ciudad, o como para perderla poco a poco en algún sueño loco porque la mañana nos emborrachaba de verde, o de azul y de rosa. Un día de esos en los que amanece de primavera y hasta hace calor. Entre tanto el autobús recorría los bulevares con una marcha cansina, ciñéndose a las curvas, remoloneando en las rectas, arrimándose al bordillo con cuidado, como si midiese las distancias, expresándose con un carraspeo bronco de viejo cacharro curtido en un millón de viajes, mientras un grupo de niños alborotaba en la parte de atrás, mientras un viejo leía un libro, a mi lado, y una señora con sombrero verde se acercaba a una ventanilla, sin duda que para curiosear, la primavera sin duda, y una pareja se arrullaba con descaro, dos asientos más allá.

              Al poco se encaminó por la Avenida Casares, yo iba sentado en la fila de la derecha, más o menos a la altura de la mitad del pasillo, junto a la puerta de salida que se agitaba levemente con el movimiento de las ruedas sobre el adoquinado, y que se entreabría durante unos segundos, y me lanzaba pequeñas ráfagas de aire entre los huecos de las gomas que la enmarcaban, y casi era un juego infantil esquivar las rachas, el aire impaciente, y por poco me distrajo esa tontería, y casi no oía a los chicos del fondo, ni al viejo toser, ni a la señora del sombrero verde como se reía, o como se afanaba en mirar. Y casi no escuchaba nada.

              Hasta que divisé la marquesina de la parada que está junto al mercado de la calle Este, el poste blanco con el techo verde en la que dos tipos levantaron el brazo al mismo tiempo, la vieja señal que entendemos todos. Pero el autobús no detuvo su marcha al pasar junto a ellos. No frenó, ni realizó el más mínimo indicio de hacerlo, no quiso moderar el rumbo, o no supo, o no pudo. O sólo que se le olvidó. Luego el cacharro tosió con fuerza al rebasar la primera esquina, con un bramido que me pareció de cansancio sin alterar su ritmo, con un gruñido que me pareció de sofoco. Y procedió sin inmutarse, como una flecha que sigue hasta que encuentre el blanco y yo giré la cabeza. Sólo para ver como los tipos alzaban los brazos con un gesto brusco, con un gesto de queja, sólo para ver como uno de ellos se apoyaba en el poste con cara de asombro, mientras el otro gritaba, mientras el autobús se alejaba con nosotros dentro dejando un pequeño reguero de humo, de voces, de lecturas y algún beso perdido, o media mirada.

              Después busqué al conductor, adiviné su espalda, la gorra le cubría la cabeza, el cuello de la cazadora el rostro y el espejo retrovisor me enseñó unas gafas de sol que enfocaban al frente, con una fijeza que supuse monotonía, o aburrimiento, o indiferencia. Casi le disculpé, tantas horas sentado al volante le excusaban por saltarse una parada, por olvidar el reglamento, o por recrearse en la nada. Allá, unos centenares de metros más abajo estaba el siguiente poste, a la vuelta de una rotonda llena de arbustos que en este tiempo florecían teñidos de un verde rabioso, que se alzaban ufanos y hacia ella encaró el autobús rojo como el que apunta a una diana, o como el que viaja a su antojo.

              El vehículo se acercó al objetivo, daba pequeños bandazos y se deslizó con algo de hastío; lo noté en seguida por la indolencia de sus movimientos y un poco antes de que llegase se oyó el timbre con el que otro viajero reclamaba su derecho a apearse. Era un tipo trajeado que portaba un maletín de cuero, y que consultó su reloj con gesto hosco, que nos miró a todos y luego a la espalda del conductor y después al cielo.

              Ahora sí que se detendría, pensé. Esta vez no tenía disculpa y las aceras avanzaron despacio, o los árboles se acercaban sin prisa y las caras de los que aguardaban bajo el resguardo del techo metálico, en la calle, se hicieron reconocibles. Pero el ruido del motor no cesó, ni chirriaron las puertas al abrirse, porque no se movieron, ni la espalda del conductor se alteró, ni callaron las risas de los muchachos, o los juegos inocentes, ni los novios hablaron de otra cosa, o el viejo apartó la cara del libro, o se le calmó la tos. Ni se vieron nubes en el cielo.

              ¡vaya por Dios!, otro descuido, otra torpeza. El tipo del traje gris y del maletín elegante no hizo nada, salvo una pequeña mueca cuando observó su reloj despacio, muy despacio, salvo alzar las cejas con desgana para mirar al techo, salvo sentarse con calma y mover un poco la cabeza, nada, apenas nada. Nadie le prestó atención porque los escolares, que alborotaban en la parte de atrás, no dejaban de alborotar con los cromos y con las trenzas de dos niñas que se pusieron a su alcance, ni la señora del sombrero verde se apartó de la ventanilla, o la chica con  una camiseta azul, sentada unos metros más allá, renunció a limarse una uña, ni los amantes a sus confidencias. Ni la espalda del conductor dejó de mantenerse rígida y tiesa.

              Yo fui el único que abrió más los ojos, sólo para ver que recorrimos más curvas y deshicimos más rectas, o superamos todas las cuestas y hasta bajamos por los barrios del sur, lejos, muy lejos, y decidí acomodarme en la primavera para advertir como en las paradas nos saludaban, o se reían, o nos decían adiós, o admiraban la carrera de este carrusel sin calma y hasta un guardia nos hizo señas sin que se le hiciese caso, y remontamos la Estación Nueva sin detener la marcha. Yo me reía y disfrutaba y supe lo que es correr sin parar, casi volar, luego embocamos por la Calle Mayor y allí acelerábamos más. Dejamos atrás Siete Iglesias, me percaté con indiferencia, y los Bulevares Largos o las fábricas del Este y rodeamos el Parque Central y hasta un poco más allá, me daba igual un sitio que otro porque dentro de aquel espacio no se detuvieron las charlas, o los juegos de los chicos, ni las miradas al libro, o los besos, ni se alteró la espalda del conductor sordo, o las gafas del conductor ciego, ni el volante del autobús rojo, ni uno, ni todos. Era otra vida, otra calma, otro mundo que latía al vaivén de unas ruedas locas, al zarandeo de unas ruedas sin fin, de unas ruedas sin tregua.

              Y seguimos el camino circular y seguimos avanzando en espiral, o inventando líneas quebradas, o trazábamos perfiles rectos otra vez por las Rondas, luego por la Avenida Casares, por los barrios del Sur y la Transversal, o la curva de la Estación Nueva y yo continuaba mirando. Y el verano nos alcanzó en Florida, y el otoño en la rotonda grande y la primera nevada en la avenida San Juan.             

              Entre la goma de las puertas se colaba ya un aire frío, o seco y las gotas de lluvia y pronto amaneció más tarde y anochecía antes aunque los niños no dejaban de alborotar en esta espiral infinita y los amantes ya fueron padres, o el viejo recomenzó el libro por duodécima vez y no se cansó de leer, o de toser y yo no me agoté de mirar las calles, observar como cambiaban, como crecían o como volaban y vi añadir pisos nuevos y hasta derribar manzanas y como afloraban parques, y como tendían calzadas abiertas a nuestro paso, o como cerraban paradas para limpiar el camino de esta espiral sin llegada.

              Y yo aguardaba de nuevo otra primavera, o soñaba.

        

                                                             KARLOS MAX

 

 

26 de octubre de 2.003                                                            

 

 

UN OLOR TENAZ 

 

 

I

 

 

Jueves 12

El día empieza para ella como tantos otros, con esa expresión de hastío que deja la monotonía de no hacer otra cosa que las faenas domésticas, ese continuo estar pendiente de todo lo consustancial a su hogar, de comprobar que todo está en orden, la limpieza, la comida, la ropa, de asegurarse de que los niños han salido a su hora, vestidos y desayunados…

     Pero hoy se muestra distinta. Ha mirado por la ventana para ver la luminosidad del día, y ha aspirado con fuerza el aire, como si lo hubiera estado necesitando. Ha acompañado el beso a los niños de un fuerte abrazo, y hasta tararea una canción, costumbre que tenía olvidada. Distinta, sí, porque hace ya mucho tiempo que su rostro era un reflejo del cansancio; que su mirada, perdida, dejaba entrever sólo desánimo; que transmitía  indiferencia, apatía, resignación, y estos pequeños detalles de hoy parecen efecto de un cierto cambio. 

     Se ha quedado sola hace poco más de una hora, en la que ha disfrutado de un silencio placentero. Ahora se afana en sellar con silicona un viejo arcón que heredó de sus antepasados, en una sala de estar en la que ha abierto el balcón de par en par, porque hay en ella un olor incipiente, denso y característico, que requiere ventilación.

     En medio de la paz del momento, surgen murmullos que vienen de la escalera, y que no hacen sino interrumpir su quehacer pausado. Deja el tubo sobre el arcón y se acerca a la mirilla. Es su madre, que se ha equivocado otra vez de piso y viene con el vecino de turno, que la acompaña hasta la puerta.

     - Hola mamá – dice, mientras se besan, al tiempo que despide al vecino: - Gracias por acercarla. Ya sabe, la memoria.

     - ¡Pero mamá! – se encrespa, ¿no vas a saber nunca que vivo en el tercero? Es fácil. Y con la C de Carmen, la de mi nombre. No creo que sea tan complicado, vamos, digo yo.

     - ¡Qué sé yo, hija! Si nos vemos tan de tarde en tarde…

     - Bueno, anda, siéntate. No sé qué haces aquí tan temprano. ¿Quieres tomar algo?

     - Ahora no, gracias – dice, mientras, en vez de sentarse, se encamina hacia la sala de estar.

     Al entrar, husmea, intentando encontrar el foco del olor que ha notado.

     - ¡Qué mal huele! Como a podrido…, y a naftalina, o así. Aquí ha pasado algo – dice, mientras posa el dedo índice en su labio superior, con aire detectivesco.

     Carmen, que la seguía de cerca, duda antes de contestar, pero se decide: - Tu nieta…vomitó dentro del arcón. Ya sabes, ella y su hermano, se meten en él a jugar…Lo he estado limpiando.

     La madre se acerca con intención de abrirlo. Carmen, nerviosa, pero decidida, se lo impide con brusquedad y la oposición de las palmas de sus manos: - ¡No lo toques! Lo estoy sellando con silicona - nada de naftalina como  supones -, para que no vuelva a suceder. ¡Menudo trabajo me ha dado!

     - Bueno, bueno, vamos al salón – rezonga, contrariada, su progenitora -. Pero cierra la puerta, que el olor se te va a meter por toda la casa.

- Ve tú delante, anda, que quiero acabar con esto. 

 

II 

 

Viernes 13

El teléfono suena para interrumpir la corta cabezada de Carmen tras dos largas horas de plancha.

     - ¿Sí? Dígame.

     - …/…

     - No. Mi marido no está aquí -, dice Carmen con voz temblorosa. Se marchó de viaje anteayer. Ustedes lo mandaron a instalar un equipo no sé dónde.

     - …/…

     - ¡No me diga. Me deja de una pieza! No sabía nada. Pues, si no está de viaje, y por casa no ha venido…¡El muy…! No es la primera vez que engaña….bueno, que me oculta cosas.

     - …/…

- Bien. Deje que intente localizarlo de alguna forma, y ya les avisaré si tengo noticias. Hagan ustedes lo propio, por favor – argumenta, mientras enreda el cable en unos dedos trémulos.

- …/…

-  Adiós, y gracias por llamar.

     Carmen, tras colgar con cierta prisa, y como ausente, se dirige a la cocina y empieza a colocar trastos en la encimera con la intención clara de preparar la comida, obviando la recién mantenida conversación. 

 

La niña, que acaba de llegar del colegio, haciendo muecas de asco mientras olfatea, va directamente a la salita sin antes dejar la mochila en su cuarto. Su madre la sorprende a punto de tirar hacia arriba de la tapa del arcón.

     - ¡No lo hagas! No se puede abrir. Lo he cerrado para siempre.

- Pero mamá…

- ¡Ni pero mamá, ni nada!  Esto es un  mueble decorativo,  no un juguete,    así que, a

partir de ahora, pensáis en otra forma de divertiros, ¿está claro? – dice, mirando también a su hermano que se incorpora a la improvisada reunión.

     - Bueno -  repone el niño -, con lo mal que huele aquí, no dan ganas ni de entrar. Venga, vamos -. Y Carmen pulveriza con ambientador cuando se marchan. 

 

 

III

 

 

 

Martes 10

En el cuarto de baño, mientras se acicala, Carmen soporta una y otra vez los insultos de Germán, hasta que, tras un “zorra”, recibe una bofetada que la lleva contra la pared. En ese momento, replica con un grito, sin poderse contener:

     - ¡Me marcho! Uno de estos días, cuando llegues a casa, no estaré…

     Sin dejar que termine la frase, él la sujeta con fuerza por el cuello y le introduce la cabeza en el inodoro. Después, cierra repetidas veces la tapa golpeándola en la nuca violentamente hasta notar que cesan sus gritos. Entonces, la suelta y se incorpora. Ella, al tener los brazos fuera del sanitario, ha conseguido asir el grueso recipiente de vidrio de la escobilla y, tras un respiro, se levanta, con un giro rápido y le asesta un golpe en la frente con todas sus fuerzas. Él, desprevenido, siente el impacto y, antes de reaccionar, recibe otro, y un tercero que consigue hacerle caer. Ya en el suelo, Carmen lo remata con varios golpes más, que hacen que la vasija se parta en dos.

     Germán yace inmóvil, con la cabeza abierta rodeada de un reguero de sangre. Carmen, al borde de la asfixia, permanece unos minutos sentada en el suelo con la espalda apoyada en la bañera.

     Nada más recuperar el aliento, irrumpe en un incontrolado sollozo: el reflejo de haber presentido un final en cualquier sentido trágico.

 

 

 

IV

 

 

Sábado 14

     - Es la enésima vez que cojo el teléfono, mamá. No te puedes imaginar qué mañanita.  Y Germán sin aparecer. ¡A mí me va a dar algo!

     - …/…

     - Sí. Ayer por la tarde noche estuve en comisaría y denuncié su desaparición. Ya sabes que alguna noche ha dejado de venir, pero siempre lo hacía al día siguiente. En la empresa ya están también al tanto. Bueno, te dejo, que tengo la cazuela en el fuego. No te preocupes. Ya te llamaré luego. Un beso.

 

Tras retirar la cazuela, Carmen vuelve a la salita. Con cierto desasosiego, contempla el arcón, alrededor del cual, y sobre papel periódico, tiene brochas, agua y dos botes grandes que ha traído de la droguería. <Tapaporos, dos capas. Y luego, cuando seque bien, dele este barniz, que es muy denso. Seguro que después de un par de días, la madera ya no transpira, y ya no olerá ni a vómitos ni a nada>, le había dicho el dependiente.

 

 

 

Ángel Luis Romo, 2003 

 

 

 

 19 de octubre de 2.003                                                                      

   

ADVERSA INOCENCIA 

 

     El niño se acerca a su madre y trata de que vuelva en sí con suaves palmadas en el rostro. La madre no responde. El blanco lino muestra manchas de sangre y rotos de metralla. El niño intenta llevarla sujetándola por los brazos. Resbalan sus pies descalzos en el intento, y apenas consigue arrastrarla unos pocos metros. Se sienta a su lado. Acerca la cara a la de su madre y la besa varias veces. Hay llamas cerca, y el polvo lo envuelve todo. Decenas de personas corren rodeándolos sin prestarles atención alguna. El niño vuelve, ya con lágrimas en los ojos, a tirar de su madre en un desesperado esfuerzo. Abatido, se echa sobre ella y la llama con un grito seco. Se acerca a su oído y le dice cosas en voz alta. Se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y, al incorporarse, tropieza con un soldado que, impávido, mira hacia una esquina cercana, y mantiene erguido su fusil de asalto.  

 

Ángel Luis Romo, 2003  

 7 de septiembre de 2.003                                                                      

 

                                                      ADIOS  RUDY

 

 

              Ayer estaba guardando la ropa limpia en el armario cuando tuve la sensación de que mi marido había muerto.

              Dicho así, sin una explicación previa, puede parecer una frase demasiado tajante, una afirmación fatal y no quisiera caer en un dramatismo ligero, pero es la verdad. Rudolph nunca jugaba con esas cosas, era tan severo con todo que no podía imaginarle haciendo bromas sobre el futuro, o apostando por la incertidumbre.

              Cuando le vi apoyado en la barandilla del balcón, mientras yo recogía la ropa, ya empecé a preocuparme. Rudolph jamás se permitía una escena intrascendente, nunca cruzaba el límite que se había impuesto a sí mismo. La calle, para él, no era más que la prolongación de la puerta del apartamento, el destino obligatorio y lógico al que conducía la escalera de la casa, otro diente en la rueda que giraba sin descanso, y si salía, o entraba, no lo hacía más que para cumplimentar algún asunto inaplazable, para respetar las normas que se asignó con sobriedad. Le gustaba señalar eso con cierta indiferencia, e igual que se dirigía de una habitación a otra sabiendo en todo momento lo que tenía que hacer, de ningún modo consideró que lo que ocurriese al otro lado de los tabiques de nuestra casa mereciese un vistazo previo. Esto me lo repetía con insistencia.

              Rudolph siempre mantuvo una seguridad pasmosa en su comportamiento, producto de un análisis previo, estricto y cabal. Invariablemente buceaba en las ventajas y los inconvenientes de cualquier asunto, por pequeño que fuese, antes de tomar una decisión. Sopesaba lo bueno y lo malo, elegía entre lo blanco y lo negro, descartando las otras opciones, y en cuanto llegaba a una conclusión sabía como transmitírmela y yo la cumplía a rajatabla. Después era inflexible con su determinación y sus juicios.

              Por eso, cuando no me ayudó a recoger las prendas que estaban tendidas en el secadero, tal y como lo hacía cotidianamente, cuando no le vi aparecer con la ropa interior colocada sobre las toallas o las servilletas y estas, a su vez, sobrepuestas encima de las sábanas, todo ordenado con la corrección oportuna, sospeché lo peor. Presunciones que se vieron confirmadas cuando vi algunas de sus camisas sin ocupar la percha respectiva, abandonadas encima de una silla. Inaudito, algo estaba ocurriendo y algo grave. Rudolph no desatendía los compromisos de la agenda diaria así como así. Nunca lo hizo y yo sabía que nunca lo haría.

              Me reconvine a mí misma por no haberme inquietado, con un grado más alto de responsabilidad, cuando le vi en el balcón a la hora en que no debería estar en el balcón. Esa escena debió disparar todas las alarmas. Las cosas, en nuestro hogar, no suceden de una forma imprevista y él siempre me lo hizo saber con terquedad.

              —si algún día me ves haciendo algo inconveniente, piensa en lo peor— .

              Debí poner en marcha mis reflejos de una manera más eficaz, con Rudolph la vida es muy sencilla y ordenada, casi feliz, basta con seguir el guión que siempre me marca con eficacia para que todo se desarrolle de una forma previsible y fácil. Estaba claro que, en esta ocasión, fallé ostensiblemente y no era la primera vez.

              Recordé con pavor aquella otra tarde infausta, hace quince o veinte días. El no estaba en casa y tal vez por eso me permití ciertas alegrías, una frivolidad infantil. Pulsé el botón del equipo de música, a deshoras, saltándome todas las normas y no contenta con ello manipulé en el mando del sonido, luego abrí la puerta del balcón. Entró una brisa suave, envolvente, turbadora y por allí se escapaban las notas de la música que emitía el aparato. Rudolph había salido, por la mañana temprano, un motivo perentorio, me dijo. Supuse que podría gozar de algunos momentos libres, pero el demonio siempre acecha a los espíritus débiles. Me emborraché con las notas de la música, no hay duda, a eso se debe que empuñase el tirador de la puerta del balcón y de una forma alocada me asomase al exterior.

              Allí abajo estaba Rudolph, era él, creí distinguirle entre las ramas de los árboles, charlaba animadamente con una joven, sonreían y sus manos estaban unidas. El vértigo me hizo retroceder espantada, quebrantar las reglas me producía alucinaciones o fantasías, las piernas me temblaron y tuve que sujetarme a la barandilla. En seguida abandoné el puesto con precipitación y no he vuelto a repetirlo, sólo pensar en ello me produce escalofríos y una sensación de culpabilidad irreprimible. Es más, como si se tratase de una casualidad fortuita, Rudolph, al anochecer de aquel día, me amonestó severamente por no haber completado mis labores diarias y después de la cena me repitió hasta tres veces su máxima predilecta, el consabido asunto de lo inconveniente y el final dramático.

              Ayer, que Rudolph no diese señales de vida, que hubiese desaparecido mientras yo estaba guardando la ropa limpia en el armario, que no atendiese al primer requerimiento o que no me regañase por el desorden de la colada, me indicó que se han cumplido todas sus previsiones.

 

  Karlos Max

 

 31 de agosto de 2.003   

Ambos hacía tiempo q intercambiaban mensajes en un foro de Internet, se
conocían por sus nick's, ella escribía como "Blancanieves" y él era
conocido por "Lobonegro", la naturaleza de estos apodos y algo q no
podía precisarse, ayudo a establecer su relación.

El dialogo resultaba fluido y cordial, los gustos comunes por tantas
cosas hacía vislumbrar un futuro prometedor.

Ella, traslucía juventud y vitalidad, se interesaba por todo y se
entusiasmaba fácilmente con las historias contadas por él, q resultaba
como un poco de vuelta de casi todo. 

Ella, soltera y de buen ver, tenía ganas de experimentar casi todo, se
colgó de Internet, del foro y de él sin apenas darse cuenta, como un
juego. Él, aunque felizmente casado hacía ya 23 años y con la parejita,
se encontraba en la edad del síndrome, contaba con 47 años, en su
mayoría dedicados al deber, la familia, el trabajo, la hipoteca, el
coche, el perro. sentía como q la vida no le había dado ni siquiera la
posibilidad de aventuras extramaritales, por lo q nunca había tenido q
negarse. Empezó en el foro a instancias de un compañero del trabajo y en
esas estaba, tratando de conquistar el aprecio o algo mas, de aquella
chavala tan simpática q tanto le atraía.

Como en cualquier otro foro, las verdades., solo algunas. El dijo
residir en un pueblo de Avila, ella le creyó, ¿por qué no?, ella dijo
estar emancipada y él lo creyó. así fue con eso y con muchas otras
cosas.

Un día, sin motivo aparente, a Blancanieves le surgió de pronto la
necesidad de conocer al hombre de sus sueños, ¿por qué no nos vemos?
-preguntó, y a él le gustó la idea, total ¿q podía perder?. A partir de
ese momento afloraron los nervios tanto de ella como de él, ¿q pasaría?,
¿como se reconocerían?, etc.

Llegó el día. Él comentó en su casa q debía hacer un breve viaje de
negocios a Barcelona y ella en la suya, q se iba a estudiar con Chelo,
una amiga de siempre. El corazón de ambos parecía saltarse las leyes
físicas, ella debía presentarse con un pañuelo rojo a modo de cinturón,
él con chaqueta, sin corbata y un pañuelo también rojo, en el bolsillo
superior.

Ella tenía el pañuelo guardado en el bolso mientras esperaba sola
sentada en una mesa algo discreta, él con el pañuelo semioculto se
paseaba por el local de baile donde habían quedado en El Escorial. ¡De
pronto!, él se estremece. Se queda como una estatua sin poder moverse y
ella lo ve, palidece, se levanta y se marcha corriendo sin volver la
mirada.

Como le justificaría a su padre su presencia en el local, y él ¿q hacía
él allí?. No podía ser, seguro q la casualidad no podía ser tan casual.
Q diría él en su casa, como le explicaría a su hija q lo del viaje a
Barcelona. pero. ¿q hacía ella sola esperando en aquella mesa?, ¿llevaba
el pañuelo?, juraría q no, pero. la duda tenía los dientes afilados.

RioChico
 

 

19 de agosto de 2.003   

UN DIA EN LA BOLERA

 

Iba a paso ligero pues se me había hecho algo tarde y Trini que era persona puntual, seguramente me estaría esperando. Bajé por Colegiata y dejé a un lado la Plaza de Tirso de Molina, donde vi de lejos a padre sentado en un banco leyendo “El Alcázar”, como solía hacer los domingos por la tarde. Me apresuré y llegué a casa de Trini que me esperaba ya vestida con un lápiz en la mano:

- A ver si eres capaz de dibujarme tu la raya, porque no consigo que me salga derecha- y al decirlo me enseñó una línea que subía desde su talón y se perdía bajo el vuelo de la falda.

- Pero si no hace frío, -respondí- a nadie le extrañará que no lleves medias. 

La verdad es que estábamos entrando en la primavera y se agradecían esos primeros días soleados, así que le borré con una gasa humedecida la raya que simulaba las medias, y me alegré por el fin de los días fríos, pues por muchas veces que se le cogieran los puntos, las medias al final no aguantaban la larga duración del invierno madrileño. 

Trini me miró aliviada un momento pero luego me señaló su blusa con un gesto grave. Era realmente bonita, en azul cielo con un adorno en el cuello algo más oscuro. Entonces se quitó el abrigo y me di cuenta que la blusa estaba sin terminar, solo tenía la pechera completa, la espalda estaba hilvanada y las mangas también.

 –No importa- la dije –no nos quitamos el abrigo y en paz.

A Trini le pareció bien la idea, se ajustó de nuevo el abrigo y salimos a la calle. 

 Habíamos quedado en el Paseo del Prado con dos soldados de permiso que, nos habían invitado a un chocolate en Sol la tarde anterior cuando salimos del taller. Al llegar estaban ya esperándonos y nos recibieron con esa sonrisa recién estrenada de quienes por un momento no han tenido todas consigo sobre si tendrían compañía esa tarde. 

Tras saludarnos, preguntaron si habíamos estado alguna vez en una bolera, cosa que desde luego no habíamos hecho, y después de asegurar lo divertido que resultaría, pensamos que era un lugar tan bueno como cualquier otro para pasarlo bien de modo que, nos dirigimos hacia allí. 

Cuando llegamos nos encontramos con que la bolera era un local bastante grande que a esa hora estaba ya lleno de gente. Cuando Rafael y Paco, que así se llamaban los quintos, volvieron de informarse sobre las pistas libres, nos contaron que había que cambiarse el calzado, pues no se podía estar con tacones en la pista. Trini y yo nos miramos riendo mientras sentadas nos cambiamos el calzado y pensamos en la suerte de  haber decidido no llevar “medias”. Cuando nos levantamos con los zapatos cambiados, se ofrecieron a ayudarnos para que nos quitáramos el abrigo, pero entonces Trini dio un brinco y dijo que no tenía calor, y yo por supuesto respondí igual. Ellos se extrañaron pero no insistieron y todos juntos nos acercamos a una pista libre. 

Trini me lanzaba miradas inquietas que yo devolvía intentando tranquilizarla. Empezamos el juego y aquello de lanzar bolas que parecía carente de misterio alguno, se convirtió en un martirio. El abrigo me pesaba cada vez más en aquel lugar cerrado y lleno de gente y cuando me tocó mi turno y me acerqué a tirar tuve que evitar el vuelo del abrigo. Trini no tuvo más suerte pues al agacharse para lanzar, casi se pisa el suyo, suerte que no se cayó aunque la bola se fue a un lado de la pista y no dio a ninguno de los bolos. 

Nuestros acompañantes, esta vez sí nos hicieron caer en lo conveniente de quitarnos el abrigo para poder movernos más libremente, pero Trini y yo seguimos en nuestras trece, y confesamos que estábamos muy cómodas así. Lo cierto es que aparte de lo incómodo que resultaba para moverme, cada vez sentía que tenía más calor. La bolera se había ido llenando y había ya  mucha gente en ese momento lo que hacía subir la temperatura del lugar. 

Continuamos jugando mientras sentía cada vez más el peso del abrigo y debajo de él como resbalaba el sudor empapando mi camisa, suerte que el pelo ocultaba mi frente cada vez más mojada. Me tocaba tirar otra vez. Coger aquella pesada bola con las manos sudorosas era harto difícil, pero no estaba dispuesta a admitirlo, de modo que con todo el coraje del que fui capaz lancé la bola de nuevo mientras sujetaba mi abrigo para no enredarme con él, y nuevamente, más pendiente que estaba de no tropezarme que de lanzar bien, la bola pasó de largo rozando ligeramente al bolo de la izquierda. 

Empezaba a sentirme realmente apurada, no es que me importara el juego, ni siquiera me importaba ser capaz de derribar algún bolo, pero el calor empezaba a ser realmente molesto y nosotras con esa guisa de zapatos alquilados para tirar y los abrigos puestos entre toda aquella gente con ropa de primavera, estábamos cada vez más fuera de lugar. 

Trini se me acercó y me preguntó: ¿pero a ti te gusta alguno de éstos?; hube de admitir que no, así que Trini me dijo,-entonces, es momento de irse-. Con la excusa de ir un momento al lavabo, nos separamos de nuestros dos acompañantes y nos dirigimos al ropero, nos cambiamos de zapatos tan rápido como pudimos y salimos de allí apresuradamente. Una vez en la calle anduvimos a paso ligero un rato. Después, cuando nos cercioramos que nadie nos seguía, aflojamos el paso y fue entonces cuando apoyadas en la pared nos echamos a reír. 

Pocos días después, al salir del taller de costura nos encontramos a Rafael y Paco con el pelo al cero y nos contaron que por estar buscándonos, aquél día habían llegado tarde al cuartel y les habían arrestado. Nos despedimos sin ser capaces de darles ninguna explicación sobre nuestra desaparición y yo le hice prometer a Trini que nunca más me haría pasar el calor de aquella tarde en la bolera.

 

 

A mi amigo Edmundo.

Annabel 17/8/2003

  

 

27 de julio de 2.003   

El encuentro

 

                      Es tarde, el tiempo pasa despacio, es el momento en el que es más fácil sentirte, justo antes de dormir. Sentado en mi habitación, sin luz, en el entorno propicio. Ya llegas, atravesando la oscuridad, estoy feliz porque estas aquí de nuevo, estiro los brazos hacia ti y te echas a mi lado, muy suavemente, sin palabras, lentamente, entras en mi cama, una profunda mirada, nos besamos… La sensación de plenitud al tenerte a mi lado es lo más grande que jamás hubiera podido sentir. Estoy disfrutando del momento, como todas las noches, como si fuera la última. No quiero abrir los ojos, porque si así lo hiciera la realidad me mostraría que no estas aquí, aunque eso va poco a poco superando lo que mi mente ha creado para este momento. Llega la hora de despedirse, entonces lo haré con un abrazo, sintiendo tu calor, lo que más quiero en el mundo… mi vida… Mañana nos volveremos a encontrar, crearé otro momento para los dos, eso al menos me alivia, y será como mínimo tan increíble como lo ha sido hoy, duerme mi vida, descansa.

                     Nada de lo que ha ocurrido en este nuevo día ha logrado separarte de mi mente, he soñado con cada gesto, con cada palabra, he jugado con todos y cada uno de mis recuerdos contigo, y tan solo ha sido un pequeño remedio temporal, y ahora desde aquí, tumbado de nuevo en la cama, sé que debo encontrar una cura. Demasiado tiempo así, no debe continuar. Decidido, me levanto, no hay más que pensar, iré a donde seguro que soy más feliz que en ningún lugar existente, iré a tu encuentro. Me visto, no demasiado rápido, y poco a poco voy notando como mi decisión me da fuerzas y hace sentirme cada vez mejor. Salgo de casa, caminando y disfrutando de cada paso, pero con decisión hasta mi destino…

                    Según voy llegando voy pensando en todo lo que he vivido junto a ti, no puedo echarte de menos ni un momento mas, es demasiado doloroso, debo ir al encuentro. Si me quedo más tiempo pensando cada noche en mi cama, me volveré loco, o ya lo estoy? Por fin estoy donde quería llegar, una mirada atrás, y un sentimiento, uno sólo para lo que queda atrás, una pequeña sonrisa, absolutamente triste, al ver que nada de lo que he vivido me retiene aquí si no estás tú. Decidido, doy el paso, voy allí donde tarde o temprano te encontraré, podré esperar, el tiempo que sea necesario, te amo, eso es lo que importa, y eso no lo podrán cambiar los años, te espero mi vida, no te preocupes, aquí seré feliz, más feliz de lo era tumbado echándote de menos, y aquí no pensaré, sabré que estas bien y que tarde o temprano nos veremos…

                      El suelo se va acercando, rápidamente, me sorprendo porque ha sido más fácil de lo que yo pensaba… ya llega, ya llega, ya, ya, cierro los ojos, sonrío, te amo mi vida.        

 

                                                Fin

 

Moto

 

 13 de julio de 2.003 

 

Moraleja. NO PROTESTES

Julio se quedo anonadado, no se lo podía creer, le había vuelto a pasar
una vez mas, la Bolsa le había traicionado de nuevo y esta vez le había
pillado bien. Tan absorto estaba en sus pensamientos q no reparaba en el
hermoso sol de primavera q ponía sonido al trino de los pájaros del
floreado parque q estaba atravesando, no veía nada ni a nadie, incluso
se asusto cuando Gregorio le saludo al pasar.

Gregorio, desde el banco en el q estaba sentado, le increpo - ¡Hola
Julio!, ensimismado te veo, ¿donde vas tan de mañana?, - y añadió con
algo de sorna - ¿también te han jubilado?.

¡Buenos días!, Gregorio, - contestó Julio cuando consiguió reponerse -
¿con 42 años?, no hombre, ¿q dices?, solo q he tenido q salir de la
oficina a pasear un rato, para pensar, ya sabes.

-     Pues si q te noto preocupado, ¿puedo hacer algo por ti?, ahora soy
   inmensamente rico en tiempo.

-     No, gracias. Se trata de dinero, invertí en Chapuzas S.A. y me han
   dado un buen palo, pero. ahora q caigo, ¿tu no trabajabas en esa
   empresa?.

-     Efectivamente, las remodelaciones, reajustes, fusiones, etc.
   terminaron deshaciéndose de todos los q conocíamos los entresijos de
   la Empresa.

-     Pero yo invertí en ella porque daba muchos beneficios, hacían una
   buena gestión y se estaban expandiendo por Europa.

-     Hombre Julio, una buena gestión dices, sí una buena gestión es
   deshacerse indiscriminadamente de personal cualificado, para además
   abrir mercados nuevos con personal mediocre, vale pero, ¿q quieres q
   te diga?. Puede ser bueno para según q cuentas de la Empresa, para
   uno o dos años máximo.

-     Dejémoslo, no me pillas en un buen día y te encuentro muy
   negativo.

-     Como quieras, pero con tu experiencia veo raro q no
   diversificaras, ¿invertiste todo en Chapuzas S.A.?.

-     No, también me han pillado en ConArmas y CIA.

-     ¡No me jodas!, pero si tu eras un ferviente defensor del "NO A LA
   GUERRA", ¿como es te has pasado a fabricarlas?

-     Me estas arreglando el día. Discúlpame pero debo volver a la
   oficina, se me hace tarde.

-     Pues nada Julio, q mejore el día y disfruta lo q puedas.

Julio se marchó pensando q Gregorio no entendía nada de lo q le estaba
pasando. ¿Como podía él entender nada?, si le habían prejubilado con 50
años y no sabía de Bolsa ni lo q era un stop-loss. Sin saber como se
encontró pensando en cantidad de gestiones q había tenido q hacer para
solucionar un papeleo simple, de lo mal q le funcionaba el proveedor de
telefonía (¡coño! si están tratando de eliminar 15000 puestos de
trabajo), de las veces q había tenido q llamar a un 902 para aclarar una
duda, menos mal q en el caso de las armas Gregorio estaba equivocado, en
ConArmas y Cia solo se fabricaban piezas para los seguros de las
ametralladoras.

No por mucho madrugar amanece mas temprano
Paz y buen humor
RioChico

  

 29 de junio de 2.003 

 

                                                       ERA TARDE 

 

     Era tarde, muy tarde para volver del trabajo. La culpa fue de mi iluminado jefe, que pensó que sería bueno y relajante reunirnos en El Escorial. Subí, desde el garaje al rellano del portal, para coger el ascensor envuelto en el silencio de la medianoche.

     Al entrar en el ascensor, había una mujer dentro, muy agria en su gesto, apoyada en el espejo frontal. La saludé: - Buenas noches -, pero no contestó. Con la vista en un punto imaginario, permaneció inmóvil. Como pasa tantas otras veces, lo achaqué a la dificultad que entraña conversar en ese lugar donde, por alguna extraña razón, se obstruye nuestro proceso comunicativo. Desde luego, no era una vecina; al menos yo no la había visto nunca. Pero se comportó como si lo fuera, con cierta antipatía, sin abrir la boca. Dije: - Voy al último, ¿a cuál va usted? -, pero no habló, simplemente asintió, haciendo un esfuerzo, como si le costase mover el cuello, dando conformidad. Pensé que iba al mismo piso, al séptimo, y pulsé el botón. O era muda, o muy tímida. También podía ser una visita tardía de los del “A”; en el “B” estaban de vacaciones. La imaginé, también, meretriz contratada por alguien que, desde luego, no podía ser de mi mismo piso. Mientras subíamos, disimulé con silbidos melódicos sordos, mirando al techo y, a ráfagas  – ¡qué lento va el ascensor cuando vas acompañado por una persona extraña! -, mis ojos se fijaban en su cara de cansancio, su mirada perdida, su marcada palidez, su escote, de vértigo, su falda, ceñidísima, para volver a disimular de inmediato.

     El ascensor, conmigo y ese raro huésped, regido por una luz tenue y desganada, llegó a destino. Abrí la puerta y ofrecí paso con la debida cortesía. No quiso salir. Se quedó dentro negando con un movimiento lento de su cabeza. No estaba en condiciones de elucubrar, así que cerré, dejando caer la puerta. Al momento, comprobé cómo se ponía en marcha y el indicador digital iba descendiendo hasta el cero. Estaba abajo de nuevo. No entré en casa porque el asunto empezaba a intrigarme. Me hice una pregunta: ¿Y si bajo otra vez, con una excusa, a ver si sigue ahí?

     Llamé de nuevo al ascensor, que volvió a subir muy lento. Al abrir, la mujer seguía en el interior. Entré y mostré la llave del buzón: - Olvidé comprobar el correo – articulé, medroso. Ella no contestó, parecía inmóvil, desorientada. Pulsé para descender. Cuando salí al portal, tampoco me siguió. Abrí el buzón, esperé unos segundos, lo cerré, todo con estrépito, y regresé. Volvimos juntos al séptimo, despacio, con cierta tensión. Otra vez, a hurtadillas, observé su cara, el escote y la falda. Una vez arriba, salí del dichoso cajón móvil sin ofrecimiento alguno hacia aquella especie de figura decorativa, que daba la sensación de estar angustiada. Sólo repetí un destemplado “buenas noches”. Antes de entrar por fin en casa, comprobé cómo descendía, sin hacer parada alguna, hasta el cero.

     Agotado, me fui directo a la cama. Tardé en conciliar el sueño, porque la imagen de aquella mujer y la situación vivida volvían a mi mente con demasiadas preguntas y conjeturas. 

     A la mañana siguiente, mientras me desperezaba, rehice la escena. Estuve nervioso hasta terminar de arreglarme porque deseaba volver al sorprendente escenario. Cuando llamé al ascensor, comprobé que no funcionaba, que no atendía a la llamada. Pude haber bajado por el del rellano contrario, pero la curiosidad me llevó a descender por las escaleras hasta dar con él, que se hallaba parado entre dos plantas, desde las que intenté acceder o divisar algo. Imposible. Tuve que esperar a que llegara el conserje, media hora más tarde, para que trajera la llave maestra. Mientras lo intentaba, me pareció oportuno contarle lo sucedido la noche anterior para ponerle en antecedentes.

     Cuando conseguimos abrirlo, la mujer continuaba dentro, ahora en el suelo, retorcida, con un reguero de sangre viscosa, seca, que salía de su boca. Nos miramos sorprendidos, incrédulos. Me había parecido extraño que el conserje no hiciera preguntas y, sobre todo, que localizara el lugar exacto donde estaba el ascensor sin mis indicaciones. Lo achaqué a la intuición de su oficio o a la casualidad.

     Mientras contemplábamos la escena, oímos las voces de personas que entraban en el portal, acompañadas de ruidos sordos, metálicos. Nos extrañó que se identificaran como policías, porque ni el conserje ni yo habíamos avisado a nadie.

-         No toquen nada -, dijo uno de ellos. Y nosotros nos separamos con discreción.

-         ¿La conocía? -, preguntó el que parecía dar las órdenes, después de examinarla.

     Le habían arrancado varios dientes y parte de la lengua; murió tragando su propia sangre. Me quedé absorto, pensativo, como atontado. Quise volver a los comienzos……Era tarde, muy tarde…….Además de cansado, quizá estuviera algo adormilado por la bebida…….- ¿La conocía? -, insistió. – No; sólo intenté llamar al ascensor esta mañana -, dije, con aplomo. El conserje tampoco ayudó; se limitó a decir que él acababa de llegar y que lo único que hizo fue responder a mi solicitud. 

     Pasaron los días y no se supo nada nuevo. Las investigaciones oficiales se estancaron, y los rumores no iban más allá de un posible ajuste de cuentas. Yo sigo con mis dudas, mis interrogantes. Lo único cierto es que, desde el día de autos, la mirada del conserje, la que me obsequia acompañada del saludo, ya no es la misma de antes. Imagino que, para él, la mía tampoco. Se diría que ambas están envueltas por un halo de sospecha.

 

Ángel Gómez Romo


 22 de junio de 2.003 

Verás..., vendrá el otoño y con el tiempo
no quedará ni un pájaro en su rama,
se pintará de blanco Guadarrama,
y el cielo se hará triste y ceniciento.
Verás amor..., la luz de este momento
arde en mi corazón como una llama.
Yo siempre estaré aquí, si tu me llamas
me encontraras para la vida atento.
Tu otoñaras, otoñaremos todos,
desmoronados de diversos modos,
como los muros de una casa fría.
Pero si ves que todo se avellana
no dejes el amor para mañana.
Goza. Goza la luz, el aire, el día.

Manuel

 

 15 de junio de 2.003 

 

        A este hombre le conocí hace tiempo y aún sigue allí, en la calle que es su casa, en la acera que es su cielo, en el suelo.

 

 

                                                         

                                            DESDE LA ESQUINA                                                    

 

 

              Ya le oigo, casi le siento, ¡ay si pudiese verle como se acerca! porque el viejo llega despacio, muy despacio, arrastra los pies como se mueve un caracol, no tiene prisa.

              Al viejo le sobran las horas, como a mí, horas enteras que a él no le importa malgastarlas con un viaje de más, o con doblar diez esquinas o recorrer cien aceras. Le da otra vuelta a la tarde que se agota, otra curva sin ton ni son, y yo, sin moverme del sitio, le doy otra vuelta a los boletos entre las manos, y los recito con la misma letanía mientras me acaricia el aire, o adivino como se acerca la noche. Los voceo sin ganas.

              Sé que alarga los últimos pasos hasta donde termina la acera, sólo por hacerse con el cupón, sólo por ver si le alcanza la suerte. La suerte para los dos, le ruego a la diosa con la voz muy baja. Un poco de suerte es lo que a mi me falta en esta esquina, en las mañanas largas y frías, en las horas eternas de mis tinieblas.

              Luego Don Timoteo, el viejo, se detiene a mi lado y se apoya en el bastón. Primero tose, siempre lo hace para anunciar su presencia, pero ese ruido es inútil porque los pasos me lo anticipan, como otros muchos aunque los de Don Timoteo son distintos, más cansinos y lentos, disparejos, que sus apoyos son tres, las dos piernas y el palo en el que se reclina, que le anuncia, que le delata. Y yo casi le veo con otros ojos, con los del alma.

              Después imagino como se lleva la mano al bolsillo, mientras me da las buenas tardes, o como se mira el bolsillo y rebusca la moneda. En seguida se apoya en mi hombro y me la deposita en la mano, y me la cierra. Luego pide que le corte el cupón, cualquiera, uno u otro. Besa el papel y sonríe, sé que sonríe por el manoteo con el que agita el boleto y lo arruga entre el pañuelo, porque la sonrisa hace aletear sus labios y casi los escucho. Y antes de irse la voz se le pone más ronca cuando me dice que tenga cuidado con los tramposos, que alguien me va a engañar, seguro, o a darme la falsa por buena, o arrancarme los papeles de un tirón.

              Yo asiento con la cabeza y le dejo que me hable, porque pocos lo hacen, porque me acuerdo de aquello, aún no hace tanto. Del que me puso un hierro en la espalda, un hierro caliente y me sacó diez monedas del bolso, sólo las grandes y el único billete mientras me echaba el aliento. Olía a miedo y a vino porque tenía más miedo y más vino que yo, y el olor me avisó antes, pero no le presté atención. Ya había intuido algo, unas pisadas prudentes, que no eran los pies de cualquiera de los que conozco. Y tanteo muchos pasos cada mañana, casi los distingo a todos aunque no los vea. Cada día los oigo, juego con ellos todas las horas, con los pasos y las voces, ésta es de ese, la otra de aquel, o me distraigo con el ruido callejero, las voces y el alboroto, como escucho cuando se acerca Rosita, con su taconeo ágil, como si la viese mover las caderas con gracia. A Rosita primero la huelo.

              Huele a mujer y a sonrisa, huele a frío y a calle, huele a tabaco y acera que recorre mil veces, y oigo el saludo con la voz chillona y la respuesta ágil cuando alguno la dice una inconveniencia, que Rosita es la reina del paseo, arriba y abajo, pero no una cualquiera. Rosita es de aquí y de allá y de nadie. Se cruza con Don Timoteo que se ha guardado el cupón y se saludan o se enredan, sé que se toman la mano. —Adiós Rosita—, le oigo,  —adiós galán—, le contesta la rubia.

              Porque Rosita es rubia, casi como el platino, presume, y cada dos o tres días se encarga de recordármelo. Es alta, delgada, dicen de ella, y ya no cumple los treinta ni diez o doce más dicen también, aunque yo ya lo sé por la tos, el ruido cascado que la delata porque no deja de lado el tabaco, porque la calle le entrega de todo y de nada. Ella pasea la noche hasta la madrugada, desde la esquina de enfrente hasta el último portal y yo adivino su taconeo cuando empieza su recorrido, le oigo cercano o lejano, o como murmura despacio porque cada día la calle le llena de barro. Sólo por fuera como a mí.

              Pero Rosita lo aguanta, no le queda más remedio, se queja y me regala un beso cuando se lleva el cupón, o me encaja la bufanda y me ajusta la chaqueta de lana, o me riñe por estar en la calle hasta que dan  más de las siete, porque se cierra el otoño y en la esquina arrasa el frío. Porque ahora comienza su turno, el de las chicas que mueven el bolso y fuman despacio, y ese tiempo ya no es para mí. Rosita se ríe, me gruñe, me besa y se aleja calle abajo.

              Yo le digo que todos los días la espero, porque no quiero retirarme sin el beso de Rosita, sin que las manos arrugadas se posen en mi chaqueta, me abrochen todos los botones y el beso me alegre la cara, porque es de los pocos que entregará de verdad, los demás son regalos por nada, por un billete arrugado que cambia por tabaco, o la barra de pan o unas medias nuevas para sus piernas cansadas, aunque parte del billete es para mí, para el boleto que me compra todos los días y que se guarda en el escote y dice que sí, que mañana cenará caliente, o yo me río, y le adivino la suerte que no termina de llegar.

              La suerte que me faltó una tarde de la semana pasada por esperarla, cuando me llevé el empujón de unos tipos y un susto, y dos golpes antes de hablar con ella, sólo por estar en la esquina más allá de las siete, sólo por cinco minutos que luego la calle es de ellos, de los que la silban y la abrazan. Más tarde uno se la llevó prendida por la cintura, les oí. El que me empujó sólo por mirarla con una mirada de ciego, el que no quiso pagarla según me contó Rosita al día siguiente, por la mañana.

              Y pronto se pone a llover cuando abandono el rincón, cuando los niños han dejado de alborotar en el parque y el balón ha rebotado mil veces contra la pared que me sujeta, y he oído las carreras de sus botas, o me han alcanzado las gotas de barro que sueltan los coches al doblar la curva, o los gritos que se alejan deprisa o que se acercan despacio como un vaivén sonoro y redondo. Y justo me voy de la esquina cuando la moto que cruza deprisa tiene que dar un frenazo, oigo el chirrido agudo y me asusto, luego vuela el balón y se estrella contra la valla de al lado, o gritan —¡cuidado con el ciego!— y el ciego soy yo. Me sujeto los boletos al pecho, con fuerza, nervioso y dudo porque todos hablan a la vez y no sé a que voz responder, o si la pelota viene a por mí, o se aleja, no sé si ir, o venir, o esperar. Hasta que Mariano, el portero del treinta y dos, les riñe y se queda con la pelota, o les empuja y les grita para que me dejen en paz.

              Y yo permanezco quieto para no tropezar con un adoquín puntiagudo que sé donde está, o con la valla que han levantado los de una obra, sin avisar. Mariano me ofrece un cigarro, nos lo fumamos despacio y a los cinco minutos les devuelve la pelota con un puntapié, a mi me ayuda a cruzar la calle y la pelota, mil veces pateada, vuela a hacia arriba, casi la veo, y luego dibuja la curva porque la empuja el viento, lo huelo, el aire que traslada olores de gotas y tierra mojada. Después el balón corre hacia abajo como una bala que corta el cielo, y le oigo llegar a lo lejos, y sospecho como describe un arco para estamparse cerca del prado donde pasean los perros.

              El prado que cruzo con el puntero del bastón blanco abriendo el camino, sin que nadie me ayude porque ya me conocen, aunque nunca me compren alguno de los boletos, los papeles mudos de la suerte que se mueven en mi pecho y que pocos se venden, aunque me vean siempre con la misma bufanda y los botones de la chaqueta sin abrochar, o los restos del bocadillo sin envolver. Ninguno me compra nada. Sólo Don Timoteo, o Rosita, o el portero del treinta y dos, o la joven del perro viejo que se me acerca por la mañana, el perro que me olfatea las piernas y yo le huelo a él. Los demás nada, ni los enamorados del parque que atravieso todas las noches, camino de vuelta a no sé donde.

              Allí, en el parque les oigo ladrar a los perros, en la pradera reseca que traga la lluvia, y a los chicos empujar la pelota con la última jugada que les desbarata el viento porque silba con fuerza. El que viene desde mi esquina donde ahora pasea Rosita con la falda remangada, donde corretean dos gatos entre los cubos de basura y ahora se apoyan en ella dos chulos, la esquina en la que cada día me paro, escucho y veo. Con la mirada del ciego.

 

Karlos Max 

 


 

 1 de junio de 2.003 

 

CONCIERTO SENTIDO

 

 

Todo estaba dispuesto para la gran cita. Iba de acá para allá, estirándome el frac, colocándome la pajarita, al espejo a mirarme, al atril a contar las hojas y revisar anotaciones, no paraba quieto. Mi primer concierto con la sinfónica después de toda la etapa de formación: cinco años de percusión, aparte de solfeo, armonía, teoría de la música, estética, historia y alguna que otra mandanga más; ocho largos años más la oposición, ¡casi nada! Era el momento de la verdad, el de sustituir al maestro, a Don Ginés, ya entrado en años, que alguna vez tenía que fallar. El auditorio estaba deslumbrante, ¡hasta nos habían puesto flores! Mi sitio estaba al fondo del escenario, a la izquierda, con los sonidos graves, separado por un escalón, un buen detalle para el oyente, que puede así distinguir mejor los timbres con diferentes alturas. El frac me estaba un poco justo, me tiraba de la sisa y de la entrepierna,  o quizá era mi estado de tensión, porque me costaba respirar; por suerte, los movimientos iban a ser pocos, apenas un redoble de timbal al comienzo, un crescendo de terceras al final del segundo movimiento, y seis compases finales en el campanólogo; el resto de la obra, tranquilo, casi sin intervenir. El mejor estreno: una pieza cómoda.

     Lo malo era un cierto malestar que me asaltó desde bien temprano, un hormigueo en el intestino que me empezaba a molestar, me incomodaba. Mejor era no pensar en ello. Mis padres (¡cómo me iba a desquitar de sus indirectas: que los “palitos” no me llevarían a ninguna parte, que si mejor búscate un trabajo serio, que vaya lata que nos das con el ruido ése todo el santo día!….), mi familia, amigos, allegados, estaban todos, los presentía, casi los tenía localizados. En fin, mi gran día.

     Me fui un momento al lavabo para echarme agua fresca, porque me entraban sudores repentinos y hasta mareos; lo achaqué a los nervios. Respiré hondo mientras me secaba. Afuera se oía el murmullo del público acomodándose. Se me pasaría en cuanto sonase mi redoble, me dije, infundiéndome ánimos. Cuando salía de los lavabos, me asaltó el director, Don Álvaro: “no se despiste Marcial, que esto empieza ya, y usted da la entrada”. Asentí, con gesto sobrio, de seguridad en mí mismo, que contrastaba con el suyo de siempre, ceremonioso, con algo de recelo. Volví a respirar, mientras escuchaba el gentío en la sala. Me acordé de la noche anterior con Pedro, mi amigo de siempre, con quien estuve celebrando la gran noticia de mi aparición en los carteles, justo doce horas antes, en el Central, nuestro lugar favorito, ¡qué tartas hacen!  Él estudió conmigo las materias comunes, aunque se decidió por el clarinete (su madre le hacía bromas con lo de soplar la gaita; tampoco apostaba nada por la música), y me apoyó en todo momento. La verdad es que uno al otro nos encubríamos, nos reafirmábamos en lo profesional ante los progenitores de ambos. Había visto y saludado a todos menos a él. Pedro parecía no haber venido. Imaginé que, aunque tarde, llegaría a tiempo. 

     Se hacía el silencio mientras se apagaban progresivamente los cuchicheos, y la gente, con los programas abiertos, se disponía a escucharnos. En aquel momento, podía sentir cada latido de mi corazón, que bombeaba frenético. Me coloqué centrado, erguido frente a los timbales, compuse un gesto serio al comprimir los labios y levantar la barbilla, sujeté las baquetas con firmeza, y aguardé unos segundos. El director hizo la seña inicial con su mano derecha en todo lo alto, marcó tres tiempos, y la dejó caer en un impulso seco para que entrara mi redoble, que resultó imponente, redondo, homogéneo, como decía Don Ginés que debía sonar. Cuando caí en la tónica y acaricié el parche para apagar el sonido, supe que había acertado; la cabal entrada de los primeros violines y los metales, el guiño cómplice de Don Álvaro. Lo había hecho bien. Pero unos segundos después, tuve un espasmo, más bien un retortijón, y cambié el gesto, que se contrajo. Me encogí, la cabeza me daba vueltas, y la vista se me nubló algo, o tal vez fuera que perdí el punto de vista, mi referencia. No veía a nadie; lo de delante era una masa espesa, informe, pero aguanté la embestida firme, con las exigencias de la ocasión, ya lo arreglaría al volver a casa, una vez hubiera acabado con éxito mi actuación, pensé.

     Se cerró el primer movimiento, “allegro molto”, con aplausos. El segundo, “adagio”, entró solemne, todo iba bien, se notaba en los presentes.  Durante el suave discurrir del cello  y  el  piccolo,  mis tripas hicieron un  ruido sospechoso que  debí   de oír sólo yo, porque nadie, ni Don Álvaro, me miró, pero a mí, con las sensaciones que tenía, me pareció que lo había escuchado todo el mundo. Al segundo retortijón, que sobrevino de repente, me doblé, no pude incorporarme, y así, encorvado, me fui retirando poco a poco, casi sin ser visto, hasta salir de la sala. Angustiado por no saber si mi esfínter aguantaría, llegué a los lavabos y entré en un retrete. En décimas de segundo, desabroché mis pantalones y dejé la impronta de mi necesidad, rápida, sonora. Tardé en levantarme porque, cuando parecía que había terminado, me daban unos leves pinchazos en el bajo vientre que me hacían pensar en soltar más lastre, pero corté la dura secuencia cuando oía el pasaje central del segundo movimiento, porque al final entraban de nuevo mis timbales. Camino del escenario, entre escalofríos, mi mente regresó a la noche anterior. Cuando nos quedaba poco café, pedimos otra ración de tarta de San Marcos. ¡Cómo disfrutamos! Fue siempre nuestro bocado preferido. Aunque éramos veteranos en meriendas, lo habíamos hecho muchas veces, nos estaba sabiendo a poco.

     Al entrar en la sala, lo hice casi a gatas. Don Álvaro habría notado mi ausencia, pero quise que pensara en algo así como que me había agachado para hacer un ajuste de palomillas en los pedales, nunca que hubiera salido de allí. Me echó un ojo con  semblante de contrariedad al notar mi presencia, como avisándome de mi entrada. Cambié rápido la afinación del timbal más agudo y empecé mi crescendo de terceras, a medida que se incorporaba el tutti, para acabar en un acorde general sobre mi corto, pero potente redoble. Aplausos otra vez, que yo no pude escuchar con nitidez porque se mezclaron con un ligero zumbido de oídos. Entramos en el tercer movimiento, “Vivace”, sin apenas respiro, como queriendo apagar las palmas de aliento de un público entregado. La tarta de San Marcos del Central es la mejor. Sobre todo la nata, exquisita, creo que es buena hasta para los enfermos de faringitis. ¡Y luego esa yema tostada, que es una verdadera tentación, tan suave, y el disfrute lento de su contacto con el paladar! Se nos antojó una tercera ración cuando ya el camarero se disponía a entregarnos la cuenta. Nunca habíamos pasado de dos, pero nos pudo el momento, todo fuera por el concierto, “un día es un día”, dijo Pedro. Ésta, tras el café de las anteriores, decidimos acompañarla de buen licor.

     Volvió el apretón de tripas; otra vez a doblarme por la mitad, y de nuevo al retrete. Pero esta vez creí que no llegaba. La suerte, la providencia, algo se apiadó de mí y permitió que me pudiera sentar, a pesar de la rigidez de mis piernas, en la taza. Se repitió la escena, aunque la evacuación fue casi instantánea, con contracciones continuas y un dolor agudo, desagradable. Me encogí como un feto apretándome los muslos, tirando de mí mismo. Creí que me quedaba allí, que me abandonaría, pero se diluyó milagrosamente la presión, y conseguí limpiarme, con cierta urgencia porque el tercer movimiento iba a todo trapo y me esperaba mi última intervención. Ya queda menos, ¡aguanta Marcial!, me dije.  Me miré al espejo un momento antes de salir: estaba blanco como la cal, y unas marcadas ojeras asomaban amenazantes. Me dirigí, pasillo adelante, con dificultad hasta mi sitio. Me agaché al pisar tarima, e hice el último tramo en cuclillas, con menor flexión que la vez anterior por lo tortuoso de cualquier mínimo cambio de postura. Me acompañaban, solemnes, los últimos compases de la sinfonía, que llegaban al “forte” en el que yo haría mi breve melodía de campana. Ya tenía delante el brillo de los tubos, cuando desvié la vista para comprobar la expresión de Don Álvaro, fatal momento en el que, al adelantar el pie para subir el escalón donde estaba mi puesto, tropecé, con tan mala suerte, que me fui de bruces y, para evitar caerme, me tuve que sujetar con el soporte lateral del campanólogo, que se venció hacia atrás y se desplomó, produciendo una estruendosa mezcla de sonidos a destiempo. La orquesta se paró unas décimas de segundo, que parecieron una pausa entera, mientras las notas de campana seguían vibrando sin control, y el mazo, que había dejado en la cornisa superior, me caía en la frente. Don Álvaro, indignado, me lanzó la batuta como si fuera un dardo. Hubo un ¡oooh! del respetable que sentí en lo más hondo. Se había consumado el desastre. La obra se completó a pesar de todo, y yo en el suelo, desconsolado, recibí una última embestida de mi vientre, que esta vez sí dejó secuelas en mi recién estrenado frac, aunque las mayores quedaran en mi mente, grabadas a fuego. Las dejó, tal vez, la ya no tan rica tarta de San Marcos. Recordé entonces que alguna vez me avisó mi madre: “Marcial, hijo, no abuses de nada que lleve nata”.

     Pedro no vino, claro. Yo aún me pregunto para qué fui.

 

Ángel Gómez Romo, 2003

                                                                                     

 

 26 de mayo de 2.003 

 

         Adjunto una pequeña reflexión recibida de Karlos Max, para llegar a estas conclusiones no hace falta irse tan lejos, pero...

                                                   

                                                     

                              OBSÉRVENLAS DESPACIO,  CON CALMA 

 

              Algunos piensan que las ovejas no dan miedo, que son inofensivas y se puede confiar en estos animales. Ándense con ojo, a veces ciertas reflexiones solo conducen a un final desdichado.

              Obsérvenlas despacio, con calma, reflexionen sobre ellas, sobre sus actos, su misma presencia. ¿No les parece sospechoso que se agrupen de esa manera tan singular?. Es insólito que una encabece el rebaño y todas las demás sigan por el mismo camino, sin dudar un momento, así se dirijan a una pradera o a despeñarse por un abismo, como poseídas por una fe ciega, ¡mediten sobre ello!

              ¡está claro!, hay algo en ese comportamiento que no es verosímil, algo misterioso, equívoco, oculto.

              Claven los ojos en una de ellas, cualquiera, da igual un ejemplar que otro, mírenla fijamente, la señalada no se turbará, permanecerá impasible con toda certeza, tal vez les destine una mirada lánguida como única respuesta, un vistazo poco consistente emitido por unos ojos que solo reflejan indiferencia o apatía, o quizá mueva la cabeza simulando un leve interés, como máximo torcerá los labios exhibiendo media sonrisa irónica. Apenas abre los párpados, su rostro manifiesta una actitud satisfecha, como si tuviese motivos para ello. ¿No les parece que debemos tomar medidas?,

              Yo creo que sí. Tanta simpleza no puede sugerir nada bueno, tanta mansedumbre no es común en estos tiempos y sin duda tratan de encubrir algo.

              Seguro, algo misterioso o secreto, no nos vamos a creer que su actitud siempre ha sido así por más que nos lo aseguren, por más que lleven años, siglos haciendo lo mismo, ellas y nosotros, la inercia siempre es peligrosa. Hay una teoría científica sobre la evolución de las especies y estos animales también tendrán su pasado que, como todos, se pierde en la noche de los tiempos y estará lleno de luces y sombras, de esquemas predeterminados y de normas impuestas por la tradición, presumo que sí, sin embargo de las ovejas se ha discutido poco.

              En el caso de estos bichos parece una línea recta, monótona, sin equívocos ni recovecos oscuros, pero los estudiosos también rectifican, las teorías tienen vigencia durante una época, luego siempre aparece algo, una nueva prueba concluyente que desbarata todo lo anterior. El famoso eslabón perdido u otro razonamiento les hace cambiar de opinión, los científicos no suelen ser dogmáticos y donde todo parecía claro como el agua salta la sorpresa, inadvertidamente. Entonces, cuando llegue ese instante nos alcanzarán las incertidumbres.

              Es así, en este caso es así, estoy convencido de que nos hayamos en esa fase que antecede al gran descubrimiento, ese tiempo plácido y acomodaticio que precede a la tormenta y convendría que tomásemos medidas, que nos fuésemos rearmando, la previsión siempre es agradecida con los que la practican.

              Emprendamos acciones afortunadas. Separémoslas, por eje