ÁNGEL LUIS ROMO
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Comentario aparecido en "Caballo Verde":
Juan Carlos RODRÍGUEZ
«Hilando lunas»
Ediciones Vitruvio
55 páginas.
Volcado en la poesía desde hace tres años, el también músico
Ángel Luis Romo (Salamanca, 1955) publica su primer poemario, un viaje por el
ecuador de la existencia ¬entendido en su sentido literal: la crisis de los 40¬
que culmina con una fascinación amorosa: «Ayer, no hace mucho,/ atravesé el
Ecuador, y a su paso,/ los límites se estrecharon,/ lo infinito se ha hecho
cierto,/ y el Polo Sur,/ desolador, único,/ me espera ya en un punto solo,/
aislado./ Hacía él me empuja veloz el tiempo».
Cuando el chico entró en casa, lo hizo con sigilo, accionando suavemente la cerradura y cerrando la puerta muy despacio para no hacer ningún ruido. Pulsó la llave de la luz del vestíbulo, pero no se encendió. Entró después en la cocina donde tampoco logró que la luz respondiera al pulsar la llave. Volvió de puntillas sobre sus pasos hasta el cuadro eléctrico general y accionó el interruptor sin conseguir que quedara fijo en la posición de paso de corriente, en la que sólo uno de los diferenciales parciales se mantenía.
Se encaminó de nuevo a la cocina para abrir el frigorífico, que sí funcionaba, y consultar la hora en su reloj de pulsera bajo la tenue lámpara del electrodoméstico: pasaban cuarenta minutos de la medianoche.
Recordó entonces la advertencia de su padre, un par de días atrás, cuando les mostró un artilugio parecido a un termómetro con el que dijo paralizaría el sistema eléctrico desde poco más de medianoche hasta las siete de la mañana. Aparato que sólo él podría hacer funcionar, llevándolo siempre encima, de forma que ninguna luz podría encenderse en ese tiempo, el necesario para el descanso, habida cuenta de que últimamente no podía conciliar el sueño por la tardanza en acostarse de toda la familia. Les amenazó además con severas represalias en caso de oír ruidos a esas horas. Era una forma de protestar contra lo que el cabeza de familia entendía como una violación de su necesario y reparador descanso entre días laborables, algo que según él debía concluir. Quiso entender que el viejo había cumplido su admonición.
En un piso interior, sin reflejo de luz de la calle, no había otro remedio que terminar la jornada en medio de la oscuridad.
Bores había empezado así el relato. Pensaba que la oscuridad forzada
era lo bastante verosímil, además de darle al lector un comienzo de duda que
le crearía la necesidad de saber qué va a pasar. ¿Por qué entra sigiloso?
De momento, parecía tenerlo
encauzado: no hay luz y se conoce la causa, pero ¿qué reacción tendrá el
muchacho? A Bores le gustaba escribir de noche, sobre todo estas historias con
un punto de rareza o misterio dentro de la cotidianidad. Así que continuó, muy
a pesar de la importante tormenta desencadenada en el exterior, hecho que,
aunque provocaba ciertas oscilaciones en su lámpara de mesa, se le antojaba válido,
necesario para asegurar una atmósfera
propicia.
Al parecer, salvo el refrigerador, ningún elemento eléctrico podía ponerse en marcha.
Cerró entonces la puerta de la cámara para evitar descongelaciones, y se dirigió resignado hacia el baño con leves pasos. A punto de entrar, quizá desorientado por falta de práctica, trastabilló, y se golpeó la frente con el quicio de la puerta. Un impacto seco y doloroso, que no alteró el silencio de la casa porque hizo lo posible por ahogar su inevitable quejido. Se tocó al punto la frente, y notó cómo se hinchaba. A tientas, abrió el grifo para echarse un poco de agua fría que le calmara la tumefacción. Luego, se sentó en la taza del inodoro para evitar que la insoslayable micción lo salpicara todo.
Fue entonces cuando lo vio. Era un cuerpo extraño pero definido: el envase del gel de baño, que se hallaba en una repisa de la bañera, resplandecía con un fulgor estridente, y agitaba unos cortos brazos dirigiéndose amenazador a un tarro de crema de color ambarino y luminoso, aunque de luz más tenue. Parecía llevar la voz cantante de una supuesta y silente discusión, en la que el tarro de crema, amedrentado, y en actitud recelosa, cargaba con la peor parte, la de su condición de menudo y desvalido. Éste, con análogas extremidades, se apoyaba en la pared en actitud defensiva, cubriéndose la tapa cuando el bote de gel acometía.
El muchacho se frotó los ojos mientras terminaba de hacer sus necesidades. Se levantó para acercarse al punto de disputa, pero advertidos tal vez de su presencia, los dos envases frenaron sus discrepancias y se reubicaron en la repisa en posición más acorde con sus figuras, mientras los raros apéndices se ocultaban fundiéndose en la superficie y sus brillos de luz se apagaban gradualmente. Se restregó de nuevo los ojos, y comprobó de repente que la negrura era completa. Repitió el gesto en un intento de certificar la más que probable ilusión óptica, sin duda debida al fuerte golpe. Cerró la tapa del inodoro con delicadeza y, aturdido, cruzó el pasillo hasta llegar a su habitación. Se quitó las ropas y, dejándolas en algún lugar del suelo, se acostó para buscar el reposo exigido.
Bores se mostraba contento de haber llegado hasta este punto sin
apenas tener que pensar. El muchacho, tras haberle sucedido algo ciertamente
inverosímil, busca el descanso reparador porque cree que al despertar todo
volverá a su ser. Pero el lector, con otro punto de vista, le concede
alternativas a lo hasta aquí relatado,
al menos eso debería pensar. De modo que Bores, conocedor de que podía darle
al texto alguna que otra posible salida, continuó sin hacer pausas, y sin
pensar en los truenos ni mirar a través de la ventana, en la que golpeaban
furiosos goterones de lluvia.
A las cuatro de la madrugada, se despertó agitado y sudoroso. En medio de la oscuridad, abrir los ojos no mejoraba sus referencias. Se llevó la yema de los dedos a la frente donde el chichón, algo más frío, y con un posible corte en el centro, persistía. Dio un par de vueltas y volvió a dormirse, para mantenerse en un incómodo duermevela hasta el amanecer.
Como un viernes cualquiera, a las ocho en punto, irrumpió en el cuarto su madre quien, con premura, lo exhortó a levantarse mientras subía la persiana para dejar que la claridad hiciera su cometido. Él se quedó un rato más en un plácido estiramiento, hasta que su frente rozó con la almohada y recordó la peripecia nocturna al tiempo que sintió la leve molestia. Como fogonazos, percibió las sucesivas estampas: su arrogante padre mostrando aquel adminículo salvador que le haría controlar el cuadro eléctrico, el desagradable golpe con la puerta, lo que motivó sin duda la alucinación posterior, con aquella agresiva y silenciosa desavenencia de los envases... Se levantó raudo a constatar el efecto de la contusión ante el espejo, un bollo notable con leve grieta y sangre reseca alrededor.
Su madre, que se había colocado
tras él, sentenció: “con lo susceptible que anda tu padre últimamente, no sé
cómo se te ocurre venir tarde. Además, ya podías haberte ido directamente a
la cama, en lugar de intentar hacer nada a oscuras, porque hay que ver cómo has
puesto la repisa de la bañera de churretes de gel”.
Satisfecho por haber concluido esta historia, Bores se reconoció cansado a esas horas de la madrugada. Se estiró con los brazos en alto y las manos contra su nuca y alzó la mirada. Al momento, pensó en irse a dormir y hacer las correcciones sobre un aventurado texto realizado de un tirón ya por la mañana, más fresco, y pulsó la casilla de imprimir. Tras un trueno imponente, la luz de la lámpara se apagó; luego, en un par de segundos, volvió a encenderse, para quedar definitivamente apagada un instante después. Esperó, sin suerte, y se levantó despacio para ir a tientas hacia el hall, donde se hallaba el cuadro general. Comprobó por el tacto que era un corte externo, ajeno a su domicilio, porque el interruptor no había saltado. Lentamente, fue hasta el cuarto de baño y se sentó en el inodoro. Respiró profundamente. A su derecha, en la repisa de la bañera, adivinó las fosforescencias crecientes del envase de gel y de otro más reducido que aún no alcanzaba a reconocer.
GOLO
Si la duda ofende, debería
sentirme molesto. He llegado a toda prisa, convencido de lo que tenía que hacer
y, una vez aquí, al borde de esta ceñida garganta, con el paso inquieto del río
a mis pies, no me atrevo a dar el último paso. Pero no estoy apesadumbrado, sólo
indeciso, no estoy convencido de que la opción tomada al salir de casa fuera la
que me conviene...
Mi madre me había hablado de Golo como de un persona aciaga, sombría, lo que parecía indicarme la conveniencia de mantener con él las distancias. Aislado, huraño, apenas salía de su cubículo, y sólo al anochecer. Los chismes de las gentes del pueblo no hacían sino reforzar su misantrópico perfil. A mí, sin embargo, me atraía acercarme a su casa alguna noche y observarlo a través de la ventana. Iba dando un rodeo para no ser visto. Al final del camino principal, tomaba una vereda estrecha, entre álamos, y, cuando se empezaba a oír el murmullo del río, me desviaba unos metros para hallarme frente a un grupo de tres casas en un suave declive.
La última, era la suya. Tras los finos visillos se le podía ver escribiendo, siempre escribiendo, a la luz de una lámpara de aceite arcaica, desfasada, para estos tiempos que corren, un siglo veinte recién iniciado, en el que, a pesar de verse aún muchas velas, se dispone de luz eléctrica en tantos sitios. Pero Golo, así llamado en el pueblo, aunque era otro su verdadero nombre, usaba esa antigua lámpara porque, decían, era su fuente de inspiración, ésa que le dio renombre con unos cuentos tétricos, macabros, que iban de boca en boca. Era un hombre de aspecto sobrecogedor, alto y delgado, que tenía, como seña de identidad, una extraña mancha de color gris plomo cubriéndole la frente y la mitad de la cara.
Una noche, cuando me acerqué a su ventana, con un silencio imponente, me sorprendió, porque había salido y regresaba desde el exterior. Una mano me tocó el hombro. Me asusté tanto que me bloqueé, no pude girarme. Estremecido, escuché su grave voz:
-¿Me buscabas?- dijo, lacónico.
-...No-. Atemorizado, me costó responder. Dejé pasar unos segundos, y me di la vuelta para enfrentarme a su rostro bicolor, enjuto, de cabellos largos y enmarañadas barbas. Mientras observaba al raro, aunque no tan viejo como supuse, personaje, me di cuenta de que, aun receloso, lejos de preocuparme, acabaría calmándome.
-Tú eres Lalo, el hijo de Pura-, aseguró. Y, sin dejarme responder, continuó: -Sé que vienes a menudo. Podrías haber llamado; yo te habría invitado a pasar con gusto, no me como a nadie. Puedes entrar, si quieres, y ver de cerca lo que hago...
De nuevo me demoré en la respuesta. Pese a las altas horas y a las recomendaciones de mi madre, no pude evitar darle un sí huidizo. Podía más mi curiosidad, mi afán por enriquecerme con quien seguro sabía más que yo. Y entré tras él, sin más palabras.
Me invitó a sentarme, acercando
una silla a las faldas de una mesa camilla iluminada por esa extraña y curiosa
lámpara, que cargaba la estancia de un fuerte olor a parafina sublimada. Había
papeles de varios tamaños en distintos montones, impregnados de buena caligrafía,
y una cajita de madera, receptáculo de plumillas y tinteros, salpicada de
manchas. No quise alargar el silencio, y le dije que también yo escribía, o lo
intentaba, creyendo así darle pie a que me contara cosas, lo necesario para que
nos conociéramos, para iniciar lo que fue una amistad surgida de la casualidad,
y secreta, porque yo no volví a entrar en ninguna conversación que lo
incluyera, y mucho menos de mi relación con él. Ensimismado, lo escuché largo
rato. Cuando vi que se me hacía tarde, interrumpí su monólogo en contra de mi
voluntad, y me marché para llegar a casa sin despertar sospechas.
Casi todos los viernes, a hurtadillas, y con la oscuridad entrada, me acercaba a su casa. Durante varias visitas, me llegó a explicar cómo seleccionaba las ideas más literarias, y cómo habían de ser desarrolladas en el papel. Sus ejemplos eran muy instructivos, y yo aprovechaba cada minuto de charla con los ojos amplios, y los oídos íntegros. Fueron días gloriosos, en los que parecía haber descubierto mi propia identidad, y en los que me lancé a escribir con ansia, con un tesón que antes nunca tuve, pero sin atreverme a enseñarle nada. Fue él quien, pasados un par de meses, un viernes de tormenta, en el que aparecí empapado, me acercó una manta para que me cubriese, y me dijo que era tiempo de mostrarle algo de mi cosecha. Me emocioné. Quedamos en verlo a la semana siguiente. Cuando salí de allí, mi excitación era completa, pero habría de trabajar duro revisando uno de mis cuentos para que él no se sintiera defraudado.
Fueron seis días muy largos, hasta que, el viernes señalado, con la noche encima, me acerqué de nuevo carpeta en mano. La puerta estaba entreabierta, y él no estaba. Esperé. Su vecina, que estaba claro sabía más de lo que yo imaginaba, salió al cabo de un rato viéndome merodear, me observó fríamente, y habló para darme un disgusto: -Si estás buscando al “brujo”, se lo han llevado hace horas. Al parecer, llevaba muerto un par de días-. Enseguida se metió en casa. No recuerdo cómo reaccioné, pero dudé de la veracidad de la noticia en un principio, más bien, no quería creerlo. Me quedé un rato pensando, pasmado, sin saber qué hacer. Acepté, poco a poco, que me había quedado sin un amigo, sin el que, además, era por entonces un guía para mí. La impresión no me impidió mirar a los lados, de soslayo, y entrar. Olía muy mal, y pensé que por eso la puerta y la ventana estaban haciendo una función de ventilación. No sé por qué extraño influjo, tal vez el destino, tras quedarse mis ojos fijos en aquel rincón, en aquella mesa, se me ocurrió coger la lámpara y llevármela bajo la zamarra.
En casa, poco después, ya se conocía y comentaba el suceso. Mi madre le dio la importancia que a ella le merecía: “poca falta nos hacía el tal Golo, sobresaltando a los niños, y creando una imagen negativa del pueblo en los alrededores. Que Dios lo juzgue”. Yo disimulé lo justo para entrar en mi cuarto con el tesoro adquirido.
A partir de ese momento, cuando
escribía, lo hacía a la luz de la lámpara de aceite. Y era bueno para mí; me
hacía sentir suelto, fluido, y todo parecía serme favorable. Las ideas venían
sin buscarlas, un torrente de imágenes entraba sin casi darme tiempo a
procesarlas, el fraseo, la capacidad de síntesis, todo. Sólo el cansancio me
separaba de una tarea continua de creación. Me entregué a ello sin pensar en
otra cosa, recluido, como un ermitaño.
Unos días después, un viernes, siempre viernes, no encontré la lámpara. La busqué donde la ponía siempre, en un baúl viejo, bajo unos libros, envuelta en un trapo oscuro, pero no la hallé. Estaba seguro de que alguien de casa la había cogido del único sitio donde podía estar. Mi madre, pensé, que habría sospechado, quizá por el olor, a pesar de mi precaución de ventilar siempre, sin preocuparme del frío. Nervioso, agitado, miré en todos los lugares posibles, incluso fuera de mi cuarto. También busqué en el corral, donde mi madre estaba con las gallinas, pendiente de la puesta. Al notar mi presencia, alzó la vista: -Lo que buscas no te conviene- me dijo, con voz seca.
Me desconcertó. Las madres, al menos la mía, parecen tener un sexto sentido que les hace ir por delante de lo que sucede alrededor de ellas. O estaba al tanto de todo, o me lo hacía suponer. -La lámpara..., -articulé con dificultad, e inventando, al sentirme atrapado-, me la regaló Golo...
-Lo de cómo ha llegado a tus manos, no me incumbe, pero sí sé que no te conviene, que deberías deshacerte de ella cuanto antes. ¡Mírate!- concluyó, señalando mi cara con el dedo índice.
Más tarde, frente al espejo del
pasillo, lo comprendí todo. Pero mi duda se mantiene. Debo decidirme, escoger
entre arrojar la lámpara al río y perder mi musa. O seguir con ella, aun a
sabiendas de no poder evitar que la mancha gris, que me cubre la frente, se haga
cada vez más grande.
Ángel Luis Romo, 2005
Contacto terapéutico
a
mi Hermano
La segunda vez que Rosa me contó su experiencia, consiguió interesarme. Lo hizo a su modo, interpretando; lo suyo tendría que haber sido el teatro. Sus gestos acompañaban al relato, dándole un realismo tal que acabó despertando en mí enorme curiosidad. Decidí entonces acercarme a comprobarlo por mí misma.
Llamé para pedir cita, no sin experimentar cierto nerviosismo, y me la concedieron relativamente pronto. Así que me presenté en la consulta a la hora convenida.
Me recibió un joven de aspecto aséptico, con vestimenta blanca de algodón muy suelta, una especie de pijama de manga corta sin cuello y escotado, que me saludó cordial y me pasó directamente a una sala con camilla, focos, equipos eléctricos y diplomas, muchos diplomas que, quieras o no, dan seguridad. Porque todo profesional que se precie tiene que tener estudios, de lo contrario vete a saber si no te estropea más que te arregla.
Minucioso a primera vista, procedía con calma, como dando importancia a cada movimiento.
Me pidió que me quitase la ropa mientras comprobaba mis datos en un fichero. Y nada, que en un instante me quedé en sujetador y bragas, sentada en la camilla. ¡Vaya corte! Porque algún que otro médico ya me había visto así, pero esto de los masajes... “Calma, seguro que sabe lo que se hace”, dije para mis adentros. Desde luego, como me anticipó Rosa, el chico estaba muy, pero que muy bien. Guapo, alto y delgado, pero no exento de fibra y músculo; en fin, un tipazo.
-¿Cuál es tu problema, Aurora?- preguntó, con voz casi susurrante. Al oírle pronunciar mi nombre me ruboricé un poco (mi marido me llama de todo menos Aurora).
-General-, contesté dubitativa, porque en realidad no tenía problema alguno, sólo quería sentir lo mismo que Rosa... -La espalda– añadí, me encuentro muy cansada.
-Bien. Túmbate boca abajo y relájate.
De relajamiento nada porque, para colocarme en la posición adecuada, necesitó advertirme varias veces de que estaba tensa. Debí suponer que lo notaría, claro, pero es que yo no hacía más que pensar en que me estaría observando con detalle para sacarme todos los defectos.
Una vez me hubo colocado bien centrada, empezó por darme unas pasaditas con algún aceite especial de olor silvestre. Deslizaba sus manos con una suavidad, con una delicadeza que al poco ya estaba grogui, como sumida en un estado de aturdimiento. Entre el silencio (sólo se oían ambas respiraciones) y aquel olorcito casi me dormí, lo admito. Las yemas de sus dedos iban y venían, palpando acá y allá, hasta que descubrió una contractura, según él, la causa del malestar. Como estaba en la dorsal, justo debajo de la goma del sujetador, me obligó a quitármelo. Más apuros, aunque debo decir que, en ese momento ya sentí, como contaba Rosa, una especie de flujo placentero abarcándome por completo. De todos modos, él, muy correcto, me dio una toalla para taparme mientras me volvía a poner boca abajo. Sólo entonces la retiró para enfrentarse a la contractura.
Al cabo de unos minutos, bajó por la espalda hacia el coxis, donde debía de haber un reflejo postural, o algo así. Me bajó entonces las bragas hasta media cacha para tocarme en derredor, bueno, “un tipo así, un profesional, no toca, pulsa, presiona, lo que sea”, pensaba, pero el caso es que con tanto merodear por la zona entraba ya en la excitación. -Las cervicales- interrumpí, llevada por una repentina cohibición. Y es que el flujo ya era más erótico que placentero. Solícito y entregado, se fue hacia arriba para volver a localizar la causa de aquellos fingidos síntomas. Otra vez el masajeo turbador, la mano deslizándose, y yo vuelta a las descargas de la misma corriente nervioso estimulante. Rosa decía que tuvo un orgasmo, una exageración, pensé, tal y como iba la cosa, pero más tarde, cuando dejó a un lado lo sutil y pasó a los estiramientos y las tracciones ya no me extrañó nada.
Una pierna para arriba, tan separada de la otra, en la que se apoyaba, que me dejaba completamente abierta, al descubierto. Y de esa guisa, un buen rato, tracción tras tracción, todo paciencia y ternura... Luego un giro de tronco hacia un lado mientras me sujetaba del otro; brazo aquí, cabeza allá, en unas poses tan inverosímiles que perdí la orientación, y él arriba y yo debajo, más paciencia y más ternura, y luego yo encima, no sé..., y a la vez ese dulce y continuo: “toma aire y aguántalo..., suéltalo despacio...”, en un cuchicheo estremecedor, y el roce de los cuerpos, “que me voy” pensé, ya con algo de certeza; vamos, que respiraba sensualmente, como jadeando. No pensé ya en lo profesional, ni en lo terapéutico, ni en nada, me dejé llevar hasta que quedé planchada, boca arriba en la camilla, carita de complacencia, las bragas húmedas a medio bajar, y un pecho fuera de la toalla que él corrigió tapándolo con pulcritud.
Allí se acabó todo. Yo volví a mi estado inicial, con el rubor de entonces ahora acentuado, que descubría una cierta contrición, y él diciéndome que me vistiera, que lo mío no era serio pero que hiciera éste y aquel ejercicio para no sobrecargar la zona...
Me costó lo que me anticipó Rosa, un dinerito, pero salí más ligera, como nueva. Y de arrepentimiento nada, que una, Aurora López, casada, con dos vástagos brutotes y ya entrada en años tiene derecho a uno de estos contactos terapéuticos. Como que estoy pensando en repetir.
En el parque
El ecuador de la tarde es pisado
por zapatos diminutos, cordones
desabrochados. La nube de polvo
filtra los rayos de un sol que se apaga.
Los pequeños, en un coro de gritos
atiplados, corretean -abierta
la boca y ancha sonrisa de dientes
al descubierto-, entre las formas plásticas
de colores estridentes. La vida
los lleva en un vuelo dulce y frenético.
Palabra
Palabra, te busqué fiel, rigurosa,
queriendo dar sentido a mi poema.
Palabra, tantas veces anatema
y tantas otras veces elogiosa.
Palabra que principias tantas cosas,
que nombras, que señalas y eres lema,
ahora eres umbral de mi teorema,
delimitada al fin, presuntuosa.
No tienes hoy ningún significado,
ni clase ni razón, ni alma ni duda,
ni creas estructuras veleidosas.
Palabra es la palabra: la he hallado
mientras urdía cánticos, desnuda.
“Palabra” es la palabra más hermosa.
Cualquier
luz que a ella llega,
desde el sol, de la luna,
de un candil centenario,
se refleja en haces amarillentos,
áureos guiños de piedra.
Salamanca es sueño.
Los ojos, encendidos
por un ansia inocente,
buscan ecos de ayer
en infinitas marcas cinceladas
con el pulso del arte.
Salamanca es calma.
Un fondo de murmullos,
apenas perceptible,
va por calles y plazas.
Es esa oculta paz que nos acoge
desde el paso del tiempo.
Me gusta el sonido de las hojas secas al pisarlas, o el que hacen cuando las arrastra el viento, semejante al de un grupo de ciclistas que una vez vi pasar ante mí a toda velocidad; y el de los espectadores que me rodeaban cuando los jalearon y aplaudieron, todo eso me gusta.
Hay muchos sonidos que me parecen bonitos, pero los que no puedo hacer, como el silbido, sobre todo si es con adornos en la melodía, me son especialmente gratos. Algo así me pasa con la ópera, cuando oigo esas modulaciones de la voz hasta el límite.
Pero sobre todo me gusta la voz de Lisa. Creo que somos amigos, y eso es bueno porque yo nunca tuve amigos. -He ayudado a muchas personas que después, y no alcanzo a entenderlo, no se interesaron por mí-. Recuerdo cuando nos presentaron. Me dijo que yo tenía voz de radio. Imaginé entonces un programa nocturno, no sé, quizá porque la noche trata mejor los sonidos, haciéndolos más suaves, más frágiles.
Ahí empezó todo. Le contesté que ella tenía también una voz muy bonita. -¿Cómo de bonita?- preguntó. Y extendió el silencio para que yo caminara sobre él: ahí me la jugaba. Contesté, después de pensar un momento, que “una tarde de calor, una calle pequeña, y sobre la pared una sombra en la que me apetece estar un buen rato; así de bonita...” ¡Cómo se rió! Luego, añadió que iba con prisa, pero que le gustaría quedar conmigo en otro momento para que le contara cosas; eso me emocionó, nadie antes me lo había propuesto. Cuando hizo ademán de marcharse, deslizó entre sus dedos las hojas de un libro muy grueso que estaba estudiando como dándome a entender que estaba muy ocupada. El sonido del paso de las hojas también me gustó. Quedamos en vernos más adelante, en su librería; bueno, en la de su padre, aclaró, sobre la marcha. Mientras nos despedíamos, sonó ese ruido metálico que me desagrada tanto.
Unos días después me dejaron llamarla para quedar. Me reconoció en seguida, y eso me encantó: “Tú eres el de la voz de radio”, fue lo primero que dijo, y accedió a quedar por la tarde en la librería. Cuando acudí, me acompañaba E. C. -Siempre me acompaña E. C.-. Sería bueno, como ya le he dicho, que me dejara solo alguna vez; ya sé volver de la mayoría de los sitios sin ayuda. Pero claro, también comprendo que puedo tener un percance, los giros de cuello...y él me conoce bien, mejor que nadie.
E. C. se quedó fuera mientras ella me enseñaba una pluma antigua que le gustaba. A mí me daba lo mismo pero, para no contrariarla, le dije que también me parecía bonita, pese a que el mecanismo de esos objetos me resulta demasiado simple.
Mi olfato tiene mucho que desarrollar, empero, me pareció agradable el estar rodeado de todos aquellos libros y el olor que desprendían. Debe de ser algo maravilloso el poder leerlos todos, pensé. Luego dimos un paseo, hacia el parque, con E. C. detrás, siguiéndonos a cierta distancia. Me contó muchas cosas: que estudió veterinaria, que se especializaba y hacía prácticas con animales grandes, rumiantes, y que le gustaría tener clínica propia algún día. No entiendo de asignaturas ni de estudios, pero estaba en cuarto curso y me hacía ver que era ya una situación de privilegio, a un paso de licenciarse y empezar a trabajar si todo va bien. En el verano acude a un pueblo de la sierra para ayudar a los ganaderos desinteresadamente. En eso coincidimos, le dije: yo lo hago todo así, desinteresadamente.
Me preguntó por mi procedencia, así que le hablé de todos los lugares por los que había pasado, las distintas experiencias que había vivido, y todo lo que había hecho. Intercalaba muchas preguntas, con interés, e iba anotando detalles en una pequeña libreta que extrajo del bolso. “Lo mío es la electrónica, es la base para todo lo que hago”, comenté... Me escuchó con una atención que nunca antes me habían dispensado; hasta me tomó del brazo, lo que me hizo sentir bien. Me di cuenta de que alguien como yo está capacitado para sentir.
Cuando entramos en el parque, le pregunté por los árboles. Siempre me he interesado por los árboles, le dije, y Lisa me contó muchas cosas acerca de ellos, sobre todo los nombres de los más comunes y cómo distinguirlos. -E. C. se iba quedando atrás-. Fue entonces cuando más disfruté de su compañía. Me dijo que le gustaba escribir, relatar lo que siente cuando alguien como yo le cuenta cosas. Así que le conté muchas cosas más acerca de mis habilidades, casi todas con la electrónica como punto de partida, que ella seguía apuntando en su libreta. “Para crear un personaje, hay que saberlo todo de él”, enfatizó, y terminó diciendo que “Nabokov hacía cientos de fichas antes de ponerse a escribir”. La tarde desaparecía lentamente. Luego, al cabo de un rato, dijo que se tenía que ir y que le había gustado mucho conversar conmigo. Le dije que a mí también, que me encanta hablar, esa sensación placentera de saber que existe un hueco para mí y que me escuchan cuando lo hago. Se despidió despacio, mientras E. C. se acercaba.
Me gustó entonces el último brillo del sol antes de esconderse por
completo tras la nube, ese hilo dorado que parece el principio o el fin de
tantas cosas.
Sentí, como tantas veces, una mano fuerte sobre mi brazo que intentaba conducirme. E. C. me empujó y me dijo que avanzara, pero me costaba trabajo. “No deberías haber estado tanto tiempo sin mi ayuda”, comentó con cierto enfado. La sensación de enfado no me gusta nada, sobre todo si se deriva de mi actuación. Es desagradable. Cuando estábamos cerca del taller, mi debilidad se acentuó, lo que enojó aún más a E. C.: “Espero que lleguemos a tiempo, y no tenga que reprogramarte”, rezongó, mientras volvía a empujarme. Me sentí mal entonces, sobre todo al girarme, cuando sonó de nuevo ese sonido metálico...
Bósforo
Se muere la tarde de cobre
vencida en las aguas del Bósforo.
El sol dividido, marcado
por la línea curva, límpida
que en el horizonte se quema.
Se duerme el azul atenuado
tras de los agudos contornos
de los alminares, que forman
perfiles delgados, cuchillos
que hienden la pálida púrpura.
Se adorna el muecín a lo lejos
con giros de extraño intervalo,
y todo se calma y reprime.
¡Qué cálida luz apagada
destella en el Cuerno de Oro!
Se viene Estambul a mis ojos
romántica, eterna, pretérita,
cuando este navío cansado
se acerca, recala en el Gálata,
y tú estás conmigo soñando.
Si viniera Delio, si al fin se decidiera… Su timidez parece una barrera infranqueable. Lo conozco bien, aunque nos veamos poco, menos de lo que quisiera. He visto en él una mirada indecisa cuando le hablo de mi situación. Incluso poniéndole en lo peor evita iniciativas… Se lamenta Nerea con esta breve reflexión que interrumpe su lectura, cuando el sonido de la campanilla vuelve a turbar la quietud de la estancia en esos escasos momentos que tiene para sentarse en el sofá junto a la ventana.
Contrariada, deja el libro sobre la camilla y se encamina al dormitorio. La vieja, ya dejó de ser abuela para ella, insiste, llama con un grito desesperado. Entra aparentando calma: “Calle, calle, que ya estoy aquí. ¿Qué le pasa? Despacio, despacio, si habla atropelladamente, no la entenderé. Agua, sí, agua. No; que le coloque la cabeza… ¡Si ya tiene la almohada levantada con un cojín! Ese olor, Dios mío, le tengo dicho que avise antes, se lo ha vuelto a hacer todo encima…”
Con resignación, en silencio, pero maldiciendo por dentro, Nerea la
limpia. La palangana con un agua limpia que se enturbia al instante, la
esponja, el jabón, y de nuevo la queja: Si al menos se pudiera mover, con
lo que pesa, como un muerto, y el asco de recoger lo que suelta. Y por qué
mi madre, que se fue tras atenderla varios años. ¿Por qué la madre antes
que la abuela? ¡Qué injusta es la vida! La vieja acabó con su hija, y lo
hará con su nieta… Su nieta que va para los cuarenta, que acabará
perdiendo el tren de la vida porque la tiene aquí enclaustrada, detrás de
cada llamada, cada caprichosa llamada, y pasan los años atendiéndola, y
una no es una belleza, pero tiene su corazoncito y sus pretensiones… De qué
sirve, qué hace una mujer de ochenta y siete años, inválida, inútil, con
las funciones básicas disminuidas: estar muerta en vida, y lastrar la mía,
arrastrarme… He pensado muchas veces…, sí, pero mi madre me hizo
prometer cuidarla… Si viniera Delio…si al fin se decidiera… Pero,
cuando creo que mi relato infunde en él una cierta inquietud, la que genera
ese hilo invisible que a veces nos mueve, duda, piensa, para acabar bajando
la cabeza, y como yo, parece resignarse…
Ha venido
Delio. Me avisó la vecina. En un pueblo tan pequeño, todo se sabe. Pero lo
presentí cuando oí el zumbido del motor de su cascada furgoneta. A la
fuerza todos pasan por esta calle. Luego volvería a saludarme, ya son dos
semanas. Y aquí está, tomando mi mano entre las suyas, apretándolas, con
esa fuerza, y mirando al suelo, para evitar mi mirada. Tosco y tímido, pero
el único que se fijó en mí. Tuve suerte de decidirme a salir aquel único
día en el que coincidimos. Fue en las fiestas; casi le obligué a que me
sacara a bailar. Un único día que sirvió para que ahora venga a verme,
porque a mi vuelta la vieja me culpó de abandonarla; sólo unas horas y
hasta me maldijo. No he vuelto a salir. Tosco,
sí, pero es el que me espera paciente. Tímido, pero es el origen de este
escalofrío en mis entrañas…
Los momentos de paz no duran. La campanilla vuelve a sonar para cortar el intento de Delio de hurgar tras la blusa de Nerea, que se sobresalta y se indigna. “Lo hace adrede, nos ha oído hablar; todo el día, Señor, Señor…” Y él que parece querer tranquilizarla, y al fondo los gritos ininteligibles, y ella que se dirige al dormitorio, las palmas de la mano hacia abajo, pidiendo silencio a Delio, que la sigue. “Ella no debe verte, aunque oiga, que no sepa, ¿o sabe?”. “Ya estoy aquí de nuevo. ¿a qué tanto ruido? ¡La almohada: si ha echado lo poco que desayunó! Ande, aparte un poco la cabeza, que le cambio el almohadón; el gotero, si va bien, no se preocupe… Cuando vuelva la lavo…”
Y ella: “¡No sabes qué harta me tiene!, anda, ve al salón y espérame”, le dice a Delio al salir con el almohadón recién vomitado. Y Delio, sin moverse, la ve partir hacia la cocina y abre la entornada puerta; y la vieja, que lo ve entrar, los ojos de par en par, arqueando las cejas, crispa los dedos sobre la colcha y trata de incorporarse. Y él, nervioso, toma la almohada desnuda de debajo de su cabeza y, ahogando un grito desgarrado, la pone sobre su entubada cara, y aprieta, decidido, hasta que cesa todo…
Y ella que vuelve de la cocina casi jadeando y ve la escena, y lo mira, y recuerda: si al fin se decidiera... Y él, tímido, remiso, que baja la vista al suelo, evitándola…
El día empieza para ella como tantos otros, con esa expresión de hastío que deja la monotonía de no hacer otra cosa que las faenas domésticas, ese continuo estar pendiente de todo lo consustancial a su hogar, de comprobar que todo está en orden, la limpieza, la comida, la ropa, de asegurarse de que los niños han salido a su hora, vestidos y desayunados…
Pero hoy se muestra distinta. Ha mirado por la ventana para ver la
luminosidad del día, y ha aspirado con fuerza el aire, como si lo hubiera
estado necesitando. Ha acompañado el beso a los niños de un fuerte abrazo,
y hasta tararea una canción, costumbre que tenía olvidada. Distinta, sí,
porque hace ya mucho tiempo que su rostro era un reflejo del cansancio; que
su mirada, perdida, dejaba entrever sólo desánimo; que transmitía
indiferencia, apatía, resignación, y estos pequeños detalles de
hoy parecen efecto de un cierto cambio.
Se ha quedado sola hace poco más de una hora, en la que ha disfrutado de un silencio placentero. Ahora se afana en sellar con silicona un viejo arcón que heredó de sus antepasados, en una sala de estar en la que ha abierto el balcón de par en par, porque hay en ella un olor incipiente, denso y característico, que requiere ventilación.
En medio de la paz del momento, surgen murmullos que vienen de la escalera, y que no hacen sino interrumpir su quehacer pausado. Deja el tubo sobre el arcón y se acerca a la mirilla. Es su madre, que se ha equivocado otra vez de piso y viene con el vecino de turno, que la acompaña hasta la puerta.
- Hola mamá – dice, mientras se besan, al tiempo que despide al vecino: - Gracias por acercarla. Ya sabe, la memoria.
- ¡Pero mamá! – se encrespa, ¿no vas a saber nunca que vivo en el tercero? Es fácil. Y con la C de Carmen, la de mi nombre. No creo que sea tan complicado, vamos, digo yo.
- ¡Qué sé yo, hija! Si nos vemos tan de tarde en tarde…
- Bueno, anda, siéntate. No sé qué haces aquí tan temprano. ¿Quieres tomar algo?
- Ahora no, gracias – dice, mientras, en vez de sentarse, se encamina hacia la sala de estar.
Al entrar, husmea, intentando encontrar el foco del olor que ha notado.
- ¡Qué mal huele! Como a podrido…, y a naftalina, o así. Aquí ha pasado algo – dice, mientras posa el dedo índice en su labio superior, con aire detectivesco.
Carmen, que la seguía de cerca, duda antes de contestar, pero se decide: - Tu nieta…vomitó dentro del arcón. Ya sabes, ella y su hermano, se meten en él a jugar…Lo he estado limpiando.
La madre se acerca con intención de abrirlo. Carmen, nerviosa, pero decidida, se lo impide con brusquedad y la oposición de las palmas de sus manos: - ¡No lo toques! Lo estoy sellando con silicona - nada de naftalina como supones -, para que no vuelva a suceder. ¡Menudo trabajo me ha dado!
- Bueno, bueno, vamos al salón – rezonga, contrariada, su progenitora -. Pero cierra la puerta, que el olor se te va a meter por toda la casa.
- Ve tú delante, anda, que quiero acabar con esto.
El teléfono suena para interrumpir la corta cabezada de Carmen tras dos largas horas de plancha.
- ¿Sí? Dígame.
- …/…
- No. Mi marido no está aquí -, dice Carmen con voz temblorosa. Se marchó de viaje anteayer. Ustedes lo mandaron a instalar un equipo no sé dónde.
- …/…
- ¡No me diga. Me deja de una pieza! No sabía nada. Pues, si no está de viaje, y por casa no ha venido…¡El muy…! No es la primera vez que engaña….bueno, que me oculta cosas.
- …/…
- Bien. Deje que intente localizarlo de alguna forma, y ya les avisaré si tengo noticias. Hagan ustedes lo propio, por favor – argumenta, mientras enreda el cable en unos dedos trémulos.
- …/…
- Adiós, y gracias por llamar.
Carmen, tras colgar con cierta prisa, y como ausente, se dirige a la
cocina y empieza a colocar trastos en la encimera con la intención clara de
preparar la comida, obviando la recién mantenida conversación.
La niña, que acaba de llegar del colegio, haciendo muecas de asco mientras olfatea, va directamente a la salita sin antes dejar la mochila en su cuarto. Su madre la sorprende a punto de tirar hacia arriba de la tapa del arcón.
- ¡No lo hagas! No se puede abrir. Lo he cerrado para siempre.
- Pero mamá…
- ¡Ni pero mamá, ni nada! Esto es un mueble decorativo, no un juguete, así que, a
partir de ahora, pensáis en otra forma de divertiros, ¿está claro? – dice, mirando también a su hermano que se incorpora a la improvisada reunión.
- Bueno - repone el niño
-, con lo mal que huele aquí, no dan ganas ni de entrar. Venga, vamos -. Y
Carmen pulveriza con ambientador cuando se marchan.
III
Martes 10
En el cuarto de baño, mientras se acicala, Carmen soporta una y otra vez los insultos de Germán, hasta que, tras un “zorra”, recibe una bofetada que la lleva contra la pared. En ese momento, replica con un grito, sin poderse contener:
- ¡Me marcho! Uno de estos días, cuando llegues a casa, no estaré…
Sin dejar que termine la frase, él la sujeta con fuerza por el cuello y le introduce la cabeza en el inodoro. Después, cierra repetidas veces la tapa golpeándola en la nuca violentamente hasta notar que cesan sus gritos. Entonces, la suelta y se incorpora. Ella, al tener los brazos fuera del sanitario, ha conseguido asir el grueso recipiente de vidrio de la escobilla y, tras un respiro, se levanta, con un giro rápido y le asesta un golpe en la frente con todas sus fuerzas. Él, desprevenido, siente el impacto y, antes de reaccionar, recibe otro, y un tercero que consigue hacerle caer. Ya en el suelo, Carmen lo remata con varios golpes más, que hacen que la vasija se parta en dos.
Germán yace inmóvil, con la cabeza abierta rodeada de un reguero de sangre. Carmen, al borde de la asfixia, permanece unos minutos sentada en el suelo con la espalda apoyada en la bañera.
Nada más recuperar el aliento, irrumpe en un incontrolado sollozo:
el reflejo de haber presentido un final en cualquier sentido trágico.
IV
Sábado 14
- Es la enésima vez que cojo el teléfono, mamá. No te puedes imaginar qué mañanita. Y Germán sin aparecer. ¡A mí me va a dar algo!
- …/…
- Sí. Ayer por la tarde noche estuve en comisaría y denuncié su desaparición. Ya sabes que alguna noche ha dejado de venir, pero siempre lo hacía al día siguiente. En la empresa ya están también al tanto. Bueno, te dejo, que tengo la cazuela en el fuego. No te preocupes. Ya te llamaré luego. Un beso.
Tras retirar la cazuela, Carmen vuelve a la salita. Con cierto desasosiego, contempla el arcón, alrededor del cual, y sobre papel periódico, tiene brochas, agua y dos botes grandes que ha traído de la droguería. <Tapaporos, dos capas. Y luego, cuando seque bien, dele este barniz, que es muy denso. Seguro que después de un par de días, la madera ya no transpira, y ya no olerá ni a vómitos ni a nada>, le había dicho el dependiente.
El niño se acerca a su madre y trata de que vuelva en sí con suaves
palmadas en el rostro. La madre no responde. El blanco lino muestra manchas
de sangre y rotos de metralla. El niño intenta llevarla sujetándola por
los brazos. Resbalan sus pies descalzos en el intento, y apenas consigue
arrastrarla unos pocos metros. Se sienta a su lado. Acerca la cara a la de
su madre y la besa varias veces. Hay llamas cerca, y el polvo lo envuelve
todo. Decenas de personas corren rodeándolos sin prestarles atención
alguna. El niño vuelve, ya con lágrimas en los ojos, a tirar de su madre
en un desesperado esfuerzo. Abatido, se echa sobre ella y la llama con un
grito seco. Se acerca a su oído y le dice cosas en voz alta. Se limpia las
lágrimas con el dorso de la mano y, al incorporarse, tropieza con un
soldado que, impávido, mira hacia una esquina cercana, y mantiene erguido
su fusil de asalto.
Era
tarde, muy tarde para volver del trabajo. La culpa fue de mi iluminado jefe, que
pensó que sería bueno y relajante reunirnos en El Escorial. Subí, desde el
garaje al rellano del portal, para coger el ascensor envuelto en el silencio de
la medianoche.
Al entrar en el ascensor, había una mujer dentro, muy agria en su gesto,
apoyada en el espejo frontal. La saludé: - Buenas noches -, pero no contestó.
Con la vista en un punto imaginario, permaneció inmóvil. Como pasa tantas
otras veces, lo achaqué a la dificultad que entraña conversar en ese lugar
donde, por alguna extraña razón, se obstruye nuestro proceso comunicativo.
Desde luego, no era una vecina; al menos yo no la había visto nunca. Pero se
comportó como si lo fuera, con cierta antipatía, sin abrir la boca. Dije: -
Voy al último, ¿a cuál va usted? -, pero no habló, simplemente asintió,
haciendo un esfuerzo, como si le costase mover el cuello, dando conformidad.
Pensé que iba al mismo piso, al séptimo, y pulsé el botón. O era muda, o muy
tímida. También podía ser una visita tardía de los del “A”; en el
“B” estaban de vacaciones. La imaginé, también, meretriz contratada por
alguien que, desde luego, no podía ser de mi mismo piso. Mientras subíamos,
disimulé con silbidos melódicos sordos, mirando al techo y, a ráfagas
– ¡qué lento va el ascensor cuando vas acompañado por una persona
extraña! -, mis ojos se fijaban en su cara de cansancio, su mirada perdida, su
marcada palidez, su escote, de vértigo, su falda, ceñidísima, para volver a
disimular de inmediato.
El ascensor, conmigo y ese raro huésped, regido por una luz tenue y desganada, llegó a destino. Abrí la puerta y ofrecí paso con la debida cortesía. No quiso salir. Se quedó dentro negando con un movimiento lento de su cabeza. No estaba en condiciones de elucubrar, así que cerré, dejando caer la puerta. Al momento, comprobé cómo se ponía en marcha y el indicador digital iba descendiendo hasta el cero. Estaba abajo de nuevo. No entré en casa porque el asunto empezaba a intrigarme. Me hice una pregunta: ¿Y si bajo otra vez, con una excusa, a ver si sigue ahí?
Llamé de nuevo al ascensor, que volvió a subir muy lento. Al abrir, la
mujer seguía en el interior. Entré y mostré la llave del buzón: - Olvidé
comprobar el correo – articulé, medroso. Ella no contestó, parecía inmóvil,
desorientada. Pulsé para descender. Cuando salí al portal, tampoco me siguió.
Abrí el buzón, esperé unos segundos, lo cerré, todo con estrépito, y regresé.
Volvimos juntos al séptimo, despacio, con cierta tensión. Otra vez, a
hurtadillas, observé su cara, el escote y la falda. Una vez arriba, salí del
dichoso cajón móvil sin ofrecimiento alguno hacia aquella especie de figura
decorativa, que daba la sensación de estar angustiada. Sólo repetí un
destemplado “buenas noches”. Antes de entrar por fin en casa, comprobé cómo
descendía, sin hacer parada alguna, hasta el cero.
Agotado, me fui directo a la cama. Tardé en conciliar el sueño, porque
la imagen de aquella mujer y la situación vivida volvían a mi mente con
demasiadas preguntas y conjeturas.
A la mañana siguiente, mientras me desperezaba, rehice la escena. Estuve
nervioso hasta terminar de arreglarme porque deseaba volver al sorprendente
escenario. Cuando llamé al ascensor, comprobé que no funcionaba, que no atendía
a la llamada. Pude haber bajado por el del rellano contrario, pero la curiosidad
me llevó a descender por las escaleras hasta dar con él, que se hallaba parado
entre dos plantas, desde las que intenté acceder o divisar algo. Imposible.
Tuve que esperar a que llegara el conserje, media hora más tarde, para que
trajera la llave maestra. Mientras lo intentaba, me pareció oportuno contarle
lo sucedido la noche anterior para ponerle en antecedentes.
Cuando conseguimos abrirlo, la mujer continuaba dentro, ahora en el
suelo, retorcida, con un reguero de sangre viscosa, seca, que salía de su boca.
Nos miramos sorprendidos, incrédulos. Me había parecido extraño que el
conserje no hiciera preguntas y, sobre todo, que localizara el lugar exacto
donde estaba el ascensor sin mis indicaciones. Lo achaqué a la intuición de su
oficio o a la casualidad.
Mientras contemplábamos la escena, oímos las voces de personas que
entraban en el portal, acompañadas de ruidos sordos, metálicos. Nos extrañó
que se identificaran como policías, porque ni el conserje ni yo habíamos
avisado a nadie.
-
No toquen nada -, dijo uno de ellos. Y nosotros nos separamos con
discreción.
-
¿La conocía? -, preguntó el que parecía dar las órdenes, después de
examinarla.
Le habían arrancado varios dientes y parte de la lengua; murió tragando
su propia sangre. Me quedé absorto, pensativo, como atontado. Quise volver a
los comienzos……Era tarde, muy tarde…….Además de cansado, quizá
estuviera algo adormilado por la bebida…….- ¿La conocía? -, insistió. –
No; sólo intenté llamar al ascensor esta mañana -, dije, con aplomo. El
conserje tampoco ayudó; se limitó a decir que él acababa de llegar y que lo
único que hizo fue responder a mi solicitud.
Pasaron los días y no se supo nada nuevo. Las investigaciones oficiales
se estancaron, y los rumores no iban más allá de un posible ajuste de cuentas.
Yo sigo con mis dudas, mis interrogantes. Lo único cierto es que, desde el día
de autos, la mirada del conserje, la que me obsequia acompañada del saludo, ya
no es la misma de antes. Imagino que, para él, la mía tampoco. Se diría que
ambas están envueltas por un halo de sospecha.
Todo estaba dispuesto para la gran cita. Iba de acá para allá, estirándome el frac, colocándome la pajarita, al espejo a mirarme, al atril a contar las hojas y revisar anotaciones, no paraba quieto. Mi primer concierto con la sinfónica después de toda la etapa de formación: cinco años de percusión, aparte de solfeo, armonía, teoría de la música, estética, historia y alguna que otra mandanga más; ocho largos años más la oposición, ¡casi nada! Era el momento de la verdad, el de sustituir al maestro, a Don Ginés, ya entrado en años, que alguna vez tenía que fallar. El auditorio estaba deslumbrante, ¡hasta nos habían puesto flores! Mi sitio estaba al fondo del escenario, a la izquierda, con los sonidos graves, separado por un escalón, un buen detalle para el oyente, que puede así distinguir mejor los timbres con diferentes alturas. El frac me estaba un poco justo, me tiraba de la sisa y de la entrepierna, o quizá era mi estado de tensión, porque me costaba respirar; por suerte, los movimientos iban a ser pocos, apenas un redoble de timbal al comienzo, un crescendo de terceras al final del segundo movimiento, y seis compases finales en el campanólogo; el resto de la obra, tranquilo, casi sin intervenir. El mejor estreno: una pieza cómoda.
Lo malo era un cierto malestar que me asaltó desde bien temprano, un hormigueo en el intestino que me empezaba a molestar, me incomodaba. Mejor era no pensar en ello. Mis padres (¡cómo me iba a desquitar de sus indirectas: que los “palitos” no me llevarían a ninguna parte, que si mejor búscate un trabajo serio, que vaya lata que nos das con el ruido ése todo el santo día!….), mi familia, amigos, allegados, estaban todos, los presentía, casi los tenía localizados. En fin, mi gran día.
Me fui un momento al lavabo para echarme agua fresca, porque me entraban
sudores repentinos y hasta mareos; lo achaqué a los nervios. Respiré hondo
mientras me secaba. Afuera se oía el murmullo del público acomodándose. Se me
pasaría en cuanto sonase mi redoble, me dije, infundiéndome ánimos. Cuando
salía de los lavabos, me asaltó el director, Don Álvaro: “no se despiste
Marcial, que esto empieza ya, y usted da la entrada”. Asentí, con gesto
sobrio, de seguridad en mí mismo, que contrastaba con el suyo de siempre,
ceremonioso, con algo de recelo. Volví a respirar, mientras escuchaba el gentío
en la sala. Me acordé de la noche anterior con Pedro, mi amigo de siempre, con
quien estuve celebrando la gran noticia de mi aparición en los carteles, justo
doce horas antes, en el Central, nuestro lugar favorito, ¡qué tartas hacen!
Él estudió conmigo las materias comunes, aunque se decidió por el
clarinete (su madre le hacía bromas con lo de soplar la gaita; tampoco apostaba
nada por la música), y me apoyó en todo momento. La verdad es que uno al otro
nos encubríamos, nos reafirmábamos en lo profesional ante los progenitores de
ambos. Había visto y saludado a todos menos a él. Pedro parecía no haber
venido. Imaginé que, aunque tarde, llegaría a tiempo.
Se hacía el silencio mientras se apagaban progresivamente los cuchicheos, y la gente, con los programas abiertos, se disponía a escucharnos. En aquel momento, podía sentir cada latido de mi corazón, que bombeaba frenético. Me coloqué centrado, erguido frente a los timbales, compuse un gesto serio al comprimir los labios y levantar la barbilla, sujeté las baquetas con firmeza, y aguardé unos segundos. El director hizo la seña inicial con su mano derecha en todo lo alto, marcó tres tiempos, y la dejó caer en un impulso seco para que entrara mi redoble, que resultó imponente, redondo, homogéneo, como decía Don Ginés que debía sonar. Cuando caí en la tónica y acaricié el parche para apagar el sonido, supe que había acertado; la cabal entrada de los primeros violines y los metales, el guiño cómplice de Don Álvaro. Lo había hecho bien. Pero unos segundos después, tuve un espasmo, más bien un retortijón, y cambié el gesto, que se contrajo. Me encogí, la cabeza me daba vueltas, y la vista se me nubló algo, o tal vez fuera que perdí el punto de vista, mi referencia. No veía a nadie; lo de delante era una masa espesa, informe, pero aguanté la embestida firme, con las exigencias de la ocasión, ya lo arreglaría al volver a casa, una vez hubiera acabado con éxito mi actuación, pensé.
Se cerró el primer movimiento, “allegro molto”, con aplausos. El segundo, “adagio”, entró solemne, todo iba bien, se notaba en los presentes. Durante el suave discurrir del cello y el piccolo, mis tripas hicieron un ruido sospechoso que debí de oír sólo yo, porque nadie, ni Don Álvaro, me miró, pero a mí, con las sensaciones que tenía, me pareció que lo había escuchado todo el mundo. Al segundo retortijón, que sobrevino de repente, me doblé, no pude incorporarme, y así, encorvado, me fui retirando poco a poco, casi sin ser visto, hasta salir de la sala. Angustiado por no saber si mi esfínter aguantaría, llegué a los lavabos y entré en un retrete. En décimas de segundo, desabroché mis pantalones y dejé la impronta de mi necesidad, rápida, sonora. Tardé en levantarme porque, cuando parecía que había terminado, me daban unos leves pinchazos en el bajo vientre que me hacían pensar en soltar más lastre, pero corté la dura secuencia cuando oía el pasaje central del segundo movimiento, porque al final entraban de nuevo mis timbales. Camino del escenario, entre escalofríos, mi mente regresó a la noche anterior. Cuando nos quedaba poco café, pedimos otra ración de tarta de San Marcos. ¡Cómo disfrutamos! Fue siempre nuestro bocado preferido. Aunque éramos veteranos en meriendas, lo habíamos hecho muchas veces, nos estaba sabiendo a poco.
Al entrar en la sala, lo hice casi a gatas. Don Álvaro habría notado mi ausencia, pero quise que pensara en algo así como que me había agachado para hacer un ajuste de palomillas en los pedales, nunca que hubiera salido de allí. Me echó un ojo con semblante de contrariedad al notar mi presencia, como avisándome de mi entrada. Cambié rápido la afinación del timbal más agudo y empecé mi crescendo de terceras, a medida que se incorporaba el tutti, para acabar en un acorde general sobre mi corto, pero potente redoble. Aplausos otra vez, que yo no pude escuchar con nitidez porque se mezclaron con un ligero zumbido de oídos. Entramos en el tercer movimiento, “Vivace”, sin apenas respiro, como queriendo apagar las palmas de aliento de un público entregado. La tarta de San Marcos del Central es la mejor. Sobre todo la nata, exquisita, creo que es buena hasta para los enfermos de faringitis. ¡Y luego esa yema tostada, que es una verdadera tentación, tan suave, y el disfrute lento de su contacto con el paladar! Se nos antojó una tercera ración cuando ya el camarero se disponía a entregarnos la cuenta. Nunca habíamos pasado de dos, pero nos pudo el momento, todo fuera por el concierto, “un día es un día”, dijo Pedro. Ésta, tras el café de las anteriores, decidimos acompañarla de buen licor.
Volvió el apretón de tripas; otra vez a doblarme por la mitad, y de nuevo al retrete. Pero esta vez creí que no llegaba. La suerte, la providencia, algo se apiadó de mí y permitió que me pudiera sentar, a pesar de la rigidez de mis piernas, en la taza. Se repitió la escena, aunque la evacuación fue casi instantánea, con contracciones continuas y un dolor agudo, desagradable. Me encogí como un feto apretándome los muslos, tirando de mí mismo. Creí que me quedaba allí, que me abandonaría, pero se diluyó milagrosamente la presión, y conseguí limpiarme, con cierta urgencia porque el tercer movimiento iba a todo trapo y me esperaba mi última intervención. Ya queda menos, ¡aguanta Marcial!, me dije. Me miré al espejo un momento antes de salir: estaba blanco como la cal, y unas marcadas ojeras asomaban amenazantes. Me dirigí, pasillo adelante, con dificultad hasta mi sitio. Me agaché al pisar tarima, e hice el último tramo en cuclillas, con menor flexión que la vez anterior por lo tortuoso de cualquier mínimo cambio de postura. Me acompañaban, solemnes, los últimos compases de la sinfonía, que llegaban al “forte” en el que yo haría mi breve melodía de campana. Ya tenía delante el brillo de los tubos, cuando desvié la vista para comprobar la expresión de Don Álvaro, fatal momento en el que, al adelantar el pie para subir el escalón donde estaba mi puesto, tropecé, con tan mala suerte, que me fui de bruces y, para evitar caerme, me tuve que sujetar con el soporte lateral del campanólogo, que se venció hacia atrás y se desplomó, produciendo una estruendosa mezcla de sonidos a destiempo. La orquesta se paró unas décimas de segundo, que parecieron una pausa entera, mientras las notas de campana seguían vibrando sin control, y el mazo, que había dejado en la cornisa superior, me caía en la frente. Don Álvaro, indignado, me lanzó la batuta como si fuera un dardo. Hubo un ¡oooh! del respetable que sentí en lo más hondo. Se había consumado el desastre. La obra se completó a pesar de todo, y yo en el suelo, desconsolado, recibí una última embestida de mi vientre, que esta vez sí dejó secuelas en mi recién estrenado frac, aunque las mayores quedaran en mi mente, grabadas a fuego. Las dejó, tal vez, la ya no tan rica tarta de San Marcos. Recordé entonces que alguna vez me avisó mi madre: “Marcial, hijo, no abuses de nada que lleve nata”.
Pedro no vino, claro. Yo aún me pregunto para qué fui.