Annabel


 

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Hubo un tiempo

Hubo un tiempo en que fuiste mío.
Los amaneceres susurraban tu nombre
y los sueños tenían tu olor.

Hubo un tiempo en que encontraba rosas
a los pies de mi cama y mi cuerpo encelado
conocía tu sabor.

Hubo un tiempo en que la ilusión más absoluta
se instaló en mi alma y tu amor la mimó.

Ahora no sé si fue un sueño o si
hubo un tiempo en que aquello ocurrió.

 


 

El piano y la rosa

 

El día que colocaron aquella rosa blanca sobre el piano, él sintió inmediatamente que se había enamorado. Tan delicada, tan perfecta, tan hermosa… Estremecidos, salían sus arpegios intentando acariciar aquellos pétalos de leche. La regaló sus más apasionados adagios; engalanó el aire de romanticismo y la noche de secretos con sus teclas.  

Ella se dejaba querer. Roció el aire con su perfume y presumió de lo bello de su sencillez. Se sabía conquistadora, el centro de la sala.  La música la hacía estar alegre y se vestía con ella sintiéndose merecedora de aquél regalo. 

El esforzado piano reclamaba su atención con sus mejores melodías, pero ella mostraba espléndida su mirada sólo al cielo.  Sin embargo, esa inmensa belleza iba unida a una inmediata caducidad que se reveló enseguida. Y así, apenas unos días después, ella no pudo sostener tan esbelta aquella corona tan blanca.  Sus verdes brazos descendían paulatinamente y su porte no era ya tan erguido. Cada hora se hacía más difícil mantener la postura y su tallo se doblegaba un poquito más. 

Aquella noche, flotaron notas llenas de  devoción y sentimiento, cuando el primer pétalo, dibujando olas en el aire, cayó sobre el teclado agradecido por aquél gesto de amor.

 

 


Amor ausente,

abandonado amor.

Alzo alas añorándote,

aspirándote.

 

Atesoro al alba

ayeres acabados,

atardeceres agostados,

amores anochecidos.

 

Arrastrando

aire, alma, adentros

antaño alegres,

ahora acallados,

apagados.....

 

Amor ausente,

abandonado amor,

 

 


ERNESTO Y MATILDE

 

Ernesto seguía sentado frente al ordenador, buscando ese momento de inspiración que tanto ansiaba. Repasaba en su cabeza las ideas e intentaba ordenarlas antes de ponerlas en papel. Siempre fue metódico y el cambio de la máquina de escribir a ordenador no le había hecho alterar sus viejas costumbres. Se encontraba en un bache hace tiempo, pero eso no le desilusionaba. Se animaba con la idea de que cualquier punto de partida en sus manos daría lugar a un magnífico cuento o novela. Era consciente de sus grandes dotes de escritor y nunca se daba por vencido cuando las cosas se ponían difíciles: sabía que la constancia daba sus frutos y que era cuestión de trabajo y no desesperar. Una vez superado el miedo al papel en blanco y localizada la idea era sólo cuestión de ponerse a desarrollarla. No pensaba abordar la obra desde un punto de vista muy personal, consideraba que era mucho mejor exponer hechos o contar buenas historias sin inmiscuirse demasiado en ellas. Un buen escritor, ante todo, debe contar lo que ve, ser minucioso y detallista con lo que narra, no entrar a hacer observaciones. 

Matilde pasó por delante de la puerta abierta de la habitación y vio sentado a Ernesto frente al ordenador. Iba justa de tiempo pensaba, mientras terminaba de arreglarse. La tarde era lluviosa; no invitaba a salir pero ella iba a hacerlo igualmente. Recordó entonces que no le había dicho a Ernesto lo que le dejaba de cena. Mientras se ponía los zapatos se dirigió al otro cuarto. Lo vio tan ensimismado que prefirió ir a la cocina y dejar una nota con instrucciones: sabía que Ernesto se enfadaba si le interrumpían. 

Ernesto oyó a Matilde entrar en el cuarto y se irritó. Ella sabía cuánto le distraía que le hablara de cualquier tontería cuando se encontraba enfrascado en sus ideas. Gran culpa de su bache se debía a la falta de apoyo de Matilde que, no entendía la importancia que exigía concentrarse para poder encontrar las palabras y las ideas apropiadas. La sintió salir de la habitación y suspiró aliviado, pero se dio cuenta de que ahora estaba pensando en ella y no en rellenar el monitor que aparecía vacío ante sus ojos. Luego se dijo que, a fin de cuentas, ella no podía evitar sus carencias y cuando pasó a darle un beso en la mejilla antes de irse, se sintió compasivo por sujetar el malhumor que hace un momento le había irritado. 

Matilde entró a despedirse de Ernesto que después de dos horas permanecía sentado inmóvil ante el ordenador. Tras besarle en la mejilla, cogió la bolsa y salió. 

La lluvia arreciaba y en invierno a las siete ya era de noche. Ella odiaba con toda su alma este turno, pero bastante suerte tenía con que se lo hubieran concedido. Llegó a tiempo de coger el autobús. Hace ocho años, a raíz de aquél relato que Ernesto envió al concurso de la Diputación, había decidido ser escritor y dejar el trabajo y  aunque todavía no había escrito nada, él la había dicho que las ideas estaban ahí y solo había que saber darlas forma. Pero conforme se fueron acabando los ahorros, empezaron las dificultades económicas. 

El autobús llegó a su destino y ella bajó corriendo intentando mojarse lo menos posible. La esperaban cinco horas por delante para limpiar aquellas enormes oficinas, pero confiaba, como cada día que a la vuelta, Ernesto la diría que por fin había empezado.

 

 


 

SOÑANDO

 

Estaba escuchando a Norah Jones mientras se afeitaba y tarareaba sus canciones. Cayó en la cuenta de que era bastante tarde y sonrió. Cada noche, olvidaba al afeitarse que, ahora en verano, con todas las ventanas abiertas y a esas horas no era una buena idea dejarse llevar por la música. Se limpió la cara y se miró complacido en el espejo que le devolvió su sonrisa. 

El salón estaba lleno de lienzos, maderas, pinceles, botes con aguarrás, paletas de pruebas, pinturas, trapos sucios.... era una habitación muy espaciosa y con grandes ventanas que daban durante todo el día una gran luminosidad a la estancia. Paseaba ahora por él con una camiseta limpia, deteniéndose en los últimos proyectos. En un extremo, al lado de una camisa manchada de pintura, se encontraba el último óleo en el que había estado trabajando esa misma tarde. Se sentía satisfecho. El tema era como siempre Lidia, pero esta ocasión había encontrado la forma de plasmar ese trasfondo de sus ojos que le inspiraban tanta serenidad y que, a la vez  le transmitían un magnetismo lleno de sensualidad y secretos. 

Se fue a la cama pensando en ella. Habría dado toda su fama de pintor y su dinero por haber conocido a una mujer como Lidia. Pero los años se fueron sucediendo sin que encontrara alguien que le llenara. Sus relaciones nunca habían sido muy largas. Quería a la compañera ideal, a la mujer que le hiciera vibrar cada noche y con cada mirada, quería tener la ilusión de encontrar en casa a alguien con quien comentar la trampas del día.... pero con el tiempo, se acostumbró a vivir solo. Mientras hablaba con Lidia a través de los pinceles y en sueños llevaba una vida paralela donde el centro del mundo eran ellos dos, sin marchantes, sin exposiciones, sin noches en vela solitarias, sin multitudes halagadoras y efímeras. 

Estaba echado de lado en la cama, mirando en la pared cómo las sombras de siluetas desdibujadas de la calle se filtraban por el hueco de su ventana vacía e imaginaba a Lidia a su lado mirando lo mismo, mientras yacía abrazada a él. Cerró los ojos con una sensación placentera que muchas noches le invadía, cuando sintió un beso cálido y húmedo en la nuca. Parecía tan real que sintió estremecerse su piel. Cuando notó un segundo beso en el cuello se giró y se quedó mudo: allí a su lado estaba Lidia. 

Ella le miró con aquellos ojos suyos tan intensos que desnudaban el alma, y él reconoció sin duda alguna a la mujer de sus cuadros:

-No puede ser –balbuceó- eres un sueño, mi sueño.

Ella le miró dulcemente:

-Estás equivocado, eres mi sueño, por eso cada noche hago que sueñes conmigo. Soy una mujer y no quería declarar que eras el hombre de mi vida. Quería que fueras quien me soñara y me encontrara. Y cuando vi tus cuadros, supe que entonces también me habías visto al otro lado de los sueños y me buscabas. 

 Perplejo, escuchaba aquellas palabras dichas con ese timbre de voz conocido. Tocó su pelo y su mejilla. Sintió que conocía el olor de su piel y cada parte de su cuerpo desnudo oculto bajo la sábana, y sin entender nada, sin saber quién estaba soñando a quién, cerró los ojos con toda la gratitud del mundo impresa en su alma.

 

 


 

MI AMIGO ENRIQUE

 

¡Mi amigo Enrique es cojonudo! Ayer cuando vino a traer la invitación, pasamos un buen rato mientras recordábamos todos los buenos momentos que de chavales habíamos compartido y luego también de mayores aunque , desgraciadamente, con menos frecuencia. 

No se me olvidará nunca la fiesta de fin de semana en casa de sus padres cuando invitamos  un montón de amigos y bebimos tanto que al despertar el domingo, nadie sabía donde estaba, ni lo que era suyo, ni casi el día que era; no sé que contaría Enrique a sus padres de las botellas vacías y los cacharros rotos, ni de la cagada en la alfombra, pero desde luego fue inolvidable. Nos reímos luego recordando, la de veces que el Sr. Pepe –un guardia civil de los de mostacho negro y estatura considerable- nos había llevado de la oreja al cuartelillo por haber apedreado a la Sra. Pura que, era conocida en todo el barrio de Fuencarral por su mal genio. Y también la noche en que estábamos meando en el registro de las farolas, como tantas otras veces hasta hacer cortocircuito y nos pilló mi padre. Esa noche dormimos caliente. ¡menudo se puso mi padre! 

Cuando se echó novia la cosa cambió. Sólo nos veíamos de vez en cuando y ya tarde, aprovechando que ella e iba o la dejaba en casa. Entonces íbamos  “de caza”, y la noche es todo un filón, sí señor. Enrique siempre ha tenido labia para engatusar a la más puesta y sus tirantes de siempre y su pelo engominado parece que le hacían irresistible para las mujeres. Cuando sacaba la tarjeta de “Director Gerente” de la cartera entonces ya picaban de todas todas. 

Creo que el motivo de que mi mujer no le guante es sólo cuestión de envidia. Enrique es un hombre que sabe vivir y disfrutar de cada momento y eso no se puede decir de todo el mundo. Recuerdo cuando se separó de su primera esposa y me llamó para que le prestara cuarenta mil pesetas de las de antes para ir a esquiar con una amiga. ¡Eso es rehacerse rápido, si señor! Si no hubiera tenido que consultar con mi mujer se las habría prestado, pero hay cosas que las mujeres no entienden. 

Enrique es de esos hombres generosos, no tiene nada suyo. Siempre saca el primero el dinero para pagar unas cañas y además por su carácter, vayas donde vayas tiene amigos, sabe los mejores chistes y siempre tiene cosas interesantes que contar. 

Hace tiempo que no le veía. Después de separarse de Elena, estuvo casi tres años que no dio señales de vida, aunque no es para menos. Los padres de ella, querían que les devolviera todo lo que le habían prestado para abrir la tienda ¡con la de gastos que tiene poner un negocio!, así que, cuando se fueron cada uno por su lado de aquella casa que tenían alquilada, ni siquiera pudo poner el piso que se compró en la calle Castellana a su nombre para que no hubiera malentendidos. 

Ayer vino a traerme una invitación de boda para este mismo sábado,¡al muy pillo, le han vuelto a  liar! Pero me alegro por él, un hombre que sabe disfrutar así de la vida se merece lo mejor. Lo que no sé es como decirle a mi mujer, que he prometido dejarle el piso que tenemos a la venta hasta que le den el nuevo, ya se sabe que para estas cosas de los plazos, las inmobiliarias siempre incumplen, y hasta dentro de tres meses le han dicho que no lo tendrá. Espero que mi mujer sea razonable y no me haga quedar mal por culpa de esa manía tan infundada que le tiene al buen Enrique.

 


 

Se escucha un sollozo en mi alma,

mientras bosteza la mañana

que consigo te lleva,

y así te vas, sin aspavientos ni laureles,

tan grande como fuiste en vida, mueres.

 

¡Albacete está de luto y no lo sabe

y mi corazón está herido!

 

Se me encoge el pensamiento al recordarte,

al recordarte...

pero no quiero entristecerme en tu partida

pues en tu muerte me enseñaste

que el humor y la valentía

son blasones para no doblegarse.

 

Tanto como amaste la poesía

y no encuentro bellos versos con que honrarte,

pero sonreirán mis ojos al oír tu nombre

y mi corazón nunca podrá olvidarte.

 

A Edmundo.

 


 

 

Conmigo vas, aunque estés tan lejos
que tu silueta ceda bajo la niebla
de este invierno silencioso.

Conmigo vas, resueltamente mío.
Mi corazón ensancha su latido
para darte vida
y reposar despacio en tu memoria.

Conmigo estás eufórico y sentido,
cuando apartas las palabras de mis labios
para poder besarme lentamente;
cuando recorres mi cuerpo excitado
para penetrar suavemente en mi alma.


 

 

Dejaste morir mi amor
de hambre de palabras,
de hambre de miradas,
lentamente, con dolor.

El llanto de aquél Chelo
sonó en mi alma dormida
y dejó suspendida
una lágrima en el cielo.

Me sentí revivida
por un amor sin freno,
que me llenó de secretos,
de esperanza redimida.

Tuyos fueron mis sueños
y mis acantilados.
Por ti habría quemado
mi alma en el mismo infierno.

Pero huiste asustado
de tanto amor ofrecido
y estuviste escondido
en un rincón apartado.

Y en un mundo perdido
una lágrima cayó,
se partió en dos mi alma
y mi corazón se paró

 


Tan poco y tanto...,tan maravillosa,
tan importante para mi tu vida,
en un raro jardín tan florecida,
y en la aurora reciente tan de rosa.

Recién venido y has llegado tanto,
que has traido contigo una manera
muy distinta de hablar, como si fuera
la sangre del coral, la luz del llanto.

Amor, mi amor.., tu siempre me desnudas
todo mi cuerpo y alma, por ti dejo
la voz en la sonrisa. Tu me ayudas

a ver mi cielo azul en el espejo
de tus palabras, que siempre dejan mudas
las mias, cuando siento que estás lejos.


UN DIA EN LA BOLERA

 

Iba a paso ligero pues se me había hecho algo tarde y Trini que era persona puntual, seguramente me estaría esperando. Bajé por Colegiata y dejé a un lado la Plaza de Tirso de Molina, donde vi de lejos a padre sentado en un banco leyendo “El Alcázar”, como solía hacer los domingos por la tarde. Me apresuré y llegué a casa de Trini que me esperaba ya vestida con un lápiz en la mano:

- A ver si eres capaz de dibujarme tu la raya, porque no consigo que me salga derecha- y al decirlo me enseñó una línea que subía desde su talón y se perdía bajo el vuelo de la falda.

- Pero si no hace frío, -respondí- a nadie le extrañará que no lleves medias. 

La verdad es que estábamos entrando en la primavera y se agradecían esos primeros días soleados, así que le borré con una gasa humedecida la raya que simulaba las medias, y me alegré por el fin de los días fríos, pues por muchas veces que se le cogieran los puntos, las medias al final no aguantaban la larga duración del invierno madrileño. 

Trini me miró aliviada un momento pero luego me señaló su blusa con un gesto grave. Era realmente bonita, en azul cielo con un adorno en el cuello algo más oscuro. Entonces se quitó el abrigo y me di cuenta que la blusa estaba sin terminar, solo tenía la pechera completa, la espalda estaba hilvanada y las mangas también.

 –No importa- la dije –no nos quitamos el abrigo y en paz.

A Trini le pareció bien la idea, se ajustó de nuevo el abrigo y salimos a la calle. 

 Habíamos quedado en el Paseo del Prado con dos soldados de permiso que, nos habían invitado a un chocolate en Sol la tarde anterior cuando salimos del taller. Al llegar estaban ya esperándonos y nos recibieron con esa sonrisa recién estrenada de quienes por un momento no han tenido todas consigo sobre si tendrían compañía esa tarde. 

Tras saludarnos, preguntaron si habíamos estado alguna vez en una bolera, cosa que desde luego no habíamos hecho, y después de asegurar lo divertido que resultaría, pensamos que era un lugar tan bueno como cualquier otro para pasarlo bien de modo que, nos dirigimos hacia allí. 

Cuando llegamos nos encontramos con que la bolera era un local bastante grande que a esa hora estaba ya lleno de gente. Cuando Rafael y Paco, que así se llamaban los quintos, volvieron de informarse sobre las pistas libres, nos contaron que había que cambiarse el calzado, pues no se podía estar con tacones en la pista. Trini y yo nos miramos riendo mientras sentadas nos cambiamos el calzado y pensamos en la suerte de  haber decidido no llevar “medias”. Cuando nos levantamos con los zapatos cambiados, se ofrecieron a ayudarnos para que nos quitáramos el abrigo, pero entonces Trini dio un brinco y dijo que no tenía calor, y yo por supuesto respondí igual. Ellos se extrañaron pero no insistieron y todos juntos nos acercamos a una pista libre. 

Trini me lanzaba miradas inquietas que yo devolvía intentando tranquilizarla. Empezamos el juego y aquello de lanzar bolas que parecía carente de misterio alguno, se convirtió en un martirio. El abrigo me pesaba cada vez más en aquel lugar cerrado y lleno de gente y cuando me tocó mi turno y me acerqué a tirar tuve que evitar el vuelo del abrigo. Trini no tuvo más suerte pues al agacharse para lanzar, casi se pisa el suyo, suerte que no se cayó aunque la bola se fue a un lado de la pista y no dio a ninguno de los bolos. 

Nuestros acompañantes, esta vez sí nos hicieron caer en lo conveniente de quitarnos el abrigo para poder movernos más libremente, pero Trini y yo seguimos en nuestras trece, y confesamos que estábamos muy cómodas así. Lo cierto es que aparte de lo incómodo que resultaba para moverme, cada vez sentía que tenía más calor. La bolera se había ido llenando y había ya  mucha gente en ese momento lo que hacía subir la temperatura del lugar. 

Continuamos jugando mientras sentía cada vez más el peso del abrigo y debajo de él como resbalaba el sudor empapando mi camisa, suerte que el pelo ocultaba mi frente cada vez más mojada. Me tocaba tirar otra vez. Coger aquella pesada bola con las manos sudorosas era harto difícil, pero no estaba dispuesta a admitirlo, de modo que con todo el coraje del que fui capaz lancé la bola de nuevo mientras sujetaba mi abrigo para no enredarme con él, y nuevamente, más pendiente que estaba de no tropezarme que de lanzar bien, la bola pasó de largo rozando ligeramente al bolo de la izquierda. 

Empezaba a sentirme realmente apurada, no es que me importara el juego, ni siquiera me importaba ser capaz de derribar algún bolo, pero el calor empezaba a ser realmente molesto y nosotras con esa guisa de zapatos alquilados para tirar y los abrigos puestos entre toda aquella gente con ropa de primavera, estábamos cada vez más fuera de lugar. 

Trini se me acercó y me preguntó: ¿pero a ti te gusta alguno de éstos?; hube de admitir que no, así que Trini me dijo,-entonces, es momento de irse-. Con la excusa de ir un momento al lavabo, nos separamos de nuestros dos acompañantes y nos dirigimos al ropero, nos cambiamos de zapatos tan rápido como pudimos y salimos de allí apresuradamente. Una vez en la calle anduvimos a paso ligero un rato. Después, cuando nos cercioramos que nadie nos seguía, aflojamos el paso y fue entonces cuando apoyadas en la pared nos echamos a reír. 

Pocos días después, al salir del taller de costura nos encontramos a Rafael y Paco con el pelo al cero y nos contaron que por estar buscándonos, aquél día habían llegado tarde al cuartel y les habían arrestado. Nos despedimos sin ser capaces de darles ninguna explicación sobre nuestra desaparición y yo le hice prometer a Trini que nunca más me haría pasar el calor de aquella tarde en la bolera.

 

 

A mi amigo Edmundo.

Annabel 


Verás..., vendrá el otoño y con el tiempo
no quedará ni un pájaro en su rama,
se pintará de blanco Guadarrama,
y el cielo se hará triste y ceniciento.
Verás amor..., la luz de este momento
arde en mi corazón como una llama.
Yo siempre estaré aquí, si tu me llamas
me encontraras para la vida atento.
Tu otoñaras, otoñaremos todos,
desmoronados de diversos modos,
como los muros de una casa fría.
Pero si ves que todo se avellana
no dejes el amor para mañana.
Goza. Goza la luz, el aire, el día.


EL CARBONERO                            

  

Recuerdo siendo yo niña, ir con mis padres a la carbonería de mi abuelo que se encontraba en la Ronda de Atocha. Era un lugar pequeño y con poca luz que tenía una entrada desde la calle carente de indicación que hacía que pasara totalmente inadvertida.

 Una vez dentro, en una esquina se apilaban desordenadas las astillas cortadas en tacos y en otra se arrinconaba el carbón;  una pala se encontraba apoyada en la pared y recuerdo haber visto tirado por allí, sobre el montón, un cogedor de hierro negro. Colgaba de una delgada pero fuerte cadena un artilugio que yo no alcanzaba a comprender y en el que mi abuelo ponía unas pesas negras hexagonales de hierro buscando el equilibrio en aquel palito lleno de rayitas y números. Cuando íbamos a verle, a él casi siempre le encontrábamos sentado en una silla bajita de madera y paja en medio de aquella estancia, que a mí me resultaba un poco triste y lóbrega; tenía una cojera muy pronunciada que yo recordaba desde siempre y nos recibía allí mientras le besábamos cuando pasábamos a verle. Había otra habitación al lado a la que nunca llegué a pasar y que con el paso de los años me contaron que era el lugar donde se encontraba almacenado el resto del carbón.

 Mi abuelo murió siendo yo muy niña y la carbonería se cerró. Entonces, hacía ya años que había pasado el tiempo de las carbonerías en Madrid y el butano y el gas ciudad, eran la forma más común de energía, pero durante muchos años aquella pequeña carbonería en la que nadie reparaba hacía tiempo fue el sustento de una familia, la de mi padre.

 Mis recuerdos son muy vagos y se pierden en la lejanía de la infancia, pero cuando pienso en aquellas visitas a la carbonería,  puedo percibir el olor a la madera recién cortada, sentir ese polvo oscuro del carbón en el aire que hacía que el ambiente resultara algo denso, la soledad de aquel sitio pequeño y poco iluminado en el que mi abuelo pasó tantas horas pero sobretodo al recordar aquellas visitas, rememoro la calidez de su sonrisa de bienvenida cuando pasábamos por allí y aquellos brazos fuertes y cariñosos que yo tanto quería.

(Continuará.....)

Annabel